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Chile Vamos y el dilema del Socialismo Democrático

El Socialismo Democrático ya vivió esta historia: entró a sostener un gobierno que no era el suyo y salió sin identidad. Chile Vamos conoce el final y, aun así, parece dispuesto a protagonizar la misma trama.

La política chilena parece atrapada en un bucle donde las fuerzas tradicionales terminan oficiando de pilar de proyectos que, en su origen, nacieron precisamente para impugnarlas. Si entre 2022 y 2024 observamos cómo el Socialismo Democrático —aquella ex Concertación tan vilipendiada por la “superioridad moral” del Frente Amplio— terminó siendo el sostén administrativo y la garantía de supervivencia de Gabriel Boric, hoy asistimos a una escena de impresionantes similitudes. Chile Vamos, la derecha tradicional, parece haber aceptado un rol equivalente con José Antonio Kast.

La pregunta que surge no es solo estratégica, sino existencial: ¿por qué una fuerza política con mejores cuadros técnicos y una posición negociadora relevante en el Congreso decide ceder antes de la primera batalla?

Para entender el presente, hay que mirar el retrovisor. El arribo de la izquierda tradicional al gobierno de Boric no fue por necesidad ni por gusto. Tras el naufragio de la “pureza” original de Apruebo Dignidad frente a las crisis de seguridad y economía, el Socialismo Democrático entró al Ejecutivo a la manera de un cuerpo de bomberos. Y con ello pagó un costo altísimo: intentando dar estabilidad, terminó desdibujando su propio perfil, asumiendo el desgaste de políticas de seguridad y una gestión económica que sus socios cuestionaban de manera permanente.

Chile Vamos puede ir por ese camino, pero con un agravante: su inclinación hacia Kast ha sido más rápida que la que mostró la izquierda tradicional con Boric. El poder negociador estaba de su lado y, al parecer, prefirieron el mimetismo al contraste. El escenario se tornó aún más espinoso cuando, al configurar su gabinete, Kast optó por independientes y leales, marginando bastante a los partidos tradicionales. La historia parece repetirse.

Lo observado esta semana con la reformulación del MEPCO y el consecuente aumento en el precio de los combustibles puede convertirse en el primer hito que agriete esta relación. La trayectoria histórica de Chile Vamos habría buscado gradualidad técnica y amortiguación del impacto social, como lo demuestran sus dos administraciones anteriores. Al ser parte de una administración que prioriza la dureza fiscal, estos partidos terminan endosando una decisión que sus electores moderados pueden leer como una claudicación. La desaprobación que muestran las encuestas no distingue matices: para el ciudadano, las derechas son hoy una masa compacta y el costo del error lo pagan todos.

Chile Vamos se expone a una espiral donde el riesgo está en perder la razón de existir. Cuando una fuerza política cede el campo de las ideas a un sector más duro, termina por convertirse en una facción subsidiaria. La “moderación” deja de entenderse como una virtud prudencial y pasa a leerse como una debilidad de carácter.

¿Qué motiva entonces a Chile Vamos? Probablemente un miedo paralizante a la irrelevancia o al estigma de “traición a la unidad”. Pero la unidad sin propósito es solo un pacto de supervivencia que suele beneficiar al más fuerte.

Si la derecha tradicional renuncia a decir “no”, a marcar una frontera con la nueva derecha, terminará siendo absorbida. Así como el Frente Amplio vino a reemplazar a la izquierda concertacionista, el Partido Republicano vino a hacerlo con la UDI y RN. El espejo del Socialismo Democrático es nítido: salvaron la administración de Boric, pero en el proceso su identidad política quedó reducida a un vestigio. Chile Vamos camina hoy por la misma cornisa. En su afán por dar estabilidad a un gobierno que en su génesis le es ajeno, puede terminar cavando la fosa de su propio proyecto histórico.

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