El mundo entero aguarda en tensión y permanece expectante. La reciente escalada militar entre Estados Unidos, Israel e Irán ha abierto una nueva y peligrosa etapa de inestabilidad global. Los ataques aéreos, las represalias con misiles y drones y la expansión del conflicto hacia distintos países de Medio Oriente han dejado miles de víctimas, desplazamientos masivos y una creciente amenaza para la seguridad internacional.
Más allá de sus implicancias geopolíticas, esta guerra representa también un golpe directo al corazón de la Agenda 2030 y a los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), el mayor acuerdo multilateral alcanzado por la humanidad para construir un futuro más justo, próspero y sostenible. Es que cada vida que se pierde, cada infraestructura civil destruida y cada recurso que se desvía hacia la maquinaria bélica es un retroceso para el ODS 16: Paz, Justicia e Instituciones Sólidas. Pero las consecuencias no se detienen ahí. La guerra impacta como una onda expansiva en múltiples dimensiones del desarrollo sostenible.
Amenaza el ODS 1 (Fin de la Pobreza) y el ODS 2 (Hambre Cero) al destruir economías locales, interrumpir cadenas de abastecimiento y generar crisis humanitarias que empujan a millones de personas a la precariedad. Socava el ODS 8 (Trabajo Decente y Crecimiento Económico) al profundizar la incertidumbre global, alterar los mercados energéticos y afectar el comercio internacional. El cierre de rutas estratégicas como el estrecho de Ormuz clave para el tránsito del 20% del petróleo mundial, y la volatilidad de los precios energéticos, son un recordatorio de cuán interdependiente es hoy la economía global.
Y quizás lo más preocupante: estos conflictos desvían la atención política y los recursos financieros de la mayor amenaza existencial que enfrenta nuestra generación, la crisis climática. En un momento en que la humanidad debería acelerar la acción climática, el mundo vuelve a invertir enormes capacidades en la destrucción, en lugar de la transición hacia economías bajas en carbono.
Desde Chile, un país geográficamente distante de estos acontecimientos, podríamos sentir que este conflicto ocurre lejos de nuestras fronteras. Pero en el siglo XXI ninguna crisis es realmente lejana. Vivimos en una economía profundamente interconectada, donde la inestabilidad política, energética y comercial repercute en todos los continentes. Nuestra propia historia nacional nos recuerda el valor irrenunciable del diálogo, la cooperación y el respeto al derecho internacional.
Las empresas que forman parte de la red de Pacto Global, tanto en Chile, como en el mundo, lo saben bien. El desarrollo sostenible, la inversión responsable y la innovación, necesitan un entorno de estabilidad, instituciones sólidas y cooperación internacional. Sin paz, simplemente no hay desarrollo sostenible posible. Por ello, gobiernos, empresas y la sociedad civil, debemos reafirmar nuestro compromiso con los Objetivos de Desarrollo Sostenible como el verdadero lenguaje universal de la paz. Invertir en educación, salud, innovación, energías limpias e instituciones sólidas no sólo es una agenda ética, es también la base de una seguridad duradera de paz. Porque la paz es la presencia activa de justicia y cooperación entre las naciones, y hoy, más que nunca, es el valor fundamental sobre el cual construir el bienestar de la humanidad.