Tarados siempre ha habido en política. También sinvergüenzas.
La diferencia es que antes hacían constantes esfuerzos por disimularlo.
Había, al menos, una noción básica de decoro. Un mínimo pudor frente al ridículo, miedo a quedar como tonto. Incluso el más cínico entendía que ciertas líneas no se cruzaban sin costo.
Hoy, sabemos, eso ya no es así. La desfachatez campea.
Ese elenco de desvergonzados tiene un nuevo protagonista: el diputado socialista Daniel Manouchehri.
El parlamentario, por desgracia, nos está acostumbrando a sus payasadas. Son muchas. Las últimas, sus piezas de “análisis” económico donde confunde cifras, mezcla conceptos básicos y, con total desparpajo, saca conclusiones que no resisten ni el más mínimo contraste con la realidad. Le da lo mismo. Él insiste e insiste.
No son errores. Son actos deliberados de simplificación grotesca, pensados no para explicar, sino para encender. Y lo logra, porque ese es su objetivo y su obsesión: aparecer, dar que hablar y provocar.
Yo mismo estoy pisando el palito al escribir esto. Porque Manouchehri es de los que tiene como dogma que no hay publicidad mala. Su meta son los clicks, los retuiteos, las visualizaciones. Le da lo mismo quedar en ridículo o como ignorante. Porque es un populista de libro. De esos que tampoco les importan las instituciones, la democracia y los ciudadanos. Él solo piensa en él. Se despierta en las mañanas, se mira al espejo y no sólo se encuentra estupendo, sino que brillante, superior. Todos los días se convence de ello.
Y ese es precisamente el punto. El bufón ya no es un accidente del sistema. Es el sistema. Es funcional a una política degradada que reemplazó el argumento por la performance, la evidencia por el eslogan y la responsabilidad por la viralización. El problema no es sólo que exista. Es que rinde ser bufón.
Porque seamos sinceros. Por muy limitado que nos parezca Manouchehri, es evidente que sabe diferenciar cosas elementales como deuda e ingresos. Aunque no le guste admitirlo, él es parte de la élite, accedió a un tipo de educación y oportunidades que la mayoría mira de lejos y, por lo tanto, sabe (o debería saberlo) cuando está hablando una burrada.
No estamos frente a la ignorancia ingenua. Estamos frente a la manipulación deliberada. No es que no entienda. Es que prefiere no entender en público. Porque la confusión, cuando se administra bien, es rentable.
Manouchehri es el ejemplo patente de que la mentira dejó de ser un riesgo para convertirse en una herramienta. Se usa, se descarta y se reemplaza al día siguiente sin costo reputacional. Y en ese tránsito, lo que se erosiona no es sólo la confianza en un político, sino en todo el sistema.
La moral, en estos casos, es siempre condicional. Se activa o se apaga según la conveniencia. No hay principios, hay alineamientos. No hay convicciones, hay bandos.
Evidente, Manouchehri es de los que sólo les molestan los ladrones que no son de su mismo color político o que se espantan exclusivamente con los dictadores que no piensan como él.
Y si hablamos de indignación selectiva, hay que sumar a este cóctel de podredumbre a la izquierda que, con toda razón, levanta la voz antes las barbaridades y excentricidades de Trump y Milei, pero que acá están a la sombra de su diputado charlatán.
No es sólo inconsistencia. Es una renuncia. Renuncia a la coherencia, al estándar mínimo, al sentido de realidad. Se exige rigor afuera mientras se tolera el bochorno adentro.
Es realmente patético ver a la izquierda y el progresismo chileno como espectadores de las piruetas circenses de Manouchehri y absolutamente incapaces de levantar un liderazgo serio, responsable y democrático que les pueda dar alguna proyección de cara a los próximos cuatro años como oposición.
Cuando los que deberían poner límites optan por aplaudir o mirar al techo, el problema deja de ser el bufón. El problema es el teatro completo.
Y entonces la pregunta deja de ser quién hace el ridículo. La pregunta es quién lo permite. Porque mientras el aplauso siga siendo más fuerte que la vergüenza, los bufones no sólo seguirán en escena. Van a seguir escribiendo el libreto.