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Un déjà vu del terrorismo social

Natalia Duco lo dijo sin rodeos: “No es fácil leer la cantidad de hate”. Y no lo es. Pero ese “hate” no es accidental. Cumple una función precisa: desgastar, inhibir, disuadir. Que el siguiente lo piense dos veces antes de actuar. En ese sentido, el término no es exagerado: es terrorismo social.

La semana pasada vivimos un déjà vu. La ministra del Deporte —atleta olímpica, cuatro veces en Juegos Olímpicos— asistió a la final del campeonato nacional de una disciplina declarada deporte nacional por ley hace más de sesenta años, cuya Federación integra el Comité Olímpico de Chile. Lo hizo junto al Presidente de la República y al ministro de Agricultura, ante miles de personas. Y la respuesta desde la oposición y parte de sus “deportistas influencers” fue inmediata: “Hágase un favor y deje su cargo”.

Déjà vu, porque remite sin matices a 2019: los mismos actores, el mismo reflejo. La cancelación como herramienta de poder, operando por fuera de la deliberación y de cualquier proporcionalidad.

No es un exceso. Es un patrón.

Porque la cancelación no es circunstancial; es estructural. Es el mecanismo con el que construyeron su capital político antes del estallido, el que desplegaron durante ese periodo y el que mantuvieron —con distintos niveles de visibilidad— durante el gobierno. La única diferencia es que, en el poder, debían administrarla. Fuera de él, no.

Y eso se hace evidente.

Apenas tres semanas después de dejar La Moneda, el manual vuelve a operar sin filtros. La lógica es conocida: no se argumenta, se condena. No se debate, se exige la salida. No se busca refutar, sino deslegitimar. El pretexto —esta vez, el bienestar animal— es irrelevante. Podría haber sido cualquier otro. Lo contingente cambia; el mecanismo permanece.

Lo relevante no es el episodio, sino la forma: la velocidad, la coordinación, la ausencia de duda. En horas, se activa la secuencia completa. Eso no es reacción. Es reflejo.

Y ese reflejo tiene efectos. Instala una lógica donde discrepar no basta: hay que sancionar. Donde no se persuade, se castiga. Donde el costo de opinar deja de ser argumental y pasa a ser personal. El resultado es inhibición.

Cancelar no es debatir. Es excluir.

Natalia Duco lo dijo sin rodeos: “No es fácil leer la cantidad de hate”. Y no lo es. Pero ese “hate” no es accidental. Cumple una función precisa: desgastar, inhibir, disuadir. Que el siguiente lo piense dos veces antes de actuar. En ese sentido, el término no es exagerado: es terrorismo social.

Y eso es, precisamente, lo más evidente. No cambiaron. No evolucionaron. No corrigieron nada. No hay aprendizaje ni ajuste. Son exactamente lo que eran: los mismos actores, con las mismas prácticas, operando con el mismo manual.

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