De todos los enemigos que podemos llegar a tener, el más invencible y pertinaz es siempre el espejo. Este suele decirnos verdades que no queremos asumir sobre nosotros mismos. Nos muestra lo que somos y no nos gusta ser. Aunque otras veces hace algo peor: nos muestra lo que no somos, lo que pudimos ser y ya no seremos.
Este odio ante el espejo es lo único que puede explicar la agresión brutal y ciega de la que fue víctima esta semana la ministra de Ciencias Ximena Lincolao en la Universidad Austral de Valdivia. Los que la agredieron eran estudiantes de una universidad de provincia, de origen desfavorecido. Seguramente más de alguno de origen mapuche. Ximena Lincolao es exactamente todo eso: una mujer de origen mapuche, que no viene de ningún tipo de élite y que llegó a ser quien es estudiando en una universidad de provincia, en su caso La Serena.
La primera parte de la vida de Ximena Lincolao es un perfecto reflejo de la vida de los que la agredieron salvajemente. Profesora de castellano y filosofía, infancia en la periferia de Santiago, estudios en una universidad más o menos precaria. La segunda parte, la inmigración con todo su dolor pero también con sus oportunidades, la construcción de una nueva carrera desde cero en los Estados Unidos, la absorción total de otra cultura, la del imperio, es para sus agresores una ofensa. Un precio, el precio del éxito, que no están dispuestos a pagar. Un precio que no deberían –si Chile fuese lo que promete ser, si la educación chilena fuese lo que promete ser– tener que pagar.
Porque es difícil no advertir que Ximena Lincolao, aunque habla un correcto castellano, piensa y razona en inglés, o más bien en norteamericano. Llegar a ser quien es, un ejemplo de éxito y de voluntad, de esfuerzo y de audacia (empresaria tecnológica en el corazón tanto de la tecnología como de la empresa), tuvo el precio de la distancia: no solo con sus vínculos sentimentales, sino con gran parte de lo que es su cultura, la mapuche y la chilena.
Ximena Lincolao es así el ejemplo de que sí se puede, pero el precio que se paga por poder es quizás el que los estudiantes de una universidad desfinanciada, aislada, pauperizada no pueden pagar. Su violencia no es en ningún sentido explicable ni comprensible, porque no solo es ciega sino sorda y sobre todo tonta. Pero para abordarla es esencial entender que no se ejerce contra una ministra que no conocen ni contra un gobierno que no acaba de empezar, sino contra sí mismos. Una violencia que no dice nada y no quiere nada más que gritar “aquí estoy” y también y solo puede estar aquí. No salir, no buscar, solo quedarme aquí.
Ese grito sucede en una universidad que fue alguna vez un modelo. En pleno sur olvidado donde fueron a enseñar Luis Oyarzún y Jorge Millas, es decir lo más cercano que tuvimos jamás a un humanismo plenamente chileno. Intelectuales que llegaron al sur huyendo del fanatismo de la reforma universitaria, de la sordera de los extremos, de la incapacidad de escuchar al otro. En la isla Teja encontraron, o crearon ellos y muchos más, lingüistas, antropólogos, ingenieros, una universidad que mira la calma del río y piensa a su ritmo desde el sur y para el sur.
Todo ese enorme patrimonio cultural es, a pesar del esfuerzo ingente de muchos de sus académicos, en gran parte solo una nostalgia. La universidad está desfinanciada y demasiados de sus alumnos desconocen totalmente su pasado. Peor, no creen tener ningún futuro. Esto no es exclusividad de la Universidad Austral, sino una miseria que comparte con universidades de todas las provincias, incluida la Universidad de Chile. Otras universidades privadas viven la paradoja de tener abundantes recursos y nada demasiado académico en qué gastarlos.
Los alumnos en casi todas las universidades públicas y privadas responden pruebas estandarizadas, leen resúmenes de resúmenes de libros de bibliotecas que no existen. Caminan por barrios universitarios carentes de teatros, de cines, de salas de concierto, pero llenos a rabiar de botillerías y locales de hotdog y sushipletos.
La esperanza de los mejores de entre los alumnos son las becas fuera de Chile, donde les enseñan lo triste y solo que es su país, exagerando por cierto esa tristeza y esa soledad. En otro idioma, pero sobre todo en otra cultura, aprenden el desprecio por su propio pasado o construyen una visión mitificada de él. Pocos de ellos, como lo hizo Ximena Lincolao saliéndose justamente de la rueda de los post-post-postdoctorados, saldrán del mundo de la educación, ese en que jugamos a enseñar a alumnos que juegan a aprender. Con mucho esfuerzo volverán de donde salieron: el aula y el sonsonete de las quinientas horas semanales del que habla Nicanor Parra.
La violencia, la del lenguaje y la de los gestos, está en todas partes. La ejercen los mandatarios de este mundo sin control; no pueden esperar que no la ejerzan los ciudadanos. Pero la agresión a Ximena Lincolao no es solo violencia, sino también un discurso. Es una manera de ser en el mundo, o de no ser tal vez. Lo que esta violencia dice es que el campus es su territorio y cualquiera que les haga ver la precariedad de este se convierte en su enemigo. Los mapuches pueden ser una causa noble que se defiende todo el año, pero una ministra mapuche es una ofensa, por ser ministra y por ser mapuche. La lucha de clases es una bandera hasta que llega alguien que la ganó. La violencia puede parecer un ataque pero es una defensa desesperada de lo que creen su único recurso: la tierra arrasada sobre la que quieren que nada vuelva a crecer.