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Maldito algoritmo

El cuerpo es solo el comienzo. La misma lógica que hoy decide que estoy en ruina corporal es la que moldea el mundo que se me presenta. Y hasta el más brillante puede caer por insistencia, sin darse cuenta de que suscribe tal o cual idea no porque la eligió, sino porque el algoritmo la empujó, suavemente y sin pausa, hasta volverla inevitable.

Cada vez que abro Instagram para distraerme cinco minutos, salgo convencida de que estoy a punto de convertirme en una ruina biológica.

El camino fue inteligente, no violento. Al principio era una receta “por si te sientes inflada”, después unos videos de estiramientos para la espalda o una mujer radiante hablando de “escuchar al cuerpo” y la importancia de comer más brócoli y menos papas fritas. Todo muy razonable. Incluso amable. Pero después vinieron las otras: el pilates de pared, el asian pilates con mujeres que dicen tener 70 cuando parecen de 25, todo gracias a siete minutos de ejercicios diarios. Y ¡boom!: la explosión de la perimenopausia. Un concepto que ni siquiera sabía que existía y que ahora tengo más que diagnosticado por mi celular: estás de mal genio, desconcentrada, te cuesta dormir, engordas más rápido… y así, una lista infinita de dolencias que no sabía que tenía y ahora, aparentemente, las tengo todas.

La última preocupación: la “barriga colgante”, que me persigue en la pantalla. Apps con mujeres con grasa dibujada en la guata que podría desaparecer si haces tal o cual cosa. Y que, por supuesto, ahora define mi existencia.

No busqué ninguna de estas cosas. Pero ahí están. Una avalancha de contenido —perfectamente curada para mí— que me explica, con una mezcla pasivo-agresiva de ternura y urgencia, que me estoy desmoronando. Que hay una versión mejorada de mí misma a la que debería aspirar, idealmente con disciplina y, claro, una suscripción mensual.

Lo inquietante no es que este contenido exista —siempre se nos ha dicho que hay cosas que arreglar—. Lo inquietante es la precisión. La insistencia. La sensación de que el algoritmo no solo me observa, sino que me interpreta… y luego me devuelve una versión de mí que no sabía que podía ser. Porque el algoritmo no es un espejo. Es un portal. Toma pedazos de comportamiento —un video visto hasta el final, una pausa de dos segundos más de lo normal, un scroll apenas más lento— y arma una narrativa. Y en esa narrativa, yo ya no soy una mujer de 46 años que abre una aplicación para evadirse un rato. Soy un “perfil”: alguien potencialmente preocupada por su cuerpo, lista para consumir soluciones.

Y entonces empieza el trabajo fino. No me dice directamente qué pensar. Me seduce. Normaliza ciertas preocupaciones. Me muestra a otras mujeres —guapas, estilosas— que ya están haciendo “lo correcto”.

Y lo más perverso es que te hace sentir como si estuvieras eligiendo libremente. Porque nadie te obliga a ver esos videos, pero aparecen tanto que lo que era completamente ajeno empieza a volverse importante. Y después, urgente. La barriga colgante empieza a ocupar un espacio en tus pensamientos diarios.

Esa es la clave del algoritmo: no lo que eres, sino lo que podrías ser.

El cuerpo es solo el comienzo. La misma lógica que hoy decide que estoy en ruina corporal es la que moldea el mundo que se me presenta. Y hasta el más brillante puede caer por insistencia, sin darse cuenta de que suscribe tal o cual idea no porque la eligió, sino porque el algoritmo la empujó, suavemente y sin pausa, hasta volverla inevitable. Porque edita la vida: decide qué temas entran en nuestra conversación interna y cuáles quedan fuera. Qué consideramos urgente. Qué nos da miedo. Qué nos da lo mismo. Qué terminamos deseando.

Una fórmula que, silenciosamente, ordena la realidad hasta que ciertas formas de verla —y de vivirla— parecen inevitables. Y entonces la pregunta deja de ser qué me está pasando a mí. La pregunta es otra: cuántas de las cosas que hoy creemos propias —urgentes, evidentes, incluso obvias— son, en realidad, decisiones que alguien más ya tomó por nosotros.

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Investigador de Clapes UC y profesor de la Universidad de Columbia, Cifuentes pasó por Santiago para exponer en la pasada Feria de Arte Chaco sobre lo que más sabe: arte y mercado. Una pasión que lo llevó a escribir, junto a Ventura Charlin, “The Worth of Art”, una investigación sobre qué colores, formas o autores venden más en el mundo y por qué.

Rafael Gumucio



Maldito algoritmo

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El cuerpo es solo el comienzo. La misma lógica que hoy decide que estoy en ruina corporal es la que moldea el mundo que se me presenta. Y hasta el más brillante puede caer por insistencia, sin darse cuenta de que suscribe tal o cual idea no porque la eligió, sino porque el algoritmo la empujó, suavemente y sin pausa, hasta volverla inevitable.

Foto del Columnista María José O'Shea María José O'Shea