Esta es una reflexión más personal escrita desde el entusiasmo de una autora advenediza. Una autora que hoy ve con pudor su nombre en los estantes de las librerías en los malls con un proyecto que, por varias razones, casi no vio la luz. Y precisamente por eso quise compartirla.
Escribir sobre mi padre terminó siendo también escribir sobre una generación de emprendedores chilenos que levantó proyectos en un país mucho más incierto que el actual. Hombres y mujeres que muchas veces comenzaron sin capital, sin redes sofisticadas y lejos de cualquier ecosistema de innovación como los que hoy damos por sentados. Personas que avanzaban más por intuición, esfuerzo y convicción que por certezas.
Volver sobre la vida de Marcelo Calderón para escribir El último traje fue una experiencia profundamente emocional. Porque detrás de la figura pública del empresario había también un hombre lleno de contradicciones, obsesiones, silencios y una capacidad poco común para observar cómo cambiaba Chile. Mientras avanzaba en el libro, entendí que su historia no hablaba solamente de él. También hablaba de un país que durante décadas creyó en la movilidad, en el trabajo y en la posibilidad de reinventarse.
Hay algo especialmente valioso en rescatar esas historias cuando el debate público suele mirar al mundo empresarial únicamente desde la sospecha o la caricatura. Porque, más allá de las legítimas críticas que puedan existir hacia determinados modelos económicos o prácticas corporativas, el emprendimiento sigue siendo una de las expresiones más concretas de movilidad, creatividad y construcción de futuro que tiene una sociedad.
Mi padre pertenecía a esa generación de empresarios que entendía el comercio casi como un oficio artesanal. Personas capaces de caminar una ciudad y detectar cómo cambiaban los hábitos, qué buscaban las familias, qué aspiraciones comenzaban a emerger silenciosamente en sectores medios que querían acceder a nuevas experiencias de consumo. Mucho antes de que existieran estudios de mercado sofisticados o modelos predictivos, había empresarios que observaban, escuchaban y arriesgaban.
Ese tipo de intuición empresarial no nace únicamente del talento individual. También requiere un entorno que permita intentar, equivocarse y volver a empezar. Y quizás ahí aparece una pregunta incómoda para el Chile actual: ¿seguimos siendo un país donde vale la pena emprender?
Porque cuando la incertidumbre regulatoria aumenta, los permisos se vuelven eternos, el crecimiento económico se estanca y el discurso público comienza a mirar con distancia cualquier iniciativa privada, lo que termina debilitándose no son solo las grandes empresas. También se erosionan las posibilidades de miles de personas que quieren construir algo propio.
Chile necesita volver a valorar a quienes crean proyectos, generan empleo y asumen riesgos. No desde una idealización ingenua del empresario, sino entendiendo que detrás de muchos avances económicos existen personas que decidieron apostar cuando no había garantías.
Creo que las historias familiares tienen precisamente ese mérito: humanizan trayectorias que muchas veces quedan reducidas a balances, marcas o cifras. Nos recuerdan que detrás de una empresa hubo alguien que trabajó durante décadas, que tomó malas decisiones y buenas intuiciones, que fracasó y volvió a empezar.
Tal vez por eso escribir El Último Traje, La vida de Marcelo Calderón, termina siendo también escribir sobre una época del país. Sobre un Chile que, con todas sus limitaciones, todavía creía con fuerza en el esfuerzo, la reinvención y la posibilidad de progresar.
Y quizás esa sea una de las conversaciones más urgentes que tenemos pendientes.