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La ciudad más linda del mundo

Buenos Aires, con todas sus contradicciones, ha entendido algo esencial de la vida contemporánea: las ciudades compiten no solo por inversiones, turistas o talento, sino por imaginarios. Y en esa competencia, la autoestima importa. Importa cómo una comunidad se mira, cómo se nombra, cómo ocupa sus muros, sus calles y sus campañas. Importa si una reparación urbana se comunica como molestia o como parte de una ciudad que se quiere a sí misma.

Si visitaron Buenos Aires recientemente, probablemente se encontraron en alguna esquina, flanqueando alguna obra en construcción, con unas señaléticas sencillas en las que se leía una frase tan rotunda como eficaz: “La ciudad más linda del mundo”. No estaba escrita en una postal turística, ni en una campaña solemne de promoción internacional, ni en un monumento cuidadosamente iluminado. Estaba ahí, junto a una reparación urbana, entre vallas, polvo, ruido y peatones apurados. Y justamente por eso resultaba tan elocuente. Buenos Aires no necesitaba esperar a estar impecable para proclamarse bella.

Tampoco necesitaba que una revista inglesa le dijera que era linda. Esa es, quizás, la verdadera noticia detrás del reconocimiento de los Wanderlust Reader Travel Awards 2025, donde la capital argentina fue destacada entre las ciudades más deseadas del mundo. El premio confirma algo, pero no inaugura nada: para el porteño, la belleza de Buenos Aires nunca ha sido una hipótesis, sino una evidencia cotidiana. Está en las cúpulas afrancesadas que sobreviven entre edificios sin gracia, en la obstinación teatral de Corrientes, en la melancolía de sus cafés, en los jacarandás que cada primavera parecen recordarle a la ciudad que todavía puede darse el lujo de ser poética. Buenos Aires no recibe el elogio internacional con sorpresa. Lo recibe con la satisfacción de quien escucha, por fin, que el mundo ha comprendido lo obvio.

La escena más interesante no está en el premio, sino en su traducción urbana. Que la ciudad convierta el vallado de una obra, una reparación o una intervención de espacio público en soporte de orgullo dice mucho más que una campaña turística. Dice que, en Argentina, y especialmente en Buenos Aires, la identidad no se guarda para las efemérides. Se imprime, se repite, se exagera, se instala en la calle.

Esa capacidad de apropiación positiva es una forma de inteligencia cultural. Los argentinos tienen una habilidad notable para convertir un hito externo en capital simbólico interno. Un campeonato de fútbol no es solo una victoria deportiva: es una prueba metafísica de destino. Un premio gastronómico no es solo una distinción sectorial: es confirmación de una sofisticación nacional largamente sospechada por sus propios habitantes. Y ahora, un reconocimiento turístico se vuelve un activo identitario que cruza medios, redes, avenidas, obras públicas y conversaciones de sobremesa.

Hay en todo esto una paradoja fascinante: Argentina parece haber construido una autoestima social más resistente que su economía. Las crisis se suceden, los ciclos de inflación y desencanto erosionan la vida material, las biografías familiares están llenas de partidas, retornos y recomienzos, pero el ego cultural argentino permanece.

Por eso la frase funciona: no intenta convencer a los porteños de algo nuevo, sino poner en escena una creencia preexistente. Su espíritu no es argumentativo, sino declarativo. Buenos Aires es la ciudad más linda del mundo no porque lo diga un ranking, sino porque sus habitantes aceptan vivir bajo esa premisa.

El contraste con Chile es inevitable. Tenemos belleza de sobra: ciudades entre cordillera y mar, desiertos que parecen otro planeta, bosques australes, arquitectura patrimonial, barrios con espesor histórico, paisajes que cualquier país convertiría en relato nacional permanente. Pero la identidad chilena suele relacionarse con lo propio desde una mezcla de pudor, desconfianza y subestimación. Nos cuesta “creernos el cuento”. Incluso cuando algo funciona, cuando algo destaca, cuando algo merece orgullo, aparece rápidamente la corrección: no exageremos, no nos agrandemos, no parezcamos soberbios. Ese freno cultural, que a veces se confunde con sobriedad, termina produciendo invisibilidad.

Chile podría aprender algo nuestros vecinos. Porque un país que no comunica su belleza termina dejándola en manos del azar, del visitante ocasional o del algoritmo turístico. Un país que no transforma sus logros en relato pierde una parte de su fuerza simbólica.

Buenos Aires, con todas sus contradicciones, ha entendido algo esencial de la vida contemporánea: las ciudades compiten no solo por inversiones, turistas o talento, sino por imaginarios. Y en esa competencia, la autoestima importa. Importa cómo una comunidad se mira, cómo se nombra, cómo ocupa sus muros, sus calles y sus campañas. Importa si una reparación urbana se comunica como molestia o como parte de una ciudad que se quiere a sí misma.

Quizás por eso el reconocimiento de Wanderlust funciona tan bien en clave porteña. Porque no cae sobre una identidad vacía, sino sobre una ciudad entrenada para convertir cualquier confirmación externa en afirmación interna. Buenos Aires no se limita a celebrar que la hayan elegido. Hace algo más audaz: actúa como si el premio hubiera llegado tarde.

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Buenos Aires, con todas sus contradicciones, ha entendido algo esencial de la vida contemporánea: las ciudades compiten no solo por inversiones, turistas o talento, sino por imaginarios. Y en esa competencia, la autoestima importa. Importa cómo una comunidad se mira, cómo se nombra, cómo ocupa sus muros, sus calles y sus campañas. Importa si una reparación urbana se comunica como molestia o como parte de una ciudad que se quiere a sí misma.

Foto del Columnista Débora Calderón Kohon Débora Calderón Kohon