Once de las últimas catorce elecciones presidenciales en América Latina las ganó la derecha. Kast en Chile, Milei en Argentina, Noboa en Ecuador, Paz en Bolivia y ahora De la Espriella en Colombia parecen confirmar un giro ideológico. Pero mirar solo el signo político de quienes ganan esconde lo que realmente cambió: la relación de los ciudadanos con el tiempo político.
Durante décadas, la oferta progresista se construyó sobre una promesa: aceptar costos presentes porque las transformaciones traerían una sociedad mejor en el futuro. Ese contrato exige algo que hoy escasea: disposición a esperar.
Las elecciones recientes muestran una ciudadanía cada vez menos dispuesta a hacerlo. Noboa se reeligió en Ecuador pese a un escenario económico y de seguridad complejo. Sheinbaum ganó en México ofreciendo continuidad a una experiencia que la ciudadanía ya conocía. Kast ganó en Chile prometiendo recuperar orden, seguridad y crecimiento. Son ofertas políticas distintas, pero tienen algo en común: no dependen exclusivamente de imaginar un futuro que todavía no existe.
Ahí está la ventaja de la derecha en este ciclo. Los conservadores, construyen su promesa en base a una referencia concreta. Recuperar el orden, volver a crecer, controlar las fronteras o vivir nuevamente con seguridad remite a algo que el ciudadano siente que tuvo y perdió. Trump llevó esa lógica al extremo con Make America Great Again. Puede prometer futuro en base a una experiencia conocida y deseada.
El problema del progresismo es distinto. Su identidad está asociada a la transformación, a construir algo que todavía no existe. Esa lógica requiere demostrar que los costos o dificultades del presente tienen sentido porque conducen hacia un lugar mejor. Pero cuando seguridad, empleo, vivienda, salud o costo de vida presionan cotidianamente, la disposición a esperar disminuye.
Eso explica parte de la tensión que enfrentó el gobierno de Boric. Llegó al poder con una promesa transformadora y terminó obligado por el contexto a demostrar capacidad de gestión sobre problemas inmediatos. La ciudadanía puede seguir valorando la igualdad, la justicia social o mejores derechos sociales. El problema aparece cuando alcanzarlos requiere esperar demasiado para percibir sus efectos.
Por eso el desafío del progresismo no consiste simplemente en moderarse ni en renunciar a su identidad. Consiste en demostrar en el presente que avanzar hacia esas aspiraciones mejora concretamente la vida de las personas, sin pedir una paciencia que el electorado tiene cada vez menos.
La izquierda que responda esa pregunta puede volver a ser competitiva. La que siga ofreciendo transformaciones cuyos beneficios siempre aparecen algunos años más adelante tendrá dificultades crecientes para hacerlo. Esa tensión entre identidad histórica y demanda de presente no va a desaparecer.
Se administrará según qué tipo de liderazgo termine conduciendo al sector. Porque el clivaje que ordena parte de la política ya no pasa por izquierda y derecha. Separa a quienes necesitan que el elector crea en un futuro posible de quienes logran demostrar algo en el presente. Y hoy, el presente manda.