Secciones
Opinión

Atacama: la región que más crece en Chile, es la que ya no funde su cobre

Atacama ya demostró en 2025 que puede ser la locomotora de Chile. Lo que falta es devolverle lo que la hizo grande: la capacidad de transformar su propia riqueza.

Hay una región de Chile que creció 15,3% en 2025, más que ninguna otra, más de seis veces el promedio nacional. Y hay una región de Chile que en los últimos dos años perdió toda su capacidad de fundición de cobre. La noticia incómoda es que son la misma: Atacama, cuyo presente resume, mejor que ningún informe, la paradoja completa de la minería chilena: nunca produjo tanto valor y nunca procesó tan poco de lo que produce.

Partamos por lo que Atacama hizo bien, porque es mucho. El Banco Central acaba de confirmar que la región lideró el crecimiento nacional en 2025 con ese 15,3%, empujada por la minería: Salares Norte, de Gold Fields, produjo 375 mil onzas de oro en su primer año pleno y apunta a superar las 500 mil en 2026, devolviéndole a Chile un lugar en el mapa aurífero mundial y convirtiendo a Atacama en la primera región productora de oro del país.

Mantoverde expandido y Rajo Inca sumaron cobre nuevo. Caserones y Candelaria aportaron estabilidad. La minería explica el 32,8% del producto regional, la segunda dependencia más alta de Chile tras Antofagasta, y el 96,7% de las exportaciones de la región; unas 28 mil personas trabajan directamente en ella y 72 mil más viven de sus encadenamientos, según el Consejo Minero. Y viene más: Santo Domingo, de Capstone, con 2.300 millones de dólares en construcción; los Salares Altoandinos de ENAMI y Rio Tinto, con 3.200 millones y luz verde de Contraloría en febrero; Maricunga, que junto al anterior hará debutar a Atacama en el litio; y NuevaUnión esperando su momento en Huasco.

El contraste con las regiones vecinas hace más notable el momento atacameño. Antofagasta sigue siendo el gigante 52,6% de su producto es minería, tres millones de toneladas de cobre y una cartera de 40.209 millones de dólares, pero creció apenas 1,6% en 2025. Tarapacá, golpeada por el mal año de Collahuasi y Quebrada Blanca, se contrajo -8,3%, el peor registro del país: una advertencia de lo que pasa cuando una región depende de dos yacimientos envejeciendo. Y Coquimbo, con Los Pelambres como único gran motor, creció 2,5% mientras Dominga cumple una década en tribunales, y por fin esta semana al parecer ve la luz e inicia su construcción.

Atacama, con menos escala que todas, fue la que más corrió, porque fue la única donde entraron operaciones nuevas.

Ahora lo que perdimos, y que casi nadie pone en la mesa. En febrero de 2024, ENAMI suspendió la fundición Hernán Videla Lira de Paipote, la planta que el Estado construyó en 1952 precisamente para darle salida al mineral de la pequeña y mediana minería de Atacama. En 2026, la histórica fundición de Potrerillos quedó detenida tras el colapso de su chimenea. Resultado: la tercera región cuprífera de Chile, con unas 460 mil toneladas de cobre fino al año, no funde hoy ni una sola libra en su territorio. El concentrado del pequeño productor de Tierra Amarilla o de Diego de Almagro que antes se procesaba a 20 kilómetros, hoy viaja en camión y en barco, pagando fletes y maquilas que se comen el margen justamente del eslabón más frágil de la cadena.

Y con las fundiciones se fue también el ácido sulfúrico: Chile consume 8,3 millones de toneladas al año y produce cada vez menos; Cochilco proyecta déficit hasta 2033, mientras China, nuestro principal proveedor, suspendió sus exportaciones de ácido en mayo. La región que podría fabricar este insumo critico que su propia minería necesita quedó comprándolo.

El contraste con el mundo es brutal. Chile fundió 1,07 millones de toneladas en 2023 el 5,5% del total mundial, la mitad de nuestra participación de 1992, y refinó 2,08 millones, el 7,6%. China fundió 8,55 millones (44%) y refinó casi 13, que en 2025 superaron los 14,7 millones. Mientras Atacama apagaba sus dos fundiciones, China agregaba cada año el equivalente a varias Paipotes.

Sé lo que dirán los evaluadores y economistas: con los cargos de tratamiento en cero y un costo de fusión chileno que cuadruplica al chino, fundir no es negocio. Ya he respondido a ese argumento: los
cargos están en cero precisamente porque China subsidia sobrecapacidad para controlar el eslabón, y nadie subsidia por años un negocio que no importa. Para Atacama, además, la fundición nunca fue solo un negocio de maquila: era la infraestructura que sostenía a la pequeña minería, producía el ácido de las plantas de lixiviación y capturaba el oro y la plata del concentrado.

¿Puede Atacama volver a fundir? Completamente, y la ventana es ahora. Primero, porque el mercado ayuda: la demanda mundial de cobre sumará del orden de 7 millones de toneladas adicionales al 2040 según la Agencia Internacional de Energía, con una brecha de oferta que BloombergNEF estima en 6 a 8 millones de toneladas hacia 2035 —hasta 10 millones de refinado según Wood Mackenzie— que ni siquiera los nuevos proyectos de Argentina, el Congo o Pakistán alcanzan a cerrar.

Segundo, porque la respuesta ya tiene nombre y presupuesto: la Nueva Paipote de ENAMI —850 mil toneladas de capacidad, 1.700 millones de dólares— es la decisión industrial más importante de Atacama en medio siglo, y hay que blindarla de los vaivenes políticos y financieros como proyecto-país. Tercero, porque Atacama tiene lo que una fundición moderna del siglo XXI exige: sol para energía barata, costa para desalar, puertos en Caldera, Punta Padrones, Barquito y Huasco, y —la carta que casi nadie juega— el paso de San Francisco hacia Catamarca y el noroeste argentino, donde el RIGI está levantando una cartera de cobre de más de 30 mil millones de dólares que producirá concentrado sin tener una sola fundición del otro lado. El corredor natural de ese mineral no es darle la vuelta al planeta: es cruzar a Atacama, fundirse con energía solar y embarcarse en Caldera.

Mis recomendaciones son claras y las repito donde me inviten. Uno: ejecutar Nueva Paipote sin más postergaciones, con socios y contratos de maquila firmados con la mediana minería y con los proyectos argentinos antes de que comprometan su producción con Asia. Dos: resolver el futuro de Potrerillos con la misma urgencia con que se atendería el colapso de un puente, porque eso fue. Tres: tratar el ácido
sulfúrico como insumo estratégico regional, no como nota al pie de página. Cuatro: acelerar la desalación multiusuario y la transmisión, la carretera eléctrica Kimal-Lo Aguirre, ya destrabada, cruza la región y debe llegar con obras anexas que sirvan a Atacama, no solo pasar por ella. Y cinco: medir el éxito en el desarrollo humano de Copiapó, Vallenar, Chañaral y Diego de Almagro, porque una región
que crece 15,3% con campamentos creciendo en sus cerros no está capturando su propia renta. Sexto: iniciar un plan de exploración geológica agresiva para descubrir nuevos depósitos para el futuro.

Atacama ya demostró en 2025 que puede ser la locomotora de Chile. Lo que falta es devolverle lo que la hizo grande: la capacidad de transformar su propia riqueza. La región que le enseñó a Chile a fundir metales hace un siglo y medio no puede terminar exportando roca molida como concentrados y comprando ácido casi 4 veces lo que antes producía. Que el próximo récord de Atacama no sea solo cuánto creció, sino cuánto de lo suyo volvió a procesar. Atacama es cuna y futuro de la minería.

Notas relacionadas