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La natalidad y el valor de los vínculos

La crianza requiere además una red que la sostenga. En ese contexto, la familia y las redes familiares son fundamentales. No son perfectas ni son las únicas (también cuidan las amistades, las comunidades y la escuela), pero siguen siendo un espacio privilegiado.

La caída de la natalidad no es solo un problema de costos ni puede explicarse únicamente como un cambio de preferencias. Obliga también a mirar las condiciones relacionales bajo las cuales formamos pareja, cuidamos y proyectamos una vida familiar.

Esta dimensión no pertenece solo al ámbito privado; también tiene consecuencias para la política pública. Hoy la Organización Mundial de la Salud reconoce la conexión social como un determinante de la calidad de vida y distingue en ella la cantidad, la función y el espesor de nuestras relaciones. Y no se trata de una
consideración romántica o secundaria: una de cada seis personas experimenta soledad y, entre los jóvenes, la cifra se acerca a una de cada cinco. La falta de vínculos significativos tiene efectos concretos sobre la salud y el bienestar, y se asocia con una mayor prevalencia de enfermedades físicas y problemas de salud mental.

Este marco ayuda a entender una dimensión concreta de la caída de la natalidad: el rol de la pareja y de la calidad y estabilidad de ese vínculo en la decisión de tener hijos. En estas materias, Chile ha cambiado fuertemente su composición: la proporción de mujeres de entre 15 y 49 años que no estaba en pareja pasó del 33% en 1982 al 52% en 2024. La socióloga Pilar Wiegand estima que cerca del 40% de la disminución de la fecundidad entre 1991 y 2023 se explica precisamente por ese cambio. No es que formar pareja lleve automáticamente a tener hijos, sino que sin ese vínculo la decisión difícilmente se toma.

Sin embargo, esta es una condición especialmente relevante pero no suficiente: La crianza requiere además una red que la sostenga. En ese contexto, la familia y las redes familiares son fundamentales. No son perfectas ni son las únicas (también cuidan las amistades, las comunidades y la escuela), pero siguen siendo un espacio privilegiado de pertenencia, compromiso y responsabilidad entre generaciones.

Y hay algo más: tener y criar hijos no es solo un asunto de padres, madres y familias. Sus efectos exceden ampliamente lo privado. La crianza tiene una dimensión social, porque custodiar a la próxima generación produce efectos que también alcanzan a quienes legítimamente deciden no tener hijos.

¿Qué puede hacer la política pública frente a esta realidad? No puede reemplazar parejas ni redes de apoyo, pero sí dejar de diseñar políticas públicas que dan por supuesto que siempre habrá alguien disponible para cuidar (un statu quo que termina encareciendo artificialmente la decisión de tener hijos). Puede pensar, por ejemplo, en licencias que se compartan con abuelos o cuidadores, salas cuna con horarios compatibles con la vida real, apoyo y herramientas para una mejor crianza.Y puede, sobre todo, dejar de mirar la caída de la natalidad solo como un problema de incentivos económicos y empezar a entenderla como el resultado de una sociedad que la hace difícil, cara y solitaria.

Esto exige revisar la comprensión de nosotros mismos como meros agentes racionales que maximizan preferencias. Somos también vulnerables, frágiles y dependientes, y debemos preguntarnos cuánto espacio damos a esa condición al diseñar nuestras instituciones, nuestras políticas públicas y, en general, al organizar la vida en común.

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Foto del Columnista Cristian Pizarro Cristian Pizarro