Por primera vez desde que comenzó a medirse, los niños y adolescentes chilenos declararon una disminución en el tiempo que pasan conectados a internet por entretención durante la semana: de 3,4 horas diarias en 2025 a 2,5 en 2026. El dato corresponde a la IX Radiografía Digital de Niños, Niñas y Adolescentes, elaborada por Claro Chile y Criteria Research, con apoyo de la Subsecretaría de Telecomunicaciones.
El mismo estudio entrega otro resultado que merece atención: el 49% de los niños y adolescentes considera que sus padres pasan demasiado tiempo conectados. Parece que tenemos bastante que aprender unos de otros.
A esto se suma una experiencia que ya comienza a observarse en los colegios. La investigación Después del celular: la nueva convivencia digital escolar en tiempos de inteligencia artificial, realizada por la Facultad de Comunicaciones de la Universidad Católica y EducomLab, recogió la opinión de 282 profesionales. Tras las restricciones al uso de celulares, el 79,1% percibió mejoras en la interacción entre estudiantes y el 70,5%, en su concentración.
Son buenas señales. Nos hablan de cambios en nuestros hábitos y de espacios que podemos recuperar. Y también ofrecen una oportunidad para conversar sobre algo que me importa especialmente: cómo ayudamos a nuestros niños a desarrollar la iniciativa y la capacidad de hacer cosas por sí mismos.
Sin embargo, los adultos tenemos una enorme facilidad para resolverles la vida a los niños. Les organizamos el tiempo, anticipamos sus dificultades, corregimos sus decisiones y muchas veces intervenimos antes de que tengan la oportunidad de probar sus propias ideas. Lo hacemos con las mejores intenciones, pero también podemos terminar quitándoles experiencias que son fundamentales para desarrollar confianza en sus capacidades.
En el mundo emprendedor sabemos que una idea cambia muchísimo cuando tiene que enfrentarse a la realidad. Hay que convencer a otros, administrar recursos que siempre son limitados, cumplir compromisos y hacerse responsable de los resultados. Ninguna de esas capacidades se adquiere solamente escuchando una explicación.
Por eso creo que el espíritu emprendedor debiera tener un lugar mucho más importante en la formación de nuestros niños. No para convertirlos prematuramente en empresarios, sino para que experimenten lo que significa tener una iniciativa propia y llevarla adelante.
Podría comenzar con algo tan sencillo como identificar un problema en su colegio o barrio y organizarse para resolverlo. Que tengan que escuchar a otros, ponerse de acuerdo, conseguir lo que necesitan y descubrir que sus primeras ideas no siempre funcionan. Y, sobre todo, que los adultos resistamos la tentación de hacer el trabajo por ellos.
También tenemos una responsabilidad quienes hemos emprendido. Podemos abrir nuestras empresas, compartir experiencias y acercar a los niños a personas que están construyendo soluciones en sus propias comunidades. Mostrarles cómo se trabaja detrás de una idea, con sus dificultades, decisiones y aprendizajes. Hay mucho conocimiento acumulado en el ecosistema emprendedor chileno que podría convertirse en experiencias educativas valiosas.
Chile necesita personas capaces de tomar la iniciativa en todos los ámbitos: en las empresas, la ciencia, la cultura, los barrios y las organizaciones sociales. Y esa capacidad se desarrolla ejerciéndola, mucho antes de llegar al mundo laboral.
Estamos avanzando en establecer límites al uso de la tecnología durante la infancia. Es importante. Pero también podemos avanzar en algo que requiere bastante más de nosotros: darles a los niños oportunidades para decidir, hacer y hacerse responsables de lo que emprenden.
Porque aprender a emprender comienza bastante antes de tener una empresa. Comienza cuando alguien confía en que eres capaz de intentar algo por tu cuenta y te permite demostrarlo.