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Pablo García: “La IA cambia las tareas que hacemos, no nuestro rol como personas”

El presidente de la Comisión Nacional de Evaluación y Productividad, exvicepresidente del Banco Central, exdirector ejecutivo del FMI, magister en economía de la UC y doctor en economía del MIT, actual académico de la UAI, analiza lo que vendrá tras la promulgación de la Ley de Reconstrucción y el problema que traerá el envejecimiento de la población en un futuro con inteligencia artificial en el que —advierte— la escasez no desaparece y solo cambia de forma.

Hablar con Pablo García Silva tiene mucho de fascinante. A pesar de ser un connotado economista, también es un gran lector de historia y consumidor de ciencia ficción, género en donde predominan ciertas ideas del futuro que hoy están permeando la realidad de los más de 8.000 millones de habitantes del planeta.

Ingeniero comercial y magíster en Economía de la Pontificia Universidad Católica, doctor en Economía del MIT, ha ejercido como gerente de la División de Política Financiera y de la División Estudios del Banco Central, institución de la que fue vicepresidente entre 2022 y 2024. Además, entre 2010 y 2014 representó al Cono Sur en el directorio del Fondo Monetario Internacional, primero como director ejecutivo alterno y después como director ejecutivo. Desde que salió del Central es académico de la Escuela de Negocios de la Universidad Adolfo Ibáñez, y en agosto de 2025 asumió como presidente de la Comisión Nacional de Evaluación y Productividad (CNEP).

En un país y en un momento donde temas como el crecimiento económico, la recuperación del empleo, las pensiones y el precio de los combustibles ha sido la tónica en las portadas de los diarios, para muchas personas existe una sensación pesimista. Es por eso que esta entrevista comienza preguntándole por su propio estado de ánimo.

“Como economista, uno está siempre pendiente de lo que está ocurriendo en Chile y en el mundo. El desafío profesional es interpretar, entender, y pensar, de una forma especulativa, qué es lo que puede ocurrir mañana a partir de lo que pasa hoy. Eso es lo que hace interesante la profesión. Y hoy está todo lo que ocurre con la política monetaria, con el crecimiento concentrado en Estados Unidos, con la crisis económica en Francia, con la inteligencia artificial… fenómenos bien distintos a lo que uno podría haber pensado hace seis años. El escenario, de cierta forma, cambia, y por lo tanto uno tiene que tratar de leerlo, interpretarlo, ver qué significa, cómo se relacionan todas estas cosas. Eso es muy interesante”, dice, agregando que “yo no soy pesimista frente a esta realidad, porque me gusta entender lo que está ocurriendo y el mundo te trae un montón de novedades. Hace poco se anunció el Premio Nobel de Economía y quedé muy contento, porque es un premio a la disciplina a la que yo me dedico, que es la macroeconomía, la política monetaria. Y uno siente que aquello a lo que se dedica está, de cierta forma, reconocido como disciplina importante”.

—El problema es que, en un mundo donde se siente que los paradigmas están cayendo, cada vez se les piden mayores certezas a los economistas.
“Por eso creo que este Nobel es muy interesante. El foco de Michael Woodford, uno de los dos premiados, respecto de la manera de entender la macro, es justamente cómo te enfrentas como institución —como Banco Central, como organismo público— a las demandas de una sociedad que te pide certezas. Porque la sociedad siempre pide certezas, es una cosa muy humana. Y lo primero que tienes que asumir desde la macroeconomía es que no puedes dar certezas. A lo que sí te puedes comprometer es a hacer una buena pega. A transmitir una forma de comportamiento que sea suficientemente reactiva y receptiva a lo que vaya ocurriendo, porque tienes un ancla, un comportamiento basal. Es como cuando dices yo quiero ser una buena persona porque tengo ciertos valores. Pero eso no significa que sepas exactamente qué vas a hacer cada día. Nunca se sabe lo que vas a hacer. Lo mismo pasa con la política monetaria. Lo más que uno puede hacer como Banco Central es transmitir principios fundamentales: que la inflación en el largo plazo sea 3%, que reacciones si hay eventos extremos, que tengas la capacidad técnica para hacerlo, que estés mirando toda la información relevante, que le hables a la gente en un lenguaje que pueda entender. Esa es la pega. Y eso es lo que Woodford, con mucha matemática, construyó como concepto. Yo creo que el Banco Central en Chile lo ha hecho bien en ese sentido. Más que dar una certeza, que no puedes dar, sí puedes dar la confianza de que te vas a comportar de acuerdo con principios que hacen sentido”.

—Yendo a la ley de Reconstrucción, desde la mirada de la productividad, ¿cree que esta reforma realmente va a mover la inversión y el empleo?
“Había algunos elementos en la reforma que un grupo relativamente amplio —no universal— de economistas consideraba que había que hacer. Por ejemplo, bajar el impuesto corporativo, que nos había quedado un poco alto. Corregirlo a un nivel de 23% en varios años no es tirado de las mechas. También algunas cosas técnicas del mercado de capitales, del impuesto a las ganancias de capital, cosas por el estilo a las que también había que meterle mano. Y había otras consideraciones, en particular lo de las contribuciones, que son medidas que no mueven la aguja del crecimiento económico y que responden más a la pulsión de la política. Incluso pueden ser un contrarias al crecimiento. En el balance es una reforma que, de acuerdo con las estimaciones del Banco Central —que son coherentes con lo que planteaba el proyecto de Reconstrucción—, tiene el potencial de incrementar el crecimiento de Chile medio punto por año. Ahora bien, ¿cambia el escenario con medio punto más? Bueno, no. No es radicalmente distinto, pero sí es un paso en la dirección en que hay que avanzar: cómo mueves las piezas para que la economía chilena pueda crecer más. La segunda pata es lo del mercado de capitales, que se está discutiendo ahora, y que creo que también tiene muchas cosas positivas. Lo tercero es mejorar nuestra legislación laboral, que es muy antiempleo y muy anticrecimiento; ahí hay un montón de trabajo que hay que ir resolviendo. Y, finalmente, cómo logramos que la economía chilena se diversifique más y tenga un capital humano de alta sofisticación para los desafíos que vienen”.

—Respecto del empleo, mucho se habla de recuperar puestos de trabajo que no se sabe si van a volver debido a la automatización. ¿Qué medidas son más necesarias en momentos que la tasa de desempleo es altísima?
“Hay una realidad en la forma cómo funciona la economía que es súper fuerte. Si miras la tasa de desempleo promedio en el Gran Santiago desde fines de los años 50, ha sido en promedio como 8,5%, porque estructuralmente nuestro mercado laboral no es muy propicio a generar empleo. Yo creo que hay que trabajar ahí con temas como la capacitación, la capacidad de adaptar lo laboral a nuevas tareas, la sala cuna universal. Me parece que ese tipo de medidas tenderían a alivianar los costos laborales y a permitir que el desempleo estructural pueda ser un poco más bajo. Existe una segunda dimensión, más cíclica, ya que el desempleo no está en 8,5% sino en 9,5%, porque la economía está más floja. Eso, que es un punto o un poco más, se resuelve con que la economía crezca más, y por ende hay que empujar para que crezca. ¿Cómo se hace? Bueno, con cuidado, con continuidad, no a tirones. Porque una forma muy obvia de que la economía crezca más es un gran paquete de estímulo, tipo los retiros, que es como armar una fiesta, y seguro que el desempleo baja, pero tampoco es la solución permanente. Ese es el desafío de cualquier gobierno: cómo lidiar con la urgencia y la incertidumbre. Hay que tener una proyección de mediano plazo para que esto funcione mejor, y lidiar con las urgencias de corto plazo de manera correcta y eficiente”.

—En cuanto a la inversión, el gobierno sostiene que cayó cuatro puntos debido a la reforma tributaria de 2014; otros economistas, como José De Gregorio, dicen que esa no fue la causa del estancamiento. ¿Qué frenó más la inversión en Chile? ¿Los impuestos, los permisos, la incertidumbre?
“Tenemos que ser bien cuidadosos con los números. Si miras la tasa de inversión respecto del PIB en Chile, hemos tenido años con números altos. Concuerdo con De Gregorio que no hay monocausalidad en explicar lo que nos pasó. Entonces hay que tener cuidado con las respuestas mecánicas. Mi interpretación es que, saliendo de la crisis financiera internacional de 2008-2009, lo hicimos creciendo tan rápido, con el precio del cobre tan alto, que sentimos que todo lo hacíamos bien: controlamos el terremoto, rescatamos a los mineros… Los países emergentes iban volando, como si no hubiera que hacer nada más. Entonces la política se transformó en un momento de cosechar, de redistribuir, porque el crecimiento ya está asegurado. Y ese es el problema. Nos olvidamos de que en realidad siempre hay que seguir trabajando para que la economía crezca. Yo creo que durante más de una década pensamos que el crecimiento venía dado. Hubo muchas reformas que tenían como foco la redistribución porque parecía que el crecimiento estaba asegurado. Y nos dimos cuenta, sobre todo después de 2018, 2019, después de la pandemia, de que, en realidad, para que la economía siga creciendo, hay que ponerle creatividad y cosas nuevas. Entonces ahora estamos en Chile, en general, más allá del gobierno de turno, como en un cambio de switch: hay que pensar qué cosas tenemos que mejorar”.

—Si Chile crece 3% en 2027, probablemente el gobierno va a decir que es gracias a la reforma. ¿Cómo vamos a distinguir qué fue efecto de la ley y qué un simple efecto rebote?
“Los años 2024 y 2025 fueron buenos años para la economía chilena; la economía creció más que en los años anteriores, 2,5% promedio. La inversión aumentó 7% en 2025, las exportaciones subieron, la productividad total de factores creció después de mucho tiempo. Entonces, en el fragor de la discusión electoral, creo que se nos distorsionaron un poco los benchmarks. Claro, teníamos un stress fiscal, y que es necesario enfrentar. Y tú perfectamente podías decir que queríamos llegar a crecer 3,5% o 4%. Pero eso implica que del 2,5% tenemos que pasar al 3% y después al 3,5%. Ese es el esfuerzo que tenemos que hacer. Y para eso necesitamos mejorar nuestro esquema tributario, el funcionamiento del mercado de capitales, nuestro mercado laboral, la innovación. ¿Y qué pasa? Ese diagnóstico de sucesivas reformas hacia adelante se enfrenta con la realidad de un 2026 con mala suerte y malas noticias: los problemas de la minería, el shock del petróleo vinculado a la guerra en el Golfo, que algunas inversiones se postergaron esperando que se aprobara el proyecto de Reconstrucción. O sea, vamos a tener un año plano. Pero eso no significa que esta economía esté condenada. Por lo tanto, no sería raro que el próximo año creciéramos 3% o 3,5%. El desafío está en 2028 o 2029. Si en 2028 o 2029 la economía crece entre 3% y 3,5%, uno puede argumentar que algo cambió. Pero son esfuerzos muy graduales. Pensemos en la reforma de la permisología: lo que hizo el gobierno de Boric con la ley de permisos sectoriales es algo bien monumental. Se aprobó un nuevo sistema de pensiones que aumentará el ahorro. Son las reformas pro crecimiento de Boric y del 2025. Entonces hay mucha más continuidad de la que a veces uno lee en la dinámica política del diario del día, que da sensaciones de quiebre muy radicales cuando en realidad no lo son tanto”.

El problema de un país que envejece

—Pensando más a largo plazo, un estudio de ustedes advierte que el envejecimiento empuja el crecimiento hacia abajo. ¿Cree que Hacienda está considerando ese escenario demográfico en sus proyecciones?
“Es un problema que socialmente no estamos enfrentando. De hecho, en la CNEP vamos a publicar pronto un informe, donde se detalla mucho más ese tema. El desafío del crecimiento y la productividad en la transición demográfica es un desafío de 5, 10, 15 años; o sea, de largo plazo. No es el próximo año. Y mi impresión es que, frente a este escenario, lo que nos corresponde en Chile es reflexionar cuanto antes sobre qué podemos hacer al respecto. Una primera conclusión que tengo es que no es mucho lo que se puede hacer para revertir la caída en la natalidad, porque son tendencias mundiales. La decisión de cuántos hijos tener como familia es una de las más personales y profundas que vas a tomar en tu vida. Creer que un incentivo económico va a alterar esa decisión no es real. Entonces hay que pensar qué hacemos como sociedad para adaptarnos a este nuevo mundo. Y en esa adaptación, creo que el verdadero desafío económico es de economía política: el rol del Estado en la provisión de servicios públicos —pensiones, salud, educación— va a cambiar radicalmente a medida que la población envejezca. Vamos a tener que pensar cómo cambia la provisión de educación en una población con menos niños, cómo enfrentas los costos de salud de una población que envejece, qué haces con las pensiones. Y, por supuesto, una dinámica muy natural es que, dado que vamos a vivir más tiempo, hay que trabajar más. Pero a las cohortes mayores eso no les gusta, no van a querer votar por eso. Ahí está la economía política del rol del Estado en la provisión de servicios públicos, y eso siempre puede llevar a tensiones”.

—Hay casi una sensación de que los datos de la baja natalidad nos sorprendieron, de que no vimos venir esta velocidad de cambio. Pero, como bien dice, es un fenómeno global, por lo menos de Occidente.
“Hay mucha inercia en el Estado. Lo típico es que sigues haciendo lo mismo que has hecho siempre. Pero hay que pensar cómo va a ser el presupuesto público de Chile, los servicios públicos de salud, educación, pensiones, cuidado de la vejez. En 10 o 15 años más todo va a ser muy distinto a lo que es hoy. Vas a tener que reasignar labores. Esa es la parte que, desde la Comisión, queremos resaltar como el primer desafío: por lo menos imaginarse cómo va a ser el mundo y cómo va a ser la provisión de servicios públicos, de manera de tomar decisiones a tiempo y así no encontrarnos con obsolescencias en los servicios públicos, con demandas y ofertas que están desbalanceadas”.

La humanidad se adaptará a la IA

—Uno de los temas que preocupa mucho por estos días es el avance de la inteligencia artificial. Por una parte, nos preocupa que falten trabajadores. Y por otra, que la IA deje a muchos sin trabajo. ¿Cuál de esas dos preocupaciones debería quitarnos más el sueño?
“Aparte de la que dice que es un riesgo existencial para la humanidad… No sabría decir cuál pesa más, porque todo esto es un tema en desarrollo. La IA cambia las tareas que hacemos, no nuestro rol como personas en el mercado laboral. Altera las tareas que cada persona hace. En algunos casos las sustituye y en otros las complementa. No es mecánico. La gente se las va a ingeniar. Otro tema es qué va a ocurrir en nuestro sistema educacional. Mi impresión es que la edad a la que se exige un estándar de producción creativa va a ir bajando, y vas a terminar con chicos que en tercero o cuarto medio estarán escribiendo papers académicos. O sea, vas a tener que adelantar todo el despliegue de la creatividad y entrenar a los niños desde mucho más pequeños en pensamiento crítico, en investigación, en utilizar la IA como complemento, con una educación mucho más personalizada. Y eso va a ser, entre comillas, un choque con la forma como hemos entendido el desarrollo de lapersona que se da en la pubertad. Pero la humanidad se adapta. Yo creo que la IA va a adelantar el despliegue creativo de las personas a una edad mucho menor. Todo ese machaque que tenemos en la educación media y universitaria, eso que tienes que esperar a los 24 para ser profesional… No: a los 24 ya va a ser tarde en el futuro quizás. Se puede comprimir mucho eso, pero implica otra forma de enseñar, otra forma de aprender, otra forma de desplegar la creatividad. La ética del uso de la IA también se vuelve mucho más relevante. Tienes que cambiar los estilos de enseñanza hacia dinámicas de colaboración e interacción, más que de responder preguntas en un mundo de pruebas y exámenes”.

—Siempre hemos vivido en un mundo de escasez y por primera vez estamos en uno de abundancia y parece que no sabemos qué hacer con tanta cosa. En ese sentido, Elon Musk ha dicho que en 20 años más el dinero dejará de ser relevante. ¿Qué tendría que pasar para eso? ¿Cómo funcionaría un mundo así?
“Lo primero es que esta no es una idea que se le haya ocurrido a Musk. Es un concepto que está en la propia autoimagen de la humanidad. Esta idea de redención, de la llegada a un estadio superior de bienestar, de abundancia, es una cuestión muy metida en nuestra psiquis como especie. Y de hecho ha sido un gatillo muy importante para el progreso; es parte de lo que ha motivado que estemos donde estamos. ¿Por qué lo digo? Las utopías políticas apuntan para allá, la religión también. Incluso en la ciencia ficción, solo un ejemplo, el escritor Iain M. Banks tiene su serie de novelas sobre La Cultura, una sociedad galáctica que vive en un mundo posmaterial, donde los humanos básicamente se dedican a sus hobbies, al placer y al hedonismo, y todo es manejado por superinteligencias que se preocupan del bienestar humano. Es algo que está muy adentro de nosotros mismos y nuestras fantasías. Ahora, en lo concreto, yo creo que esto no va a ocurrir, a menos que ocurra un fenómeno muy especial. Creo que siempre vamos a vivir en un mundo de escasez. La pregunta es: ¿escasez de qué?”.

—Hoy, quizás, de tiempo…
“Tiene que ver con las tareas que mencionaba recién. Lo que cambia con la tecnología no es que yo tenga trabajo, sino las tareas que hago. Y lo que empieza a ocurrir con el cambio tecnológico es que un montón de tareas a las que te dedicabas y que te costaban tiempo, ahora son casi gratis. Hay un ejemplo muy concreto: la emancipación de la mujer en el mundo del trabajo no habría ocurrido sin la electrificación del trabajo doméstico —la lavadora, la cocina, la refrigeración—. Eso liberó horas del día en una sociedad machista donde el rol de la mujer era estar lavando ropa todo el día. Y liberas ese espacio por el menor costo de la electricidad. El costo de la energía hoy es de ordenes de magnitud menores que en el año mil. En el año mil, para poder leer de noche tenías que tener una vela, y la vela era carísima: diez minutos de luz eran muchísimo más caros que hoy. Hoy tienes la posibilidad de trabajar en otro espacio y de crear cosas nuevas. Por eso gracias al cambio tecnológico algunas tareas que eran costosas, o servicios que comprábamos caros, pasan a ser básicamente gratis. Pero eso no significa que todo sea gratis, porque el tiempo que liberamos lo vamos a destinar a hacer cosas nuevas que ni siquiera nos podemos imaginar hoy”.

—Otra de las cosas que varios empresarios tecnológicos plantean es que va a existir una renta básica universal.
“La renta básica universal viene de la premisa de que la tecnología va a desplazar a las personas, no a las tareas que las personas hacen. Entonces, si la tecnología nos hace obsoletos como personas, de forma que nada de lo que podamos contribuir al mercado tiene valor, bueno, el sistema tendría que dar una renta universal mínima. Pero yo cuestiono la premisa de que la tecnología nos sustituya como personas. La tecnología va a sustituir algunas tareas que hacemos, vamos a dedicarnos a otras y nos las vamos a ingeniar, porque eso es lo que hacemos: todo el rato estamos imaginando cosas que tengan valor en nuestra interacción social, para que la gente pueda trabajar”.

—Algo importante con este tema de la abundancia es quién se queda con ella. Estamos asistiendo al fenómeno de los tecnomillonarios, con compañías que funcionan casi como superestados. ¿Qué puede hacer un país pequeño como el nuestro para capturar algo?
“Daron Acemoglu y Simon Johnson en Poder y Progreso. plantean que, en la historia de la humanidad, las rentas y los beneficios de los cambios tecnológicos siempre han tratado de ser capturados por una tecnoélite. Y dan dos ejemplos que a mí me chocaron cuando lo leí; porque son controversiales. Uno es que la renta de poder cultivar el Nilo gracias a sus crecidas fue capturada por los faraones para construir monumentos, a cambio de que quienes trabajaban en ellos tuvieran asegurado el paraíso en el futuro. Capturaron toda la renta para apilar rocas, sin mejorar la calidad de vida de las personas en el presente, sino en el más allá. El segundo ejemplo es la revolución agrícola en la Edad Media, que permitió rotar los campos y aumentar la productividad. ¿Dónde fue capturada toda esa renta? En la construcción de catedrales. De nuevo, no para aumentar el bienestar de los campesinos. Esto no es algo nuevo. Y el desafío, el argumento de ellos, es cómo una sociedad democrática logra poner control sobre esto y asegurarse de que estos cambios efectivamente aumenten el bienestar de las personas, y no sean solamente creación de renta y de poder para la tecnoélite. Ahí la pregunta es más bien cómo se encargan las sociedades de que estos cambios beneficien a la gente de forma más equitativa, en un plano político de mayor igualdad. Žižek tiene un punto súper interesante. Dice que el marxismo moderno ya no tiene que ver con el valor del trabajo que no quieres que se expropie, sino con el valor de las interacciones personales, que no quieres que sea expropiado en las redes sociales”.

—Es lo mismo que plantea Shoshana Zuboff, académica de Harvard, en su libro La era del capitalismo de la vigilancia sobre cómo compañías como Meta y Google extraen datos y vigilan a la gente. Frente a esto, ¿qué puede hacer una economía como la nuestra?
“Es muy complicado saber quién va a ganar la apuesta acá. ¿Será el modelo de gobernanza de China, que es controlado con vigilancia total de reconocimiento facial, donde ni siquiera tienes que poner la huella, ya que basta con la cara? ¿Será el modelo europeo ultrarregulado? ¿O los tecnolibertarios de Estados Unidos? La sociedad del futuro va a depender un poco de la interacción de estas cosas. No sé, posiblemente el mundo va a ser distinto, pero vamos a tener que decidir cómo nos insertamos en ese concierto. Esa es la gran decisión para un país como Chile”.

—Elon Musk recomendó hace poco no ahorrar para la jubilación, porque dice que no va a importar. En un país que envejece rápido y que está reformando su sistema de pensiones, ¿qué riesgo tiene ese tipo de mensajes?
“Esto es economía básica. Si yo tengo la expectativa de que voy a ser inmensamente rico en 10 años, y creo que esa expectativa tiene poco riesgo, obviamente no voy a ahorrar. Pero si me equivoco, tengo un problema. Entonces, todo depende de cuál es tu perspectiva. Elon Musk tuvo una visión. Dijo: voy a hacer dos cosas, autos eléctricos y cohetes que aterrizan. Eso estaba totalmente fuera de lo que uno podría pensar como posible hace 30 años; era del ámbito de la ciencia ficción, y lo hizo. Por eso, si este gallo dice hoy que va a ser inmensamente rico, yo le creo: sí, vas a ser inmensamente rico tú, pero de ahí a decir que los 8.000 millones de personas del mundo también van a ser inmensamente ricas y que dejen de ahorrar. Bueno…”.

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Felipe Ramos