Siempre envidié a los exiliados en Italia. Yo vivía en París, una ciudad tanto o más bella que Roma, pero con peor clima. Los franceses eran fríos, duros, difíciles, y me gustaba pensar que los italianos eran más amables. Inti-Illimani tenía los ponchos rojos y luego ningún poncho, y su música se oía en la radio de allá. Los Quilapayún de París usaban ponchos negros y, cuando se volvieron conceptuales, se pusieron demasiado inteligentes para nosotros. Los italianos tenían a los eurocomunistas más abiertos de Europa, el partido de Gramsci, mientras nuestros comunistas eran más dogmáticos y grises.
Estos fueron algunos de los mitos que el maravilloso libro de María José Viera-Gallo, Tú También Eres Extraña, me ayudó a derrumbar. La novela, publicada por Anagrama, narra el exilio desde la voz de una adulta que mira a la niña que fue. Atestigua todas las fases de ese exilio, que son también los años de su aprendizaje del lenguaje, de la amistad, del amor. El exilio que ella describe con sensibilidad ejemplar, con pudor también, con amor, con discreta poesía y con perfecta precisión es tan duro como el de París, o quizás más. Los italianos son, por cierto, más simpáticos que los franceses, pero también más conservadores y más violentamente fascistas cuando lo son. La tristeza inicial de los padres del libro es mayor que la que vivieron mis padres, apoyados por los rescoldos de mayo del 68 y luego por la victoria de Mitterrand.
El secuestro de Aldo Moro y la fragmentación de la ultraizquierda que retrata Juan Cristóbal Guarello en otro libro esencial sobre el exilio chileno, Aldo Marín: Carne de cañón, son experiencias que los parisinos nos ahorramos. También nos ahorramos el atentado contra Bernardo Leighton, que María José Viera-Gallo describe desde los ojos de la niña que era, desde sus efectos en esos padres devueltos a la torpeza de la adolescencia, perdidos y asustados, sabiendo ahora mejor que nadie que la dictadura podía alcanzarlos en cualquier lugar del mundo, y que esta había escogido como blanco a los moderados, los que podían lograr la alianza entre democratacristianos y socialistas que acabaría con la dictadura.
Mi abuelo era el otro firmante de la carta histórica que les costó las balas a Bernardo Leighton y a su mujer, Anita Fresno. Muchos años después supe que anduvo por varios meses con protección policial. El jefe de policía le describió con lujo de detalles cómo los comandos chileno-franceses estaban preparando un ataque que finalmente no tuvo lugar. Leighton era para mi abuelo algo más que un hermano. Subrayo todo esto para que no se me acuse luego de parcialidad: el mundo que describe María José, sus personajes, su ambiente, las siglas de los partidos, me son poderosamente cercanos.
Mi padre trabajaría ya en Chile junto a Julio Silva Solar y José Antonio Viera-Gallo en CESOC, una ONG que nació en Italia, donde se empezó a publicar la histórica revista Chile-América, que ellos dos dirigían en Roma junto a Esteban Tomic y el propio Bernardo Leighton. Solemos bromear con María José con que somos primos, aunque no tenemos, que yo sepa, sangre en común. Nuestro parentesco nace de ahí: íbamos a las mismas oficinas a pedir mesada, íbamos a las mismas fiestas, nos sabíamos las mismas canciones, conocíamos los mismos duelos. Y de alguna manera escribimos el mismo libro, aunque el mío, Memorias prematuras, es exagerado, cómico en su tono adolescente y lleno de un rencor que disimula amor, mientras el de María José es paciente, cuidadoso, bello pero circunspecto. En su libro hay hermanas, hay cocina, hay patios escolares, hay perdón, hay la distancia de los años (el mío lo publiqué el 99) y la sabiduría de años de escritura en muchos géneros.
Su novela clausura de modo brillante el ciclo de lo que Alejandro Zambra llamó “la literatura de los hijos”. Esa literatura tiene como eje temático la dictadura vista no por los padres que la sufrieron en primera persona, sino por los hijos que reconstruyen, a través de los silencios, los interdictos, las películas, las series o los videojuegos, ese extraño tiempo suspendido que fueron el final de los setenta y todos los años ochenta en Chile. La primera de estas novelas, que presenté hace treinta años en la Feria del Libro, es En voz baja, de Alejandra Costamagna. De alguna forma, definió las pautas del género: silencio, sorpresa, clandestinidad, un lenguaje elusivo, poético. La propia Costamagna volverá a escribir una y otra vez ese libro, perfeccionando la sutileza de su mirada. Zambra, ya está dicho, le pondrá nombre a la cosa. Nona Fernández refinará el procedimiento al mezclar trozos de cultura pop con una escritura que le debe al teatro su gran efectividad apelativa. No lo he leído todo, ni de cerca, pero tengo la impresión de no haber leído una novela que hable de manera directa y clara de los padres que celebraron la dictadura, que la vivieron no sólo desde la neutralidad que Zambra también evoca, sino desde el entusiasmo.

Tú También Eres Extraña es una novela de exilio, y llama la atención que sean tan pocas las novelas como esta en Chile. El tema del exilio, o del retorno, ha sido siempre extrañamente incómodo. Ni en Argentina ni en España se tiene un término como “retornado”, que conlleva una cierta carga negativa imposible de disimular. El consabido chiste de la “beca General Pinochet” recalca esa mirada irónica, despectiva y a la vez admirativa que los chilenos del interior tienen hacia los del exterior.
Germán Carrasco da cuenta en sus poemas de la influencia que tuvieron en él esos “retornados” que conoció en la Universidad de Chile, que escuchaban new wave y leían en otros idiomas. En la historia de la música tecno, de la música punk, del rock y, por supuesto, de la música de raíz latinoamericana, los exiliados, y sobre todo los retornados, son fundamentales. Lo mismo se puede decir de la renovación socialista, sin la cual la Concertación, el gobierno de Lagos (un exiliado) y el de Bachelet (una exiliada) habrían sido imposibles. Estos presidentes, y muchos dirigentes que se hicieron en el exilio, suelen pasar por alto esa experiencia, que los hace un poco sospechosos a los ojos del resto de los chilenos. Cursis que aprendieron a tomar buenos vinos y a comer sin Coca-Cola al lado. Gente que se fue pobre y llegó con una gringa del brazo y un posgrado que no tenía antes. Gente que habla con acento y sabe que hay más pastas que los tallarines.
Las otras historias suelen acallarse con vergüenza: la de los que, como mi padre, nunca se adaptaron del todo; la de los que envejecieron sin ver a los suyos; la de los que perdieron los lazos con su familia; la de los que terminaron por suicidarse por no poder volver a su país. Domina en Chile la idea de que quedarse fue siempre un castigo y que ser expulsado del país fue siempre un premio. Raúl Ruiz, otro de esos exiliados que se hicieron famosos fuera de Chile, decía que Chile era una condena. Isabel Allende, otra exiliada, trató en uno de sus ensayos de explicarse el inexplicable Chile. Y Bolaño, que la detestaba, se inventó un país que es un poco México y un poco ninguna parte.
El aporte del exilio a Chile es imprescindible y múltiple, pero el aporte del exilio chileno al mundo es aún más difícil de calcular. Cualquiera que haya ido a Venezuela o a México sabe hasta qué punto, en su élite universitaria, intelectual y política, los chilenos eran como los argentinos que era bueno querer, que era fácil querer. En Canadá, Suecia o en Australia la historia es otra, aunque no peor: los chilenos fuera de Chile siguen siendo intensamente chilenos, porque serlo les permite adaptarse singularmente a cualquier parte. Cuando uno viene del fin del mundo, puede empezar a comprender cualquier mundo desde cualquier inicio.
Esto no quita el dolor de esos niños que responden el teléfono por sus padres y que no son capaces de hablar el idioma local. Los niños que saben que en la casa hay otro horario, otros nombres, otras sombras que en la calle no significan nada. Todo escritor es de alguna manera bilingüe, bisexual, binacional; el exilio hace palpable esa extrañeza.
El libro de María José Viera-Gallo resalta justo ese punto. No cabe duda de que la Pepi, como le dice casi todo el mundo, probablemente habría sido extraña aunque hubiera vivido toda su vida en Chile. Quizás hubiese sido aún más rara al no poder atribuirle al exilio la distancia que la separa del mundo. Pero el exilio es una explicación, como cualquier otra, de la distancia que separa a cualquier artista que se respeta de la idea de que las cosas son de una manera y no de otra, que son lo que son y no lo contrario. Esta novela sitúa esa separación en Roma, que al revés se lee Amor, pero va mucho más allá de ese simple asombro y nos devuelve entera una voz dividida que sólo la literatura puede volver a unir.