Disparo de advertencia

Por más impactante que resultara la escena de un héroe del ejército envuelto en llamas, lo realmente impactante fueron las balas que el Ejército de Chile cargó a través de su Departamento Comunicacional y que disparó al día siguiente.

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Señor director:

Lo que escuchamos el 6 de marzo fueron fugaces disparos de advertencia. Es posible que, al igual que una bala recién disparada, el sonido sea seco, con un eco breve que eventualmente se desvanecerá entre titulares de prensa, pero no por eso dejan de ser una señal de alarma.

Llegaron poco después que la estatua del General Baquedano ardiera como un farol que ilumina una noche más de protesta. Como acto simbólico, para llamar la atención de un Gobierno cuya política pública por defecto parece ser la de dar la espalda a las demandas sociales, manifestantes incendiaron la icónica estructura.

Por más impactante que resultara la escena de un héroe del ejército envuelto en llamas, al día siguiente el monumento apareció restaurado, incluso en mejores condiciones de las que se encontraba antes de arder.

El hecho, para las autoridades, mereció más atención que las consignas y demandas que se alzaron la noche del viernes. El ministro de Defensa, Baldo Prokurica, montó un curioso espectáculo la jornada del sábado, acudiendo, en compañía de su esposa, a la tumba del Soldado Desconocido, emplazada a los pies de la estatua de Baquedano, para dejar flores sin un motivo demasiado claro.

Pero lo realmente impactante fueron las balas que el Ejército de Chile cargó a través de su Departamento Comunicacional y que disparó al día siguiente: “Los cobardes desadaptados que cometieron este acto indignante y repudiable para todos nuestros compatriotas son antichilenos (…)”, señalaron a través de un comunicado.

¿Se supone que es una institución no deliberante la que define quién es chileno y quién es un antichileno? ¿Cuáles son los criterios para designar a un chileno y a un antichileno? Por más que pueda parecer el efímero exabrupto de un alto mando, la verdad es que el trasfondo es aterrador, y nos lleva de vuelta a uno de los peores episodios de nuestra historia.

Esta situación me trae a la mente un ejercicio periodístico realizado hace poco para un trabajo, paradójicamente sobre uno de esos valientes soldados que hoy figuran como imputados por crímenes de lesa humanidad. El experimento consistía en revisar las cartas que enviaba desde su celda en Punta Peuco. Con una psicóloga, recorrimos las letras de los escritos tratando de identificar patologías, trastornos o cualquier cosa que explicara la lógica con la que operó al momento de llevar a cabo sesiones de tortura.

El criminal en cuestión era Miguel Krassnoff Martchenko, condenado a más de 700 años por reiteradas violaciones a los Derechos Humanos, e icónico representante de las acciones del Ejército de Chile durante la dictadura.

Entre lo que se pudo rescatar, además de un fuerte sentido de pertenencia muy ligado a la identidad de Krassnoff, está la escisión como mecanismo de defensa, esa capacidad para dividir mentalmente el mundo entre “buenos” y “malos”; todo en la mente del sujeto.

En esencia, Krassnoff, al momento de llevar a cabo los actos más cruentos que se pudieran imaginar, no veía a un civil maniatado, desarmado, indefenso y con toda una familia detrás, sino que tenía al frente un enemigo poderoso que amenazaba uno de sus conceptos más preciados: la patria. Este elemento le sirvió para despojarse de toda responsabilidad, para consigo mismo, respecto a los horrendos crímenes cometidos.

En tal sentido, resulta preocupante escuchar el término “antichilenos” en el léxico de una de las instituciones que concentran el monopolio de la violencia. Deja entrever que, sin cortafuegos, sin garantías democráticas, un militar podría llevar a cabo los mismos actos de tortura suscitados en el período más oscuro de la historia de Chile por el simple hecho de considerarte “el enemigo” o un antichileno.

Hilando mucho más fino, denotaría un Ejército que aún no ha cambiado esa mentalidad arraigada desde la dictadura y que, de alguna forma, siguen estructuralmente atados a sus viejos fantasmas, que a veces salen a penar en ominosos documentos como el observado el 6 de marzo.

Por eso, es tan válido cuestionarse que si el ejército tuviera en sus manos la decisión de abrir fuego, ¿qué pasaría con todos los antichilenos seleccionados a dedo? ¿tendrían la decencia de efectuar siquiera un disparo de advertencia?

Ignacio Kokaly

Estudiante de quinto año de Periodismo en la Universidad Santo Tomás. Redactor en El Filtrador y Primera Línea Prensa

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