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Gobernar no es (solo) educar

A la luz de las encuestas, los primeros en dar señales de enfriamiento fueron los votantes de Franco Parisi (lo que ayuda a explicar buena parte de la caída en apoyo al gobierno).

El estreno del gobierno comenzó cuesta arriba. Debió subir al escenario con la melodía desafinada, y nada indica que el ritmo vaya a cambiar pronto. El problema aún no es la caída en la aprobación —que existe, aunque menor a lo anticipado— sino una realidad más compleja de manejar: una ciudadanía que no termina de sentirse interpretada por las decisiones del gobierno ni por la forma en que estas se explican. Los chilenos no niegan el contexto adverso, pero tampoco compran la idea de que no había margen para tomar decisiones distintas.

Si bien el gobierno ha transmitido seriedad técnica, lo que es de agradecer, ha enfrentado problemas en su comunicación, en la agenda paralela y en sostener una consistencia que puede parecerse, peligrosamente, a la rigidez. No hay una crisis abrupta, pero sí señales de un desgaste: una erosión que enfría y afloja apoyos.

A la luz de las encuestas, los primeros en dar señales de enfriamiento fueron los votantes de Franco Parisi (lo que ayuda a explicar buena parte de la caída en apoyo al gobierno). Se trata de un grupo que en su mayoría no se identifica ni con la izquierda ni con la derecha, que convive con un alto recelo hacia la clase política y en el que predomina la sensación de que nadie representa su experiencia real y de haber quedado al margen de los beneficios del sistema. Para ellos, lo que ocurre no es solo un alza de precios, sino una señal que confirma lo que ya sabían: desconexión, decisiones tomadas desde arriba y de espaldas a su realidad.

Al desafectarse del gobierno, no cambian de posición ideológica —porque nunca la tuvieron—, es que vuelven al punto de origen: la distancia, la sospecha.

El problema es que este enfriamiento no se limita a los votantes de Parisi, sino que parece extenderse hacia otros sectores, incluso entre votantes tradicionalmente de derecha, donde —más que rabia— comienzan a instalarse dudas corrosivas sobre el actuar del gobierno: menor expertise del esperado, predominio de impulsos reactivos por sobre los estratégicos, la persistencia de una lógica de campaña —grandilocuente y confrontacional—, la confusión entre el querer y el poder y la consolidación de círculos de decisión demasiado cerrados. Basta observar el comportamiento de algunos parlamentarios: desalineamientos, matices públicos e incomodidad frente a ciertas decisiones. No se trata —todavía— de una ruptura, pero sí de un reacomodo.

En ambos casos, aunque se exprese de manera distinta, el problema es de conducción: una forma de gobernar que por momentos se asemeja más a dirigir una familia —ordenar, marcar límites, confiar en la voluntad— que a enfrentar la complejidad propia de un gobierno.

Esa lógica, propia de lo íntimo —donde los vínculos sostienen las decisiones— resulta insuficiente para la política. Gobernar no es (solo) educar. Por eso falla por ambos lados. Para los votantes de Parisi, porque remite a una autoridad que no cuida y termina abandonando; para los sectores de derecha, porque revela falta de espesor para gobernar.

En cualquier caso, y sea cual sea la perspectiva, el desafío es uno: ajustar la conducción a la complejidad real del poder.

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