Una de las cosas por las que se conoce a Jorge Burgos (69) es por su fanatismo por la “U”. En los años 90 era común verlo junto al presidente Eduardo Frei Ruiz-Tagle alentando al equipo azul que lideraban, entre otros, Marcelo Salas, Sergio “Superman” Vargas y Esteban Valencia. “Antes yo no me perdía partido, cualquiera fuera el cargo que tuviera. Ahí estaba insta- lado en el estadio de la U, como le digo yo al Nacional”.
Retirado hace una década de la política activa -en la que ejerció cargos como diputado, subsecretario del Interior, ministro de Defensa y ministro del Interior- el abogado y exmilitante democratacristiano actualmente se desempeña como investigador del Centro de Estudios en Seguridad y Crimen Organizado (CESCRO), de la Universidad San Sebastián, donde investiga y publica informes sobre el crimen organizado, sus tendencias y estadísticas. Para él es muy importante participar de esta instancia “porque las universidades son, en esta materia, el único actor con la independencia y el tiempo largo para ver lo que otros no pueden ver. Los gobiernos trabajan en ciclos electorales cortos y responden a crisis inmediatas. Las policías y fiscales operan sobre el delito ya ocurrido. Los medios cubren lo que ya es noticia. Ninguno de ellos tiene el mandato o el incentivo para preguntarse qué viene después o por qué está pasando esto”.
—Luego de tantos años en política, hoy está dedicado a la investigación. Sin embargo, me pregunto si existe algo así como un político retirado, o jubilado, especialmente en el caso de alguien que hizo una carrera tan larga en distintos roles.
“Es una buena pregunta. Personalmente, me siento retirado. Desde que me fui de la primera línea política, cuando salí del gabinete de la presidenta Bachelet hace casi 10 años, recibí algunas ofertas de volver a ser candidato, pero todas las rechacé prácticamente de forma automática. Esa etapa de mi vida pasó, lo que no significa que me dé lo mismo lo que pasa en mi país o que no opine. Tuve un rol más activo con ocasión del primer plebiscito constitucional. Luego me metí en Amarillos, pero lo fui dejando. A veces he firmado una carta como Jorge Burgos, político jubilado, pero luego me arrepiento. Estuve 35 años en política —los años más productivos de la vida probablemente— y me retiré cuando tenía 59. Yo soy agradecido de haber tenido tantas oportunidades de hacer cosas distintas. Tuve la suerte de hacer lo que me gusta, pero ya pasó. Hoy estoy en otra cosa”.
—Pero debe seguir la contingencia política, me imagino que tiene amigos con quienes habla, se sigue juntando o conversa por WhatsApp.
“Yo mantengo mucha relación, por ejemplo, con algunos de mis jefes cuando fui subsecretario del Interior, como Enrique Krauss. También mantengo harta amistad con personas de la DC que fueron diputados en mi época, como Edgardo Riveros, Rodolfo Seguel, Gutenberg Martínez y Eduardo Saffirio, además de otros amigos con los que trabajamos en los gobiernos de la Concertación. Con muchos de ellos empezamos a juntarnos a comer todos los jueves en el München a comienzos de los 90. La verdad es que comíamos para hablar de política, pero fundamentalmente para reírnos de nosotros mismos o de terceros, incluso pelar un poco al Presidente. Era un momento de distensión, muy Club de Toby en esa época. De esos, todavía nos acompañan varias personas en plenitud como Carlos Figueroa, Edmundo Pérez Yoma, Ricardo Núñez y Osvaldo Puccio. Mantengo un gran vínculo con gente que fue parte del riñón de la Concertación, que para mí fue una época muy virtuosa para Chile”.
—Usted es una de las figuras más representativas de la Concertación. A la luz del Chile actual, ¿percibe una revalorización de ese ciclo político y de sus liderazgos?
“Se percibe una cierta revalorización luego de haber pasado por la condena y lo que fue la pésima frase de que no eran 30 pesos sino 30 años. Hoy los datos nos dicen lo virtuosos que fueron esos años. Pero pasamos por momentos muy difíciles desde el reproche que hizo el Frente Amplio. Para mí la Concertación como tal duró hasta 2010, cuando los dirigentes de esa época decidieron matar la marca, cosa a la que yo siempre me opuse porque fue un error. Lo que nosotros conocimos no creo que vuelva, porque nadie tiene el espíritu de revivir al centro progresista. Soy un convencido de que Carolina Tohá debería haber reivindicado eso en su candidatura y no haber participado en una primaria con el Frente Amplio. Ahora no veo dirigentes de esta generación disponibles a levantar esa bandera de nuevo. El Partido Socialista sigue mirando su alianza con el Frente Amplio, mientras la DC y el PPD no terminan de definirse. Ha mejorado el recuerdo de la Concertación, pero no sé cuánta posibilidad haya de revivirla. Son más recuerdos que un presente real”.
—Yendo al tema de la seguridad, el gobierno de Kast llegó con un mandato claro: mejorar los índices, atacar el crimen y disminuir la inmigración ilegal. En el mes y medio que llevan ¿se está cumpliendo la promesa?
“Una parte importante de la votación que obtuvo el Presidente Kast estaba vinculada a los temas de seguridad. Dicho eso, a poco más de un mes me parece que sería muy poco objetivo declarar que lo ha hecho regio o que lo ha hecho pésimo, ya que es poco tiempo para hacer un análisis profundo. El viaje al norte tuvo una buena imagen desde el punto de vista de lo que ha pasado en nuestra frontera con los ingresos masivos e ilegales, pero actualmente la presión para ingresar al país es menor que antes por razones de todo tipo, económicas y políticas. En materia de planes, todavía no veo algo muy distinto a lo que venía implementándose durante la gestión del ministro Cordero. Y desde esa perspectiva no encuentro que sea malo. A mí no me parece bueno que se cambie todo cuando se cambia de gobierno, porque son planes que cuesta instalar y hay algunos que han dado buenos resultados. Por ejemplo, la tasa de homicidios por cada 100.000 habitantes viene bajando en los últimos tres años. Y eso, en mi juicio, ha tenido que ver con políticas públicas aprobadas por el Congreso, tanto de la oposición como del oficialismo. Hoy tenemos las tasas más bajas en Latinoamérica, pero no tan bajas como las que teníamos antes, entonces hay mucho por hacer. Los que creían que aquí iba a haber un cambio inmediato, se equivocaron: eso no ocurre en ninguna parte del mundo. En el caso de los homicidios estamos luchando contra delincuentes avezados que han progresado y tienen más armas”.
—¿Qué le parece que se entreguen semanalmente informes con las cifras de delitos?
“No es bueno. Para mí hay que mantener el análisis anual del comportamiento de los delitos de homicidio consumado. Hicimos un esfuerzo a mediados del gobierno pasado por consolidar las cifras, porque antes había datos que venían de Carabineros, Investigaciones o del Ministerio Público. La entrega de cifras, insisto, debe ser anual, porque permite miradas de largo plazo. Si se hace semanalmente sería un error. El tema de la seguridad —y de la seguridad objetiva, es decir, de la victimización y de la más subjetiva, de la sensación de inseguridad— cruza la sociedad chilena hace 20 años y se ha puesto al centro del debate político muchas veces. En varias campañas presidenciales se ha dicho que hay que poner mano dura o que se va a acabar el recreo. Sin embargo, independientemente del signo político, ningún gobierno al terminar su periodo puede decir que revirtió ni la victimización ni la sensación de inseguridad. Hay que volver a la lógica de darle una mirada más nacional, de búsqueda de acuerdos. Durante la conducción de Carolina Tohá en Interior, junto a Juan Antonio Coloma —entonces presidente del Senado—, hicieron una especie de tramitación legislativa que llamaron fast-track de seguridad. Este Gobierno debería hacer eso, buscar nuevos acuerdos. Por otra parte, ahora tenemos al Ministerio de Seguridad, al que hay que armar con buena gente”.
—A propósito, ¿cómo evalúa el desempeño de la nueva ministra de Seguridad, Trinidad Steinert, luego de la controversia por la salida de la prefecta Peña?
“Puede ser que la ministra de Seguridad salga de esta situación y se concentre. No fue un buen comienzo. Hay gente que quedará convencida de que no tuvo nada que ver. Otros van a quedar convencidos de que sí tuvo que ver. Ahora, pastelero a tus pasteles, porque en esto hay que dedicarse a lo que te toca y no traer cosas de los cargos que tuviste antes. Dicho todo eso, es muy ejecutiva y tiene el potencial para hacerlo bien, pero le falta mucho manejo político, aunque eso se puede adquirir. El criterio es más difícil”.
—Muchos plantean que la inseguridad en Chile no es solo un problema delictual, sino una fractura social más profunda. ¿En qué señales concretas se expresa esa fractura en la vida cotidiana?
“Una cosa es combatir el delito desde el punto de vista de los órganos encargados, como las policías, el Ministerio Público y los tribunales, pero también es necesario hacer un análisis sociológico y cultural. ¿Ha aumentado el delito solo porque hay más migrantes? Eso no es cierto. Si bien hemos tenido gente de otros países que entró a delinquir, tampoco uno puede decir que el cambio de mayor violencia en los delitos está solo vinculado a eso. Hay que buscar más causas que llevan a la delincuencia y al crimen, pero no solo en la última etapa de la violencia, que es el delito mismo, sino en otras razones, como ver qué pasa dentro de los núcleos familiares. La pregunta es: ¿qué estamos haciendo los adultos con nuestros hijos? ¿Cómo nos estamos relacionando como familia? ¿Qué estamos conversando o leyendo? ¿Qué principios estamos transmitiendo? La vida se construye con derrotas, con triunfos, con dolores, con alegrías, pero en comunidad. Aprovecho de recomendar un libro que se llama Vida de Hannah Coulter, de Wendell Berry, que es una novela que habla de la construcción de comunidad y de una vida llena de lomos de toro…pero donde la conversación y la transmisión de los más viejos a los más jóvenes es fundamental”.
—¿Qué distingue este momento en materia de criminalidad que lo hace particular en la historia de Chile?
“En Chile, el aumento de la tasa de homicidio siempre fue un indicativo de un tipo de crimen que muchas veces estaba vinculado a riñas, a problemas interpersonales, a discusiones que terminaban mal. Pero ahora muchos homicidios están vinculados al crimen organizado. Es cierto que la tasa de homicidios viene bajando, pero respecto de hace 10 años llegó a duplicarse, lo que me parece súper preocupante. Ese es un hecho distintivo respecto de hace una década o más. Lo otro es la incorporación del concepto de criminalidad organizada, que es lo que investigamos mayormente en el CESCRO-USS. De acuerdo con nuestros datos, el número de ingresos de causas por crimen organizado es alrededor del 5,2% del total. Todavía no es una cifra gigantesca, pero ha crecido mucho. La Reforma Procesal Penal que se hizo hace 25 años tenía en miras una cantidad de hechos delictuales mucho menor de los que tenemos ahora y un tipo de delincuencia distinta. Ese es un dato que, a mi juicio, no ha sido debidamente acompañado por nuevas reformas más estructurales. Creo que lo que hicimos fue muy bueno y que hay que mantenerlo en su esencia, pero a un cuarto de siglo es necesario ponerlo al día con una mirada mucho más amplia. No todo se resuelve con prisiones preventivas. Tenemos que mejorar las técnicas de investigación”.
—¿Qué características tiene hoy el crimen organizado, considerando el aumento del narcotráfico, las extorsiones y los secuestros?
“La extorsión y el secuestro son una derivada de bandas de narcotraficantes. Obviamente, los fiscales y las policías tienen que enfrentarse a entidades delictuales que tienen mucha más fuerza y armas que antes. Es más, han demostrado —lo que es muy delicado y hay que ponerle atajo— capacidad de penetración en instituciones como las policías y las Fuerzas Armadas. El año 2025 el narco penetró la Fuerza Aérea, logrando transportar droga en un avión, y también penetró la Brigada Baquedano, que es la más importante del Ejército. Son muchas las alertas. Hace algunos años creíamos —y me incluyo— que cosas que pasaban en otros países latinoamericanos no iban a ocurrir en Chile… y no era así”.
—El debate sobre seguridad suele centrarse en la persecución penal, pero también incluye prevención, reinserción y funcionamiento del sistema judicial. ¿Qué tan rezagados estamos en esos ámbitos?
“Ahí tenemos varios problemas que hay que enfrentarlos de una vez, porque no se pueden seguir postergando. Nuestra sociedad tiene un problema grave desde hace mucho tiempo con el funcionamiento de Gendarmería. Datos sobre corrupción en dicha institución vienen desde hace años, pero últimamente ha habido un cierto relajo en el control interno, con fugas o errores en salidas. El gobierno pasado y este gobierno aprobaron una reforma constitucional para traspasar Gendarmería del Ministerio de Justicia al de Seguridad y transformarla en un cuerpo armado. Ahora hay que dictar rápidamente las leyes que permitan separar servicios y tener más capacidad de control de lo que ocurre en las cárceles, porque no se puede entender que tantos delitos se inicien en los penales. A eso hay que ponerle atajo de inmediato, es una ecuación espantosa”.
—Ustedes recientemente publicaron el “Primer informe de resultados de la persecución penal de delitos asociados al crimen organizado en Chile (2014-2024)”, que mostró que, en 10 años, los archivos provisionales se triplicaron y las decisiones de no perseverar se duplicaron…
“Nosotros tenemos un sistema procesal penal persecutorio mucho mejor del que teníamos. El Estado invirtió muchos recursos a comienzos de este siglo para crear el Ministerio Público. A 25 años de eso, la cantidad de delitos que se previó enfrentar quedó corta. Hoy la carga de ingresos y de investigación es mucho mayor. De ahí se explican decisiones como no perseverar, el aumento del sobreseimiento y el crecimiento exponencial de las causas archivadas. Probablemente los fiscales deben concentrarse en los
delitos de mayor connotación, quedando otros sin sanción. Eso tenemos que asumirlo como una necesidad de reforma, con mejores técnicas de investigación y mayor capacidad tecnológica. Sin embargo, hay que resistir la presión de que todo se soluciona aumentando las prisiones preventivas. Ese es un error, porque todo tiene un límite y nuestras cárceles están llenas. Yo sé que todos quienes hacen una denuncia y no reciben respuesta en tres meses se sienten insatisfechos. Ahora, contestarle a todo el mundo sería demagógico. En algún momento hay que hacer un distingo y decidir dónde poner el mayor esfuerzo. Eso es inevitable”.
—En ciberdelincuencia, 9 de cada 10 casos terminaron en salida no judicial, y del % que se judicializó, el 100% finalizó en decisión de no investigar. ¿Qué está pasando con esta clase de nuevos delitos?
“Ese es un dato bien potente. No es una gran cantidad de delitos, pero es súper alta la tasa de impunidad. Son delitos más complejos de investigar, que requieren una rápida puesta al día de nuestras policías y de la Fiscalía. Esos números hay que bajarlos, porque es una cuestión que se va a instalar cada
vez más. El celular, que es una maravilla, también puede ser un arma delictual. Se requiere mayor persistencia”.
—¿Se puede disminuir la delincuencia?
“Yo soy optimista. Tenemos problemas en algunos delitos serios, pero contamos con un Ministerio Público, con recursos y, en general, con gente de buen nivel; tenemos policías profesionales, mejorables y esencialmente honestos. Ahí tenemos una virtud como país que debemos cuidar, actuando rápidamente para poner atajo a cualquier intento de corrupción. No tenemos poderes que se hagan los lesos. Tenemos herramientas para mejorar esto en la medida en que lo hagamos técnicamente mejor, que analicemos lo que está pasando, hagamos propuestas, logremos acuerdos y no volvamos a instalar el tema como una herramienta política para sacar ventajas”.