Tras la instalación del nuevo gobierno, la discusión pública parece atrapada por el desasosiego, plagada de rencillas más ruidosas que sustantivas. Es verdad que la administración entrante ha sufrido traspiés, no tanto por la magnitud de sus decisiones, sino por la forma en que estas han sido comunicadas. Errores no forzados, vocerías desalineadas y un ethos que todavía arrastra la lógica de campaña, han alimentado una percepción de desorden. En un comienzo, reparar en ello fue atendible e incluso inevitable. Hoy, sin embargo, el reproche majadero de las formas comienza a ser desproporcionado y peligroso.
El problema no es que existan críticas a la gestión comunicacional del Ejecutivo. El problema es que el debate público parece haberse quedado ahí, en la superficie, en el comentario inmediato, en la cuña, en el error amplificado. Y en ese ejercicio, vamos perdiendo de vista lo esencial. Porque es imperativo recordar que, más allá del ruido, lo que este gobierno representa es una oportunidad para Chile.
Después de años marcados por el desconcierto —pandemia, violencia política, crisis social, procesos constitucionales fallidos y una política muchas veces atrapada en el cortoplacismo— Chile enfrenta hoy la posibilidad de retomar un camino de desarrollo que no es solo económico, sino también espiritual. Es un camino de orden, de reconstrucción de confianzas y de recuperación de un horizonte común. Ese es, en lo sustantivo, el mandato que una mayoría de chilenos expresó el pasado diciembre.
Por eso, no debiésemos medir con encuestas semanales la adhesión a cada gesto o vocería, porque ello distrae de lo importante y de lo que sigue concitando una adhesión ciudadana: la expectativa profunda de que Chile vuelva a avanzar.
Y avanzar —en el verdadero (y no frívolo) sentido de “gobernar para adultos”— supone hacerse cargo de prioridades largamente postergadas. Seguridad y orden público como condiciones básicas de la vida en común. Crecimiento económico y empleo formal con reglas claras y estabilidad en el tiempo. Bienestar social que no promete lo imposible, pero tampoco renuncia a mejorar la calidad de vida de millones. Educación con estándares de excelencia, disciplina y apertura a la innovación, con una ciudadanía que es, por fin, capaz de ver y condenar la politización del aula. Un Estado responsable en lo fiscal, que reduce gastos innecesarios, donde la austeridad no es trivializada como abandono ni como minimalismo libertario, sino entendida como condición de sostenibilidad, una virtud compartida por gobiernos de distinto signo… hasta antes de la administración saliente.
En ese marco, y más allá de sus tropiezos iniciales, el nuevo gobierno ha delineado una orientación que recoge buena parte de esas demandas, y ahí es donde el foco debería estar. Insistir únicamente en los errores de instalación no solo empobrece el debate, sino que contribuye a un escepticismo que Chile no puede profundizar, considerando que lo que está en juego es la posibilidad de reencauzar un proyecto de país.
Esto exige un cambio en el eje de la discusión pública, pero sobre todo una nueva actitud del sistema político. Una oposición que, sin renunciar a sus convicciones, distinga entre crítica y caricatura. Y un oficialismo que entienda que su principal capital no está en la confrontación, sino en la responsabilidad de conducir esta oportunidad histórica. La invitación es simple, pero exigente: dejar de escuchar el ruido para enfocarse. Porque si incluso cuando el país comienza a recuperar el rumbo preferimos discutir el volumen, el problema ya no será solo del gobierno. Será, otra vez, nuestro. Y de nuestros hijos y nietos, por muchos años más.