Iván Poduje entró al Gabinete exigiendo, gritando, polemizando. Lo hizo con los vecinos y sus dirigentes, pero lo hizo también con el ministro Quiroz, el más poderoso de todos, al que trató como si se tratara de un ministro igual a cualquier otro. “Yo tengo un solo jefe, se llama José Antonio Kast”, dijo en Radio Infinita el 30 de abril, y lo cerró peor: “el ministro Quiroz es un ministro más entre muchos”.
La vicepresidenta de la UDI, María José Hoffmann, calificó la salida como “inadmisible, de una insolencia del porte de un buque”. No se asustó Poduje, no enmendó el posible error: dobló la apuesta. A los pocos días se peleó con los diputados socialistas y democratacristianos de una comisión parlamentaria en el Biobío, en una reunión nocturna en el Serviu que terminó a los gritos. “Fue como estar en Sin Filtros. Faltó el puro animador”, graficó el senador socialista Gastón Saavedra.
Si bien después de eso prometió mejorar las formas, pocos esperan que cambie su manera atropellada y denunciante de hacer gobierno… entre otras cosas porque ha sido exitosa. Es el ministro más conocido y apreciado del gabinete, es el ministro que de alguna manera parece llevar solo la llama de la esperanza redentora que se le chamuscó al gobierno. El único que lleva detrás de sí la energía insultante y combativa que aprendió en Sin Filtros, un programa de televisión transmitido por YouTube que es quizás el único partido, el único think tank, que sostiene al gobierno y al mismo tiempo el que más lo atormenta.
Asustados los republicanos, amurrado Chile Vamos, solo queda plenamente seguro de su estilo, de su sentido, de su profecía, el, llamémoslo así, Partido Sin Filtros. Esto a pesar del fracaso más o menos evidente de su representante Mara Sedini en la vocería, cuyas peripecias —el posteo viralizado declarando al Estado chileno “en quiebra”, el oficio de la Contraloría, el sumario administrativo, las imitaciones de Belén Mora en El Muro y de Stefan Kramer después— han transformado los puntos de prensa de La Moneda en un equivalente posmoderno de los Martes de Merino mezclado con Legalmente Rubia.

Lo primero que hay que saber del Partido Sin Filtros es justamente eso: que, al no ser un partido orgánico, al no tener una dirigencia, puede asumir como individuales los fracasos de sus panelistas y como comunes sus éxitos. Es una suma de estrellas que juegan en conjunto dándose pases, regalándose frases, alabándose entre ellos en las redes, porque su energía principal es la crítica radical a todos los demás.
Es más fácil definir a los panelistas de Sin Filtros por lo que no son, o por lo que dejaron de ser, que por lo que opinan.
Alemparte, que al parecer asesora a Mara Sedini, fue democratacristiano y bacheletista fanático, y hoy es todo lo contrario.
Mara fue cantante, presumiblemente progresista, pero ahora no canta y estamos viendo si habla. También cantaba Pablo Herrera, hasta aprender que era más fácil insultar sin partitura.
Andrés Jouannet, subsecretario de seguridad pública, también fue parlamentario democratacristiano y presidente de Amarillos, pero es cualquier cosa menos moderado.
Poduje fue laguista, tanto como para trabajar en su gobierno. El diputado Francisco Orrego es RN, pero está siempre a punto de ser Nacional Libertario, el partido de Johannes Kaiser, que pareciera estar en el centro del canon de Sin Filtros. Invitados al programa muchas veces, él y su hermano Axel, como representantes de la sensatez y el sentido común.
La primera característica de Sin Filtros, como programa de televisión y como forma de hacer y pensar la política, es su carácter quiltro y mercenario. En el panel de la derecha pueden haber votado todos por el No, o por Lagos, o incluso por la Bachelet del segundo gobierno. Eso no implica que sean moderados, ni que escondan su admiración hacia Kaiser, que tiende a ser el corazón del programa por su facultad de explicar en muy fácil todo lo complicado. De explicarlo todo como un robo, como una conspiración, como una burla de esa élite de izquierda caviar, ñuñoína, que es más o menos culpable de todo. Porque en el centro del proyecto, en su confesa obsesión, está el estallido y la convención: es decir, la sensación parcialmente verdadera de que la izquierda pudo hipotecar el país común por algo parecido a un sueño que ni siquiera soñó del todo.
La derecha tradicional, la conservadora, la del Opus Dei, les resulta tan risible y lejana como la izquierda. Sebastián “Cuchillo” Eyzaguirre, uno de los productores del espacio, pensó de joven que era progre bailar hasta muy tarde y hacer lo que se le daba la gana. Creció y aprendió a contar los pesos y se convirtió a la derecha muy, muy dura. La fe del converso anima su visión del mundo, eminentemente vengativa, pero nada tiene que ver ni con Longueira ni con Carlos Larraín.
Lo mismo se podría decir de Gonzalo Feito, el talentoso animador del espacio, y de Eugenio Figueroa, uno de los productores. Son de derecha, nadie lo duda, pero su renuncia al prestigio, a la austeridad, a la seriedad, los aleja de cualquier sombra de conservadurismo.
Sin Filtros, pensado en argentino por exalumnos de la productora Cuatro Cabezas, se presenta como un apasionante programa de debate. Pero en realidad resulta una junta de monólogos, de desplantes que luego se recortan en reels de Instagram o TikTok.
El panel de la izquierda no tiene casi ninguna posibilidad de sobrevivir. Con honrosas excepciones, está compuesto por los miembros más excéntricos y menos articulados de la izquierda más radical. A veces un miembro del exgobierno se asoma al panel, o un viejo de la Nueva Mayoría, pero muy luego salen espantados por el tono del debate.
El intento de ecuanimidad de Gonzalo Feito apenas alarga la muerte en directo del panelista de izquierda. Los insultos llueven no solo en el plató, sino en las redes sociales del aludido. Imposible, en mi caso, olvidar los ojos en fuego de Mara Sedini lanzados contra mí —invitado infrecuente al programa— en un tuit perfectamente redactado por ella en su cabeza perfectamente amoblada para ello. Brillante en ese arte —el de desarmar con su belleza y furia al enemigo— pero carente, ahora lo sabemos, de algún otro discurso que vaya más allá de la destrucción del otro.
La debilidad del Partido Sin Filtros, la razón por la que en general no le va demasiado bien en las elecciones si no lo auspicia un partido tradicional, reside quizás en esto: al poner frente a ellos muñecos de paja, al crear enemigos fáciles de rebatir y destruir, no están preparados para nadie que razone con cuidado, o para alguien que grite más fuerte. Es un programa para comentar incluso si no lo ves. Es un formidable creador de opinión, una manera rápida de hacerte conocido, pero no crea lealtad, no crea equipos, aunque sí una férrea complicidad entre los panelistas.
Es cosa de ver cómo Giovanni Calderón aplaude cada tartamudeo de Mara, y Alemparte consigue creer
que la instalación de este gobierno, que en cualquier otra circunstancia habría execrado, es totalmente perfecta. Hay esa lealtad de haber sido parte del panel, pero algo más: una intuición de que al gobierno le falta Sin Filtro, o le sobran filtros, burocracia, beatería y especialistas. Que le sobra temor a ser quien es, temor a situarse en esa derecha sin complejos. La derecha de Sin Filtros, además, no carga con ningún lastre del pasado.
Es ahí donde el Partido Sin Filtros tropieza con un obstáculo interno a la hora de ganar una hegemonía dentro del gobierno que no pueden dejar de desear. Tiene que lidiar con la convicción misionera de Kast y Pía Adriasola, con el fanatismo privatizador de Quiroz, con esa visión de que todos los problemas de Chile son los impuestos demasiado altos, mientras ellos piensan que son el estado de pereza, gula y lujuria en que nos dejó la nueva izquierda.
Es decir, la sospecha de que los gritos de Sin Filtros son apenas la antesala de un programa pastoral y económico que no necesita pantalla para existir y que, en su rigor, los excede. Poduje grita contra Quiroz porque sabe hasta qué punto el ministro de Hacienda no conoce, o desprecia, el Chile real que este especialista en calificar terrenos y territorios conoce mejor que nadie.
Poduje representa eso en un gobierno que ha perdido toda personalidad: la opción mileísta de hacer las cosas. No un mileísmo de fondo —no creo que el libertarismo sea su pasión—, sino un mileísmo de forma. Después de todo Milei nació de un programa muy parecido a Sin Filtros: Intratables, emitido por América TV, donde el desesperado economista que no tenía cómo alimentar a sus perros —los célebres mastines clonados con nombres de economistas: Milton, Murray, Robert y Lucas— era panelista habitual.
Es esa intuición, justamente, la que domina al Partido Sin Filtros: Chile, después de todo, solo queda a una cordillera de Argentina. Pero no se dan cuenta de lo grande e infranqueable que es esta cordillera.
En gran parte, Chile se ha construido no al lado de Argentina sino a sus espaldas. Somos completamente al revés de nuestros vecinos. Un iluminado como Milei aquí puede hacer gracias, pero da miedo. Dudo que hubiese conseguido ser algo más que ser concejal. Eso no significa que estemos libres de profetas y de frenéticos, pero estos deben respetar, como el propio Kast o Parisi, la cubierta de civilidad, la sensación de ser una gran familia que baña todos los actos políticos en Chile.
Gritar e insultar sirve para hacerse notar, pero cuando te notan demasiado sobreviene “el cahuín”, esa vieja costumbre mapuche que consiste en reunir a los caciques para destruir a punta de infundios y chismes al que se cree más importante que los demás. El Partido Sin Filtros no tiene que olvidar ese peligro. Y menos que nadie debe olvidarlo su mejor representante, el frenético ministro Poduje, que ha conseguido todas las luces para él. Pero con ello, una lista de acreedores esperando el primer error para caerle encima.
La fuerza con que resista a esas corrientes determinará su destino, no solo en el ministerio, sino en las grandes ligas de la política nacional a las que está, sin duda, destinado.