Gobernar no es un ejercicio académico; es hacer política. Y Patricia Bullrich, actual senadora y dos veces ministra de Seguridad en Argentina, lo sabe bien. En su reciente visita a nuestro país expuso una idea precisa sobre qué significa gobernar: valentía para enfrentar decisiones complejas y capacidad para explicarlas a los ciudadanos.
La frase que mejor resume su mirada resuena fuerte en el debate chileno actual: “En Argentina hoy la palabra ajuste significa transferencia del Estado a la sociedad. Todo peso que sale del Estado va a las personas”.
Detrás de esa frase hay mucho más que una redefinición semántica. Hay una batalla cultural por el significado de las cosas. Durante décadas, la palabra “ajuste” estuvo asociada al sacrificio, al recorte y a la pérdida. Era el lenguaje de las malas noticias. Bullrich sostiene haber redefinido el concepto: no como restricción, castigo o abandono, sino como ganancia, devolución y eficiencia. Y, a su juicio, no se trata de un engaño retórico, sino de una propuesta política clara: un Estado más eficiente, capaz de liberar recursos para sus ciudadanos.
Ese cambio importa porque el lenguaje nunca es neutral. Las palabras ordenan la realidad política: definen qué se percibe como amenaza y qué se entiende como esperanza. Cuando Bullrich habla de ajuste, no intenta suavizar una medida impopular: intenta convencer de que el costo tiene un propósito y de que el sacrificio puede traducirse en una mejora concreta para las personas, en un plazo razonable.
Ahí aparece una de las claves del fenómeno político argentino reciente: no se ofrece una fantasía ni se prometen soluciones instantáneas, sino una dirección. Hay una ciudadanía cansada que ya no busca discursos motivacionales, sino señales concretas de que el esfuerzo tiene sentido. Y cuando las personas empiezan a creer que, pese a las dificultades, el país camina hacia algo mejor, aparece un elemento decisivo: la esperanza.
“Los argentinos nos escuchan”, dice Bullrich, “porque no intentamos ocultar la dificultad del momento, pero tampoco renunciamos a ofrecer un horizonte”. Ese es, probablemente, el aprendizaje más importante. La política vuelve a ser persuasiva cuando transmite convicciones reales. Eso es lo que separa la propaganda de la credibilidad. Un liderazgo puede equivocarse, e incluso impulsar medidas impopulares, pero cuando comunica algo en lo que genuinamente cree y logra explicar con claridad hacia dónde conduce el camino, transmite coherencia. Y en tiempos de desconfianza, esa coherencia puede ser más poderosa que cualquier promesa fácil.
Chile enfrenta hoy un desafío similar. No basta con decir que una medida es “responsable” porque no hay plata, ni con presentar la austeridad como una obligación contable. Los ciudadanos no esperan discursos grandilocuentes, pero tampoco una explicación fría y administrativa del ajuste. Esperan honestidad, claridad y sentido.
Buscan líderes capaces de explicar qué está ocurriendo, cuáles son los costos y, sobre todo, por qué vale la pena asumirlos. Liderazgos que reconozcan las dificultades sin dramatizarlas, pero que también sean capaces de ofrecer un horizonte: una razón para creer que el esfuerzo conduce a algo mejor.