—¿Cómo estás? ¿Qué tal se viene tu día?
“Bien, me encanta estar hablando tan temprano contigo. Más rato tengo que ir al dentista, a terapia, a un par de radios y en unos días más parto a la Feria del Libro de Bogotá. Dicho esto, estoy agotado”.
—No has parado de promover Ushuaia.
“Sí, y ya no sé si tengo que hacer ciertas cosas. A veces me expongo demasiado. Pero bien, el libro está llamando la atención. Creo que no me pasaba desde Mala Onda. Harta madre y harto hijo están enganchando. Y eso es lo que me importa a estas alturas. La única exigencia de la literatura debería ser que te despierte algo, que te emocione, que te haga pensar en tu vida, en tus vínculos, ¿no?”.
—Has dicho que el libro nació de un viaje. Un último viaje que hiciste con tu mamá.
“Parece que con eso ya he dicho demasiado. Pero sí, hice un viaje con mi mamá a Puerto Natales, un viaje organizado por ella como despedida, cuando estaba enferma”.
—¿Y?
“Mira, lo único que aprendí fue que los libros o las películas no se parecen en nada a la realidad. O sea, no hay epifanías ni conversaciones tan profundas o preguntas pendientes. Las madres y las personas en general no cambian ante momentos claves y se pueden llevar secretos a la tumba. Así que con este libro me permití que sucedieran cosas que en la vida tal vez no se dieron”.
—Tú siempre has escrito desde el lugar de los hijos. O desde hijos con padres ausentes. Ushuaia es tu primer libro con una mujer-madre de protagonista. ¿Por qué este giro?
“¿Por qué no? La otra vez en una charla en el MUT conté que alguien se me había acercado y me había dicho: ¿Quién eres tú para andar escribiendo de mujeres? ¿Tú? ¿Sobre madres? Y yo le contesté: uno, como que soy humano; dos, soy gay, supongo. Soltero y después gay. Aunque yo no creo que necesariamente ser gay te conecte con tu feminidad, me parece que eso es como un cliché. Pero sí uno puede tener una conexión con mujeres, digamos, de otra forma, que no pase por el deseo. Por lo tanto, uno puede ver más y entender más. Y tercero: con haber sido hijo yo tengo suficiente experiencia como para hablar de madres, o ciertas madres, ¿no? Soy hijo. Sé lo que es tener una madre, ¿me explico?”.
—Ushuaia, sin embargo, no es una autobiografía tipo “todo sobre mi madre”.
“Leticia no es mi madre. Pero en el momento en que uno escribe sobre una madre, cualquier madre, sin querer uno conecta con la propia. Si mi mamá fuera distinta no existiría Leticia. Dicho esto, siempre digo que si hay un escritor en la familia es porque hay algún problema en esa familia. Por lo mismo ella no leía mis libros, no le gustaba que revelara cosas internas. Sí le gustaba que como escritor tuviera un nombre y saliera en la prensa, lo que es otra cosa”.
—Hay toda una literatura y un cine en contra del padre o sobre “matar al padre”. Con la madre parece un poco más ambivalente el asunto.
“Claro, suele reducirse al homenaje, al ramo de flores. Muy kitsch todo. O muy psycho. Entre Mami querida o Psicosis. Las madres no necesariamente te convierten en asesino, pero a veces se equivocan con los hijos. Yo siento, por ejemplo, que cuando viajamos de California a Chile, un verano, mi mamá me secuestró. Nunca nos dijo que su plan era quedarnos. Las consecuencias de eso las podemos discutir cuando termine la terapia”.
—Escribir también puede ser terapéutico. ¿Cuál fue tu goce como escritor al transferir la figura de la madre en el personaje de Leticia?
“Fue muy placentero el hecho de que Leticia no tuviera filtros, que hablara, que no midiera las palabras, que fuera mala leche, que fluyera. Y que fumara y tuviera mucho humor. Me di cuenta, al escribirla, de lo bien que lo ha pasado Almodóvar o Tennessee Williams creando personajes de mujeres dañadas. Con los padres tipo cuento de Carver el personaje a lo más dice ¿dónde está el pan? O sea, con Leticia, opinar sobre el bufé de Cancún ya eran cuatro páginas”.
—Algo muy tú, también.
(risas) “Sí, sí. Pero sobre todo me gusta la idea incorrecta de un personaje que no se preocupe de lo que dicen los demás o que ni siquiera se preocupe de lo que está escuchando el otro. El hijo en un momento le dice “mamá cállate” y ella continúa. Como si estuviera delirando o drogada”.
—Leticia toma harto y digamos que mamá y alcohol sigue siendo un gran tabú.
“Conozco quince mujeres locas, alcohólicas, con amantes, o lo que sea y que además son madres. Tal como los padres, son todo menos padres; son hombres, amantes, drogadictos, deportistas, políticos, ¿no? La publicidad de las farmacias o la misma Moneda actual, con su estilo familia Von Trapp, claramente no conectan con el Chile de mi libro, pero ese es su problema. Quizás por esto cada vez que veo gente que vive en una casa en familia me parece que son como gente curiosa. En la vida real, los hijos sufren, los padres no se sientan a la mesa, y las madres tienen un mundo oculto”.
—Y en la vida real un hijo nunca llega a conocer del todo a su madre…
“La otra vez un fan histórico mío, Pancho, me recordaba que Matías Vicuña tiene mamá y que ella le pone el gorro al marido. Entonces me acordé de que una vez conversando con mi hermana ella me contó cómo veía a mi mamá juntándose con un hombre casado, en el auto frente de la casa. Yo me daba cuenta de que mi mamá estaba saliendo con alguien, y que además de ser mi mamá, era mujer. Es un recuerdo que tengo de ella como mamá deseante. Pero en esa época, en los 70, tenía muy claro que uno podía hacer cualquier cosa menos ser gay y dos, puta, ¿o no? Mejor dicho, ¡adúltera! La mamá tenía que lavar los platos y ser víctima de abandono”.
—¿Hay alguna película madre-hijo que se te venga a la cabeza cuando piensas en Ushuaia?
“Claramente no es Mi pobre angelito. Tampoco Todo sobre mi madre, que me parece que no es una película sobre la madre, salvo los minutos en que aparece el hijo gay leyendo a Capote o escribiendo. Una de los que más me gusta de padre-hija es After Sun, con Paul Mescal muy dañado. Creo que hay una sola película que realmente me ha afectado y que me interesa. De hecho, la vi con mi mamá la primera vez y la vuelvo a ver de vez en cuando y está en mi inconsciente. Gente como uno, de Robert Redford. Del 80. ¿Recuerdas la escena de la foto?”.
—Algo, Donald Sutherland, Timothy Hutton y su madre en una casa en el lago…
“Esta escena aparece nombrada, creo, en Por favor rebobinar. Dos hermanos. Uno se muere en un accidente. El otro siente culpa e intenta matarse. Hay una cena familiar, todo muy fino. Y en un momento están todos posando y de repente el padre decide tomarle una foto a la madre con el hijo que sobrevivió. Y hay poca luz o hay que cambiar el rollo y él se empieza a demorar. Y la mamá se desespera… ¿por qué la mamá quiere tomarse una foto con un hijo que no quiere? La he analizado mil veces”.
—En tu libro ocurre algo similar. A pesar de que Leticia y Bruno conversan mucho y tienen una relación horizontal, no conectan realmente. Ella como madre, al menos, no logra salvarlo.
“Bueno, yo creo que cuando hay temas más peludos, como la homosexualidad por ejemplo, o los lazos de ¿cuál sería la palabra? de soledad o de necesidad, se calla. Ella no es capaz de enfrentar esos temas directamente con el hijo. Tampoco es capaz de contarle su rollo. O sea, decirle vine a Chile al Festival de Viña y fui violada por la DINA y tú eres hijo de eso. Bruno está cagado por mil motivos. Viene de un lugar oscuro. Abortarlo sería lo lógico. Pero ella se enreda y no lo hace. Y él se vuelve un chico sensible, dañado, que termina como termina. Y claro, no sé si realmente ella lo ve”.
—Cuando Bruno le pregunta si tiene papá, ella le dice que da lo mismo, que “conmigo es suficiente”.
“En teoría, es bueno pensar ‘no necesito a tu padre, no vale nada’. Pero para el pobre cabro quizás es distinto, ¿no? ¿Qué siente el hijo? De ahí viene un poco la génesis del libro. Hay cientos de lectores míos, un montón de chicos que yo conozco, que no tienen padre. Y tengo amigas, colegas, no sé, que viven solas con sus hijos. Y en algunos casos, cómo decirlo, es como el gran secreto no contado: cuando no hay un papá, el hijo hombre hace como de marido”.
—No quiero sonar a mamá conservadora, pero los hijos hombres parecen necesitar no uno sino varios padres o figuras paternas.
“Hay una especie de impudicia en Chile de minimizar al padre y a los hombres. Eso es interesante. En mi mundo, en mi esfera, lo que yo veo son mujeres muy Bachelet, empoderadas, en el sentido de que ‘no necesito que un hombre toque a mi puerta para sobrevivir, me la puedo sola’. Entiendo que probablemente es verdad que la sociedad es patriarcal, pero en realidad la chilena es muy matriarcal”.
—¿Existe una literatura matriarcal?
“Claro, Sonia Montecinos y su libro Madres y Huachos. No sé, pero una cosa que me he dado cuenta a través de entrevistas y conversaciones como esta es que las mujeres, por pudor, quizás por feminismo o corrección política, no están escribiendo sobre mujeres más complejas o con tanta falla como Leticia. El retrato de las madres-mujeres en las historias ha pasado de Tamara Acosta lavando los platos en la serie de Los 80s al de la superwoman tipo Fran García Huidobro. Leticia, como tú quizás, no es Irina Karamanos, porque Irina tomó la decisión de nunca tener hijos y sí tener gatos, no es la primera dama actual que tuvo nueve hijos. Leticia representa a alguien que está como entremedio; sabe que la maternidad no lo es todo, o sea, que se puede existir sin tener hijos, y sin embargo lo tuvo”.
—Cada libro te cambia de alguna manera. En qué momento de tu vida como escritor te encuentra Ushuaia.
Con el tiempo me he dado cuenta de que las cosas que dijeron de mí fueron tan atroces que hoy, no sé, serían violencia de género. Al escribir de Leticia me he vuelto como feminista. Antes yo daba la agresión como normalizada, sentía que me lo merecía. Hoy ya no lo acepto. Hoy puedo decir abiertamente que el bullying que sufrí con Mala Onda fue súper violento, de mal gusto, cringe. Mis alumnos están en shock y me dicen que debería haberlos demandado a todos.
—¿Visto con la distancia de los años, por qué crees que te odiaron tanto?
“Por las razones equivocadas: yo crecí en Encino, que es lo más parecido a Maipú. Mi papa era obrero, limpiaba aviones en L.A, repartía pan. En el mundo al que pertenecí eso era raro y ya no lo es. Nunca fui parte como del club, nunca fui a un colegio tan bueno, entonces no, nunca tuve acceso a esas redes. Sí las observaba. Hasta hoy no tengo casa afuera de Santiago, no soy católico, nunca he ido a Zapallar, salvo al cementerio a ver a Donoso, no como en casas de ministros, como diría Bolaño. Dicho eso, obviamente hay alguna gente que probablemente no está de acuerdo con lo que yo hago. Y está bien. Pero la buena noticia es que ya nada de eso me importa”.
“Los libros o las películas no se parecen en nada a la realidad. O sea, no hay epifanías ni conversaciones tan profundas o preguntas pendientes. Las madres y las personas en general no cambian ante momentos claves y se pueden llevar secretos a la tumba. Así que con este libro me permití que sucedieran cosas que en la vida tal vez no se dieron.