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Juan Gabriel Valdés: confidencias de un ciudadano del mundo

“Tengo una memoria implacable y siempre me dicen que soy bueno para contar historias”, asegura el exembajador y canciller. Pronto a cumplir 79 años, Juan Gabriel Valdés está aprovechando esas habilidades para escribir sus memorias. Ahí se cruzan un tío en camino a ser santo y un padre que soñó con ser presidente. Aparecen también el azar que lo salvó de ser asesinado por la DINA, la misión de lograr que Augusto Pinochet fuera liberado en Londres luego de haber celebrado su detención, y la compleja tarea de decirle que no a un Estados Unidos listo para partir a la guerra.

Si tuviéramos que elegir a un personaje que encarne el ADN de la Concertación, ese sería Juan Gabriel Valdés Soublette. Como muchos de sus amigos, partió militando en la Democracia Cristiana, quebró con la falange a fines de los sesenta y más tarde se sumó al Partido Socialista. También cumplió un rol clave en la franja del No en el plebiscito de 1988. Con la llegada de la democracia, fue nombrado embajador en España por Patricio Aylwin; luego en las Naciones Unidas y en Argentina por Ricardo Lagos; y después en Estados Unidos por Michelle Bachelet. Con el arribo del Frente Amplio a La Moneda, lo lógico hubiera sido que Valdés colgará su traje de embajador. Pero no: en 2022 volvió a la capital norteamericana enviado esta vez por Gabriel Boric. Así, fue una de las pocas figuras del socialismo democrático en ocupar un cargo relevante desde el comienzo de ese gobierno.

Valdés había conocido a Boric cuando este era diputado: durante la pandemia, ambos habían participados en unos debates por Zoom sobre política que organizaba el exsenador Carlos Ominami. Además, como director de Asuntos Institucionales de la Universidad de Chile, nombrado por el entonces rector Ennio Vivaldi, se había hecho amigo de Simón Boric, jefe de prensa de la universidad. “En mi cercanía con el expresidente influyó el que ante el estallido social y el surgimiento del Frente Amplio yo tuviera una reacción diferente del de la mayoría de mis amigos políticos. Cuando me decían que estaban indignados por las cosas que decían estos ‘niñitos’, yo les contestaba qué por qué me iba a enfurecer si mis hijos me decían lo mismo en mi casa”.

Para él, la frase no son 30 pesos sino que 30 años era una “estupidez sin nombre”, pero calmaba a sus pares argumentando que “con el tiempo y la experiencia estos jóvenes aprenderán sobre las complejidades de gobernar. Es como si a nosotros nos hubieran dicho que no éramos confiables porque en la Unidad Popular varios —no yo— tuvieron entrenamiento militar y querían hacer una revolución a la cubana. En comparación, la nueva generación era mucho más moderada”.

Una muestra de su relación estrecha con Boric —”somos amigos”, dice abiertamente Valdés— era la libertad que tenía para discrepar con algunas de sus decisiones. “Yo lo entiendo, es joven, pero a veces hizo cosas que, para un diplomático viejo como yo, resultaban sorprendentes o, por lo menos, inesperadas”. Un ejemplo de esto sucedió en 2022, luego de que el entonces presidente se rehusara a recibir en La Moneda al embajador de Israel, Gil Artzyeli. Este polémico gesto fue una muestra del rechazo presidencial por un bombardeo del ejército israelí en Gaza, en que había niños involucrados.

Días después del incidente, Boric estuvo con Valdés en Nueva York durante la Asamblea General de las Naciones Unidas. Apenas lo vio, le preguntó: “Me equivoqué, ¿cierto?”. “Absolutamente”, le respondió el diplomático. “Sí, fue un error”, reconoció finalmente el mandatario.

Varios de los hitos en la vida de Valdés han sucedido entre la capital de Estados Unidos y Nueva York. Luego del golpe militar y de terminar sus estudios de doctorado en la Universidad de Princeton, el entonces joven cientista político se instaló en Washington DC como brazo derecho de Orlando Letelier, quien había sido canciller y ministro del Interior de Salvador Allende y que, luego de estar detenido en isla Dawson, había llegado como exiliado a la capital norteamericana. Tal como todos los días, el 21 de septiembre de 1976 Letelier debía pasar a buscar a Valdés para irse juntos al Institute for Policy Studies, donde ambos trabajaban. Sin embargo, esa mañana la señora de Juan Gabriel le pidió que se quedará cuidando a los niños, mientras ella iba al supermercado.

Valdés estaba trabajando en su casa cuando lo llamó la secretaría de Letelier contándole que el excanciller había sufrido un grave accidente de tránsito. Pensando que su jefe había chocado, empezó a llamar a sus colegas para saber más, hasta que alguien le dio la noticia: una bomba había hecho volar el auto de Letelier, muriendo él y su ayudante, Ronni Moffitt.

De inmediato partió en taxi al hospital donde habían sido llevados ambos. Sin imaginarse quién era su pasajero, durante el trayecto el taxista le relató los macabros detalles del crimen perpetrado por agentes de la DINA. “La explosión fue tan fuerte que uno de los pies de los que iban en el auto cayó en el techo de la embajada de Rumania”, le contó. La bomba había estallado mientras iban por la avenida donde están la mayoría de las representaciones diplomáticas.

“Fue un shock para todos y una tremenda sensación de inseguridad. Se suponía que esas cosas no pasaban en Estados Unidos”, confiesa a semanas de cumplirse cinco décadas del atentando.

El diplomático reconoce haber sentido culpa: “el que debería haber estado en ese auto era yo y no Ronni Moffitt. Muchas veces le advertí a Orlando que personas sospechosas y autos con los vidrios oscuros nos seguían, pero él no le deba importancia, estaba convencido de que nada podía sucederle en Washington”.

La Relación con Pinochet

Cuando casi 40 años después se convirtió en embajador ante la Casa Blanca, Valdés diariamente veía el lugar en el que había muerto su amigo. A 200 metros de la residencia oficial del embajador está la pequeña rotonda Sheridan Circle, donde explotó la bomba fatal.

En octubre de 1998, cuando Juan Gabriel Valdés se enteró de la detención de Augusto Pinochet en Londres, se abrazó de alegría con sus compañeros de la Dirección de Relaciones Internacionales de la Cancillería, que en esa época él dirigía. Menos de un año después, pasaría a la vereda opuesta: fue nombrado ministro de Relaciones Exteriores por Eduardo Frei Ruiz Tagle, en reemplazo de su amigo José Miguel Insulza. Cuando este le contó de la designación, Valdés en un principio no quiso. Su deseo era llegar a ese puesto en un futuro gobierno de Ricardo Lagos. “Esta es una oportunidad única para ti”, trató de convencerlo Insulza. “¿Pero te das cuenta de que voy a quedar enchufado con Pinochet?”, le replicó Valdés. Finalmente, aceptó.

Las críticas surgidas en su propio partido le afectaron especialmente. “Me dolieron las expresiones muy duras de amigas como Isabel Allende y Fanny Pollarolo, así como la condena de Tencha Allende. Fue muy chocante porque era gente que yo quería mucho. Aunque también recuerdo el apoyo del entonces diputado Sergio Aguiló, del sector más de izquierda del PS”. Sus hijos también lo miraban con horror.

Ante las críticas, su respuesta era sencilla: “Explíquenme cuál es la alternativa a la vuelta de Pinochet a Chile. Si moría en Inglaterra o en España, aquí se transformaría en un héroe y estaríamos llenos de estatuas suyas. Si pasa un tiempo preso y retorna, la política va a girar en torno a él, y estará constantemente insultando y tratando de influir”.

Reconoce que fueron momentos tensos y de incomprensión, pero no se arrepiente. “Volvería a hacer exactamente lo mismo”, asegura categórico.

Después de la vuelta del exdictador a Chile, solo una vez el entonces canciller se topó con él. “Una vez yo iba caminando por un pasillo del Senado y Pinochet venía en silla de ruedas, empujado por alguien. Esa persona le dijo algo al oído, pero yo me di vuelta y partí en sentido contrario. No quería saludarlo y nunca lo hice, la verdad es que me producía un cierto rechazo encontrarme con él”.

El rechazo a la Guerra de Irak

En 2003, Valdés estuvo en el centro de una decisión política y militar clave con repercusiones internacionales. Ese año, a Chile le tocó integrar como miembro no permanente el Consejo de Seguridad del organismo, el que debía decidir si apoyaba la invasión de Estados Unidos a Irak. La Casa Blanca de George W. Bush afirmaba que el gobierno de Saddam Hussein fabricaba armas de destrucción masiva. En ese contexto, el voto chileno era importante, pero Valdés, entonces embajador en la ONU, estaba entre quienes argumentaban que no existían pruebas que justificaran el ataque. Pensaba que los norteamericanos “inventaban unos cuentos increíbles”. Sin embargo, en el gobierno chileno no todos coincidían con él.

“En la Cancillería me criticaban diciendo que yo era un rock ambassador. Es decir, un embajador que se había ‘soltado completamente las trenzas’ y que estaba en una aventura personal. No sabían que yo hablaba todos los días con el presidente Ricardo Lagos y que él me creía”. Recuerda que cuando viajó a Santiago a participar en el Consejo de Política Exterior, personajes como Alejandro Foxley y Edgardo Boeninger se oponían al rechazo. “Boeninger me dijo: ¿Para qué? ¿Por qué? ¿Estamos a punto de firmar un tratado de libre comercio con Estados Unidos y vamos a oponernos?“.

Por su parte, Lagos le pedía argumentos para estar en contra. Y le encomendó la tarea de encontrar una razón sólida que le permitiera a Chile pedir que la decisión sobre el ataque se pospusiera seis meses. Con ese objetivo, el entonces presidente conversó durante más de una hora con un inspector sueco que había estado en Irak.

Convencido de que esa era la mejor opción, Lagos le propuso a George W. Bush retrasar la acción militar. Como el presidente norteamericano no aceptó, Valdés tuvo luz verde para votar en contra. Pese al rechazo del Consejo de Seguridad, Estados Unidos de todas maneras invadió Irak.

Pero, asegura, ahí no terminó su gallito con la Cancillería. “Me frustré mucho cuando a los pocos días empecé a recibir instrucciones de que evitara cualquier discusión con Estados Unidos, sin importar lo que dijera o hiciera ese país. Esa cuestión no iba conmigo. Después de todo lo que habíamos argumentado, ¿cómo ahora íbamos a apoyar las brutalidades que se decían para justificar el ataque?”.

Incómodo en su rol en la ONU, Valdés pidió partir a la embajada en Buenos Aires. Ese fue su nuevo destino.

No había quedado satisfecho con su salida del organismo internacional, pero al dejar su puesto como embajador le había dicho al entonces secretario general de la ONU, Kofi Annan, que contara con él para futuras misiones. Así, una noche de mediados de 2004 cuando volvía del cine con su hija, el portero de la residencia oficial donde vivía como embajador en Argentina le dijo que lo había llamado “un señor Kofi”. De inmediato supo que era para hacerse cargo de la misión de las Naciones Unidas en Haití, tal como se lo confirmó al día siguiente el secretario general. El diplomático le pidió 24 horas para responder, primero quería hablar con su señora. Ante lo que Annan agregó: “a propósito, esto es sin esposa, la situación es de mucho peligro”. Pese a todas las dificultades que implicaba el cargo, no dudó en aceptar.

“Esa ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida profesional. Es un país único, que amas u odias. No hay más alternativas”.

Viviendo en Haití

Cuenta que siempre le había interesado la historia de la nación más pobre del continente. “Su originalidad es dramática. Tiene una belleza interior muy limpia, al mismo tiempo que es una tragedia. Hablar con los haitianos es impresionante”.

Y se lanza con una mezcla de fascinación, admiración y frustración: “Haití tiene una especie de fuerza que no sé cómo explicar, pero que te conquista de una manera tremenda. Ahí uno se siente viviendo la historia: es un país que siempre ha estado completamente aislado, una nación africana metida en América Latina”.

Dos años —hasta 2006— estuvo como máximo representante de la ONU, en un ambiente de “cuasi guerra civil” y varias veces recibió disparos. “Lo más complicado fue una noche en la que fuimos a buscar a la cárcel a un prominente político que estaba en huelga de hambre. Llegando, nos empezaron a disparar por ambos lados. Pese a que iba en un auto blindado de las Naciones Unidas, uno siempre siente miedo. Ahí supe que la expresión lluvia de plomo puede ser real”.

Luego del terremoto de 2010, la situación haitiana empeoró aún más. Por eso, propone una solución drástica: “la única salida es que representantes de un conjunto de países con el financiamiento necesario se ocupe por completo del Estado. Que sea un protectorado de la ONU. La corrupción es tal profunda, que no creo que exista otra alternativa”.

Lazos de sangre

En el árbol familiar de los Valdés Soublette hay artistas de vanguardia, intelectuales progresistas, parlamentarios y ministros de todos los sectores políticos, y destacados sacerdotes. Habitualmente, rodeados de grandes fortunas. “Mi familia tenía un sentimiento de elite y una vinculación a la cultura europea muy fuerte”. De hecho, él aprendió a leer y a escribir primero en francés que en español.

Su niñez estuvo marcada por su abuela paterna, Blanca Subercaseaux Errázuriz, la que pese a su origen aristocrático y a ser una ferviente católica, era de izquierda y muy amiga de Gabriela Mistral. Siendo niño, con ella se iba los veranos a Osorno a pasar un mes con su tío Francisco Valdés, obispo de la zona. Hoy, el misionero capuchino se encuentra en proceso de beatificación. “Parecía un personaje sacado de la Edad Media y nos subíamos a su moto a recorrer las poblaciones, él con su larga barba al viento”, recuerda.

Pero quien sin duda más lo marcó fue su padre Gabriel Valdés, ministro de Relaciones Exteriores de Eduardo Frei Montalva, uno de los principales líderes de la oposición a la dictadura y el primer presidente del Senado post Pinochet. “Nuestra complicidad era total. Durante 15 años hablamos todas las noches por teléfono”.

Reconoce que el único momento en que tuvieron una pelea seria fue en 1969, cuando Juan Gabriel, en esa época dirigente estudiantil en la Universidad Católica y muy crítico del gobierno del que su padre era canciller, decidió seguir los pasos de muchos de su generación: dejar a la Democracia Cristiana para fundar el MAPU. A tal nivel llegó la disputa, que el joven se fue a vivir con su abuelo Soublette. “Mi papá —que había sido uno de los fundadores del partido— me escribió una carta como de seis páginas, explicándome el dolor que sentía por mi renuncia. Me decía que la DC ya no la formaban solo los militantes, sino que también familias, como la nuestra. Sin embargo, él agregó una frase que, leída hoy, suena muy significativa: debo reconocer que si yo fuera de tu generación, a lo mejor habría hecho lo mismo”.

Juan Gabriel Valdés está en pleno proceso de instalación en Santiago luego de cuatro años en Washington. Reconoce que en la capital norteamericana solo vio un par de veces a Donald Trump, nunca en forma privada. “La única manera de que te recibiera era que fueras muy rico o jugaras golf. Y que viajaras a verlo a Mar-a-Lago y, obviamente, a mí no me invitaron. Veamos si ahora al nuevo embajador lo convidan. Seguramente sí”, dispara con ironía.

Al dejar la representación diplomática, recibió un gesto que lo sorprendió y emocionó: una carta de despedida del expresidente Joe Biden. “No creo que otro embajador haya recibido una carta personal de un presidente”, afirma con orgullo.

Junto a otros ex cancilleres, hoy Valdés forma parte de un comité que entrega ideas y busca conseguir apoyos para la candidatura de Michelle Bachelet a la Secretaría General de las Naciones Unidas. Y es optimista: “Creo que la expresidenta tiene una ventaja clarísima en la Asamblea General, que es donde primero se vota, y es difícil que el Consejo Permanente revierta con un veto una votación que logró una mayoría amplia. Hasta ahora, no ha existido ninguna evidencia pública de que Estados Unidos esté en contra de Bachelet”. Sin embargo, reconoce que el subsecretario de Estado Christopher Landau ni siquiera les respondió cuando pidieron juntarse con él.

Agrega que es difícil vaticinar la posición de ese país. “No existe una posición consistente ni única. Trump no tiene idea del tema ni ha dado una instrucción”.

Además, agrega con sarcasmo: “Washington es la capital de la realidad paralela y hoy la Casa Blanca actúa como si existiera una monarquía. Kim Jong-un nos hace reír a todos, pero Trump no está muy lejos”.

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