Secciones
Política

Julio Isamit: “Seguimos muy lejos de una educación de calidad”

El exministro de Bienes Nacionales y actual académico de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la Universidad San Sebastián analiza, con la perspectiva que dan los años, lo que fue la llamada Revolución Pingüina, que puso en aprietos al primer gobierno de Michelle Bachelet y donde él fue una de las figuras centrales. A partir de eso enjuicia el estado de la educación pública y reconoce que ve con ojos positivos el quehacer del actual gobierno.

No es raro que paren a Julio Isamit en la calle. Aunque en años recientes haya sido ministro de Bienes Nacionales y hoy tenga un programa diario en radio Agricultura, la gente lo sigue recordando más por haber sido uno de los principales dirigentes estudiantiles de la Revolución Pingüina de 2006, el primer movimiento importante de secundarios desde el regreso de la democracia y que por varios meses puso en aprietos al recién asumido gobierno de Michelle Bachelet.

Isamit es elocuente a la hora de hablar. No trepida en enfatizar sus palabras ni deja espacio para dudas. Máster en Políticas Públicas de la Universidad de Chicago, abogado de la PUC, profesor de Derecho Constitucional y director de contenidos del Instituto Res Pública, es autor de varias publicaciones centradas en educación. Desde ahí pone el énfasis respecto de la formación que tienen sus propios estudiantes de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la Universidad San Sebastián. “Para educar a los jóvenes tienes que compatibilizar los desafíos pendientes del siglo XX con los nuevos del siglo XXI. Cuando uno piensa en el siglo XX aparece la importancia de que las personas lean y comprendan lo que leen, pero hoy la universidad también tiene que decidir cómo preparamos a profesionales que van a enfrentar un mercado laboral cambiante. Por tanto, el desafío no es solo formar en contenido duro, en conocimiento, sino también en habilidades para sobrevivir, adaptarse, perfeccionarse y, por último, en la formación del carácter”.

En plena discusión sobre la necesidad de volver a situar el mérito como un pilar en la educación, el académico sostiene que Chile pasó de tener una cultura que reconocía el valor del esfuerzo y el trabajo a un cuestionamiento permanente de instituciones que se consideraban asentadas. “Las familias de clase media y las más vulnerables siempre vieron en la educación el gran motor de movilidad social de este país. Y para que ese motor funcione se requiere un elemento central: que el mérito, el trabajo y el esfuerzo de los estudiantes tengan su justa recompensa. Esa idea, muy asentada por veinte o treinta años, se puso totalmente en cuestión, particularmente a propósito del segundo gobierno de la presidenta Michelle Bachelet y del surgimiento de lo que sería el Frente Amplio. Se llegó a cuestionar el mérito a tal nivel que liceos emblemáticos como el Instituto Nacional, donde yo tuve la suerte de estudiar, tuvieron que explicar su razón de existir”.

—¿Todavía hay margen para recuperarlo?

“Mi relación con el Instituto Nacional es muy compleja, porque he pasado por casi todas las etapas de lo que en psicología se llama el duelo. Cuando yo postulé, el año 2000, lo hicimos más de 5.000 jóvenes de todo Santiago para 700 cupos. El último año, en cambio, el Instituto Nacional ni siquiera llenó sus vacantes. Y eso que ahora es mixto, lo que lo hace aún más grave: antes, con un universo solo de hombres, se quedaban afuera más de 4.000 postulantes; hoy, con un universo de hombres y mujeres, no es capaz de llenar sus cupos. Por eso hablo de duelo: a veces hay dolor, otras ira, especialmente contra quienes lo han destruido, pero también contra los cómplices pasivos, contra las autoridades que permitieron su deterioro. Esa rabia, esa frustración, genera también a veces distancia y desgano. Es un largo caminar entre una y otra actitud, pero muchos exalumnos estamos convencidos de la importancia de recuperar los liceos emblemáticos y de valorar otros modelos equivalentes que han sido un gran éxito, como los liceos bicentenario”.

—Se cumplieron este año dos décadas desde la llamada “Revolución Pingüina”, en la que usted fue uno de los protagonistas principales. Mirando hacia atrás, ¿cómo evalúa el legado de aquel movimiento, antecesor de lo que sería el movimiento universitario del 2011?

“Mi mirada sobre el 2006 es agridulce. Lo dulce: valoro el compromiso público de una generación joven que empezó a preocuparse de los temas del país. Veníamos de una generación cuyo resumen ejecutivo era el lema del Chino Ríos, no estoy ni ahí, y pasamos a una generación muy preocupada de los temas del país. Valoro mucho que desde el 2006 la educación sea una de las principales prioridades de los chilenos, que no nos hayamos conformado con una muy buena cobertura —que es un orgullo nacional— sino que también hayamos puesto la calidad en el centro de la discusión. Pero también está lo amargo: me duele mucho ver que, veinte años después, seguimos tan distantes de nuestro sueño de una educación de calidad que no dependa del lugar donde naciste, del colegio al que fuiste o de la familia que te crio. Por desgracia, la política pública chilena ha estado, como diría un grupo de música, con la “moral distraída”: se ha preocupado más de poner fin al lucro, a la selección y al copago en los colegios particulares subvencionados que de la realidad de los colegios estatales y municipales, hoy administrados por los SLEP. Nos hemos quedado en un tema administrativo —quién es el dueño de la infraestructura, quién se queda con la utilidad—, pero no hemos puesto en el centro del debate la calidad educacional y especialmente lo que pasa en la sala de clases. La guinda de la torta es, como decíamos recién, cómo se han destruido los liceos emblemáticos en los últimos años. Porque no es solo el Instituto Nacional. Tienes al INBA, al Liceo 1, al Liceo 7, al Carmela Carvajal. Ninguno está hoy entre los cien mejores colegios del país”.

—Durante la Revolución Pingüina usted era parte de la derecha, pero también había dirigentes de izquierda con quienes mantiene hasta hoy una muy buena relación, como César Valenzuela y Karina Delfino. Actualmente, entre los dirigentes estudiantiles no se ve esa misma amplitud…

“No existe el mismo espacio de acuerdo y colaboración que nosotros logramos en 2006. Uno de los grandes méritos de ese movimiento estudiantil es que había dirigentes de extrema izquierda, dirigentes de lo que hoy sería el socialismo democrático, y dirigentes de centroderecha. Y el país valoró como algo positivo que estuviéramos luchando bajo un mismo petitorio. Por desgracia, hoy estamos muy distantes de eso. He conversado mucho con dirigentes estudiantiles actuales y no veo ningún espacio de colaboración entre la izquierda y la derecha en las universidades; muy por el contrario, veo un ambiente incluso más deteriorado que la política nacional. Las funas, las cancelaciones y las acusaciones falsas, por desgracia, se han vuelto habituales en el escenario político universitario. Me preocupa, porque es un deterioro de la amistad cívica. Las peores prácticas de la política poco a poco nos han ido permeando”.

—Dirigentes secundarios han convocado a varias movilizaciones y tomas de liceos emblemáticos en el último tiempo y en las marchas convocadas se cita un supuesto retroceso de los derechos sociales. ¿Qué lectura política hace de esta situación?

“Mi lectura es que estamos en presencia de grupos estudiantiles que, más que representar una agenda educacional, buscan representar una agenda política. Si me preguntas a mí, uno de los desafíos de la representación estudiantil es representar genuinamente a los compañeros, y no a intereses partidarios, o al menos intereses distantes de la realidad educacional. Que mejor ejemplo de esto es que, mientras Boric fue presidente, los mismos centros de alumnos no se movilizaron ni un solo día ni acusaron un retroceso en los derechos sociales. Bastó que ganara alguien de signo político distinto para que de inmediato se reactivaran las tomas y las movilizaciones. Ese es un buen ejemplo de la instrumentalización a la que muchas veces pueden estar sujetas estas causas. Cuando alguien dice que están retrocediendo los derechos sociales, valdría la pena que explicitara dónde y en qué. Si los estudiantes quieren contribuir de la manera en que nosotros lo hicimos, es con información veraz, con criterio, con argumentos, no con cuñas plagadas de lugares comunes”.

Disfrutando lo votado

—Ya han pasado casi cerca de seis meses de gobierno. ¿Cuál es el balance que hace hasta ahora?

“El gobierno que tuvo un inicio bastante complejo y difícil. Hay varios elementos que lo explican. Por un lado, un cambio de mando entre administraciones muy distintas. No es lo mismo pasar de un gobierno de Piñera a uno de Kast que pasar de Boric a Kast. Lo digo porque hubo una serie de informaciones que no fueron confiables: no se entregó información completa, veraz ni oportuna. Bien lo sabe el ministro de Hacienda, que se enteró de que la situación fiscal era mucho más mala de lo informado en enero. Hizo un plan con cierta información, y en marzo descubrió que esa información era mucho más compleja. No quiero excusar ni justificar todo lo tortuoso de los primeros meses, hubo un par de nombramientos poco adecuados, pero este es un barco que va navegando en la dirección correcta.

¿Hubo ruido en la sala de máquinas? Sí, y felizmente se corrigió. Si uno mira las políticas públicas, la tendencia va en la línea correcta: en lo económico, poniendo el foco en las personas y sus iniciativas, con mayor competitividad tributaria, facilitándole la vida a los emprendedores, sin un Estado excesivamente burocrático. Y en seguridad es un acierto entenderla como un derecho de las personas que habilita el ejercicio de la libertad. Hemos tenido cinco meses en que nadie creía que se pudiese aprobarse todo lo que se ha aprobado en el Congreso, con una discusión ideológica mucho más a la derecha de lo que hemos tenido en Chile en los últimos veinte años”.

—A pocos días del cambio de gobierno, en EL DÍNAMO se publicó una entrevista suya en la que decía que el gran riesgo de Kast era abandonar a su propia base. ¿Ha logrado sostenerla?

“Esas palabras tenían que ver con lo que, para mí, fue uno de los grandes errores que cometimos en la segunda administración del presidente Piñera, donde mucha gente de derecha dejó de apoyar al gobierno. En ese momento de crisis, no solo parte importante del electorado abandonó al gobierno, sino también algunos parlamentarios, ministros y funcionarios que no fueron particularmente leales. Visto esto, mi gran advertencia al presidente Kast era que había que cuidar a los propios, y me parece que así lo ha hecho. A cinco meses del inicio del gobierno, mucha gente puede decir que está disfrutando lo votado con tranquilidad”.

—También estaba la duda de cuánto podía durar la unión entre Chile Vamos y Republicanos…

“El presidente ha sido capaz de articular, bajo estos dos grandes proyectos —reconstrucción económica nacional y agenda contra el crimen y el terrorismo— una coalición mucho más amplia que la sola suma de Chile Vamos y republicanos. Hoy los grupos políticos que apoyan al gobierno en el Congreso van desde esos dos grupos a Libertarios y una parte importante del Partido de la Gente. El presidente ha sido capaz de mantener vivas a las fuerzas políticas que representan al 62% del Rechazo. Ahora, las convivencias son difíciles, por supuesto: son personas que han competido mucho tiempo por los mismos cargos y espacios. Pero tengo grandes expectativas en lo que se está haciendo en el gobierno, y que contribuye a ir armando una coalición más profunda”.

—¿Le ha faltado fuerza al gobierno para instalar temas, para “poner la música”?

“Más que fuerza para instalar temas, el gobierno hizo una apuesta riesgosa: optar por un diseño y un equipo que no está marcado por personas con gran experiencia o muchas redes políticas, eso es verdad. Es la misma tentación que han tenido todos los presidentes de centroderecha: el presidente Piñera hizo lo mismo al inicio de su primer y segundo periodo, y luego se van ajustando. Si te fijas, ¿quiénes son hoy los grandes motores del gobierno? Los ministros políticos: pienso en Claudio Alvarado, que ya no es solo ministro del Interior; en José García Ruminot, en el ministerio Segpres; y, por qué no decirlo, en Martín Arrau, ministro de Seguridad. Son las dos o tres personas que llevan la agenda del gobierno, junto con el no-político, que sería Jorge Quiroz. El resto de los ministros todavía tiene el desafío pendiente de levantar temas, hacer banderas de largo plazo, articular grupos distintos en una agenda común. Hay mucho trabajo pendiente, pero es parte del diseño: el presidente ha decidido darle una oportunidad a ese diseño y habrá que juzgarlo por sus resultados”.

—¿Cómo ve la falta de un vocero exclusivo?

“Claudio Alvarado cumple un rol muy importante como ministro del Interior y como vocero de gobierno. En política existe un principio muy relevante: la primacía de la realidad. Si tienes a una persona como Alvarado, que forma parte del núcleo de confianza del presidente, que integra el equipo que toma decisiones, que colabora permanentemente en la relación con el Congreso ayudando a García Ruminot, y que hace de facto una labor de jefe de gabinete y de coordinador interministerial, es la persona adecuada para ser además vocero, porque no hay nadie más en el gobierno con esa combinación de confianza presidencial, cercanía a la toma de decisiones y relación con el Congreso. Dicho eso, a uno naturalmente le gustaría un equipo más amplio. El gobierno tiene una oportunidad de crecer y mejorar ahí. Si se opta por tener un vocero, el requisito fundamental es que forme parte del núcleo del presidente, que esté sentado en la mesa, que sea parte de la decisión y esté informado, porque si no, independiente de la persona que nombres —puedes tener a Cicerón de vocero—, si no es parte del núcleo de confianza y del grupo que toma las decisiones, hasta el mejor orador puede terminar muy distante de las expectativas que genera su cargo”.

Notas relacionadas








Julio Isamit:

Julio Isamit: "Seguimos muy lejos de una educación de calidad"

El exministro de Bienes Nacionales y actual académico de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la Universidad San Sebastián analiza, con la perspectiva que dan los años, lo que fue la llamada Revolución Pingüina, que puso en aprietos al primer gobierno de Michelle Bachelet y donde él fue una de las figuras centrales. A partir de eso enjuicia el estado de la educación pública y reconoce que ve con ojos positivos el quehacer del actual gobierno.

Felipe Ramos


Cinco puntos del PIB y cero excusas

Cinco puntos del PIB y cero excusas

Cobre y oro. No es una apuesta ideológica: es la única industria chilena que hoy tiene, simultáneamente, empresas con capital disponible, tecnología probada, mercado y escala suficiente para mover la aguja macro en el plazo que la meta política exige.

Foto del Columnista Antonio Schneider Ch. Antonio Schneider Ch.