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Brasil no es para principiantes

Lula y Flávio Bolsonaro protagonizan una reñida campaña, marcada por duras acusaciones mutuas y donde se pondrá a prueba el giro regional a la derecha.

Con la frase que da título a esta columna, Tom Jobim, uno de los padres de la bossa nova, explicaba que no es fácil entender las contradicciones de su país.

Esto queda en evidencia con el inicio de la campaña para las elecciones presidenciales de octubre, donde los favoritos están en las antípodas: el eterno Lula da Silva, que va por su cuarto mandato, y el senador Flávio Bolsonaro, hijo de Jair, el exgobernante condenado a 27 años de cárcel por intentar dar un golpe de Estado.

Tras una serie de elecciones consecutivas, gran parte de América Latina giró hacia la derecha, con las excepciones de Brasil, Uruguay y México —siempre contracíclico—. Por eso, los comicios en el gigante sudamericano serán clave para medir la profundidad real de este cambio: permitirán dilucidar si responde a una transformación política estructural o si es un fenómeno coyuntural, impulsado por un calendario coincidente y el hecho de que la crisis de seguridad no sea terreno fértil para la izquierda.

Desde el retorno de la democracia en 1985 y hasta 2022, la derecha no había sido una opción electoral viable en este país: socialdemócratas, socialistas y centristas accedían al Palacio de Planalto, mientras los empresarios se dedicaban a expandir sus negocios y los militares volvían a sus tareas tradicionales. Sin embargo, la amplitud de la corrupción —transversal, pero cargada al Partido de los Trabajadores—, la expansión del crimen desde las cárceles y el choque de la agenda valórica progresista con la del mundo evangélico crearon el espacio que capitalizaron los Bolsonaro.

En el inicio de la campaña, el segundo fin de semana de agosto, Lula prometió crear un ministerio de Seguridad y perseguir a los líderes de las organizaciones criminales y sus activos financieros, mientras Flávio acusó al presidente de confabularse con la delincuencia, prometió tratar como terroristas a las bandas y anunció un endurecimiento de las penas.

Las encuestas auguran una reñida segunda vuelta, donde el alto rechazo que generan ambos candidatos será determinante. La principal arma serán las acusaciones de corrupción, independientemente de su mérito. El fantasma de las malas prácticas ha vuelto a planear sobre Lula — quien se libró por poco del mensalão y el petrolão, los mayores escándalos en la historia de Brasil ocurridos durante sus gobiernos anteriores —, esta vez porque la policía investiga por tráfico de influencias a uno de sus hijos, Lulinha. Mientras tanto, Bolsonaro Jr. — quien reivindica la imagen de su padre golpista y recibe el apoyo abierto de los gobiernos de Argentina y Estados Unidos, con costos asociados para el país— está salpicado por un caso de fraude bancario: habría solicitado dinero para una biopic sobre Jair al dueño de una entidad bancaria que colapsó.

Como se ha visto en otras sociedades polarizadas, la mejor forma de evitar profundizar en propuestas clave sobre cómo reimpulsar el crecimiento económico, por ejemplo (1,5% previsto en 2026; 2,3% en 2025; 3,4% en 2024), es focalizarse en atacar el comportamiento del rival. Total, los simpatizantes siempre suelen hallar excusas para su candidato e incriminar por lo mismo a quien se le opone. En campaña siempre rinde.

Por el peso político y económico de Brasil, esta elección es la más decisiva del año en América Latina. Y si bien la campaña recién comienza, son dos visiones de mundo en colisión: ahí donde Lula ofrece soberanía industrial y sobre recursos críticos, un Estado desarrollista y protecciones sociales, Bolsonaro Jr. apuesta por alinearse con Donald Trump, la reducción de impuestos y el ajuste fiscal. A eso se suma la incógnita sobre la posición que adoptará Estados Unidos ante un resultado muy estrecho. ¿Complejo? Jobim nos tenía advertidos.

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