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Diputado Stephan Schubert (REP): “Es legítimo no estar siempre de acuerdo con el Gobierno, porque este no es un gobierno republicano”

En entrevista con EL DÍNAMO, el diputado repasa los primeros seis meses del Gobierno de José Antonio Kast, desde el ajuste de los equipos, el diseño del gabinete y los biministros, y el rol de Republicanos como colectividad más grande del oficialismo.

José Antonio Kast cumple este mes de septiembre sus primeros seis meses al mando de La Moneda. El balance del periodo —marcado por el ajuste de los equipos de gobierno, una economía que el oficialismo insiste en calificar de “heredada” y el diseño del gabinete, con sus biministerios cuestionados— también se juega puertas adentro del oficialismo, donde el Partido Republicano pasó, tras las elecciones parlamentarias, de 13 a 31 diputados, transformándose en la bancada más grande de la Cámara y, por primera vez, en colectividad de gobierno.

En conversación con EL DÍNAMO, el diputado por el distrito 23 (Región de la Araucanía), Stephan Schubert, repasa ese balance. Schubert también aborda la posición del Partido Republicano dentro del oficialismo y el Gobierno remarcando que este no es “el gobierno republicano” sino “el gobierno del presidente Kast”. 

En esa línea, reconoce que la bancada podría votar en contra de partidas específicas —por ejemplo, en la próxima Ley de Presupuestos—, pero sostiene que su rol como parlamentario oficialista es, ante todo, facilitar que el gobierno tenga éxito.

— Antes de asumir, el presidente mostraba mucha seguridad respecto de las soluciones que necesitaba el país. Viendo estos primeros meses, ¿cree que se subestimó la dificultad de pasar de la oposición y la campaña a administrar el Ejecutivo?

— Los primeros meses siempre son de ajuste y asentamiento. Depende de la complejidad de lo que se esté abordando que ese proceso sea más largo o más breve. Yo diría que a los cuatro meses, cerrando ya un semestre, pudimos ver que los equipos se asentaron: hubo personas que no funcionaron, no sólo ministras, que fue quizás lo más visible, sino también en cargos regionales.

Pero más allá de eso, hay dos factores relevantes en el ajuste que vivió este Gobierno. Uno es la realidad internacional —la guerra y el alza del combustible—, algo que no estaba en el radar de nadie y que afectó la popularidad del presidente. Y el segundo es la realidad económica que recibió el Ejecutivo: más endeudamiento y un crecimiento mucho más magro del que todos pensábamos.

— Eso conecta con la dificultad que ha tenido el Gobierno para mostrar resultados rápidos. En campaña se esperaban avances tempranos en migración, seguridad y crecimiento, y eso no ha sido así. ¿Cuánto pesa eso en el momento de impopularidad que vive hoy el Gobierno?

— Todos teníamos un sentimiento de urgencia —me incluyo—, porque había mucho que abordar: seguridad, pero también vivienda, salud, educación y crecimiento económico. Esperábamos que un cambio de gobierno resolviera esas demandas, aun sabiendo que el solo cambio de gobierno no basta; hay que esperar que las medidas que se adoptan generen efecto. Eso genera cierta frustración cuando las cosas no avanzan tan rápido como algunos esperaban. Pero insisto: estamos recién en los primeros seis meses de un Gobierno de cuatro años, y confío en que las decisiones que se están tomando van a traer resultados. 

— A estas alturas, el Gobierno todavía apunta a materias heredadas de la administración pasada. ¿En qué momento debería dejarse de hablar de lo heredado y empezar a evaluarlo por sus propias acciones?

— Esto le pasa a todo gobierno que comienza: hay un momento en que ya se hace responsable de su propia gestión, y otro en que lo que ocurre todavía es efecto de la administración anterior. Depende de qué se esté hablando. Hay cosas que la actual administración ya debe asumir, porque son resultado de su propia gestión desde marzo en adelante, y hay otras que no.

Entiendo que hay una necesidad de justificarse —yo mismo lo acabo de hacer— las cosas han andado más lentas porque las cifras oficiales estaban peor de lo que se sabía. Es una justificación legítima, porque tiene que ver con lo que se hizo antes; hay sectores de oposición que a las dos semanas ya achacaban a esta administración cosas de larga data. Pero a la gente no le interesa tanto la justificación, sino las soluciones. Lo importante es que hay cosas que no se resuelven en seis meses ni en un año porque vienen de antes.

— En el diseño político del gabinete se ha hablado mucho de la vocería y de la figura de los biministros, y también de ciertas descoordinaciones. Pensando en los próximos seis meses, ¿qué ajustes cree necesarios, incluso urgentes? ¿O el diseño actual está bien?

— Son muchos ministerios, con subsecretarías y jefaturas de servicio bien específicas, así que el ajuste es, de alguna forma, permanente: siempre hay que apretar en un lugar y soltar en otro. Pero sí hubo un ajuste inicial: salieron ministras, se armaron biministerios, y el Ejecutivo evalúa si esos biministerios se justifican o si conviene volver a tener un ministro por área.

El caso del ministro de Transportes, Telecomunicaciones y Obras Públicas, por lo que he visto y conversado con él, me parece que lo sobrelleva bien; son carteras relacionadas pero distintas, cada una con su complejidad, y da la impresión de que lo lleva adelante bastante bien. Ahí, diría que ese biministerio va caminando bien; lo que quizás haga falta es reforzar los equipos para que no tenga que dividirse en dos ministros.

— ¿Y en el caso del ministro Claudio Alvarado?

— Distinto es el caso del Ministerio del Interior con la vocería: son dos carteras relacionadas pero con una carga importante, porque al inicio de un gobierno hay una demanda constante de presentar paquetes de normas, y eso exige tanto la vocería como la coordinación desde el Interior. Ahí sí creo que la fusión de esos dos ministerios es positiva en la medida en que se refuercen los equipos, porque el trabajo del Interior es muy arduo y la vocería, que ha sido criticada, necesita trabajarse mejor.

—También está el hecho de que cada ministro tiene libertad para opinar de cualquier materia, ¿no ha sido un problema?

— El presidente tiende a asignar funciones y dar libertad, lo que tiene algo positivo, porque los equipos avanzan y cada ministro puede lucirse en lo suyo, ser creativo, y eso genera una sana competencia entre carteras. Creo que eso es más sano que recibir instrucciones detalladas e inmediatas desde el Ejecutivo, porque la expertise de cada ministro en su cartera es superior al que pueda tener una persona en la Presidencia. Pero la contrapartida es que alguno puede correr demasiado rápido y superponerse con el ministerio de al lado, y ahí es clave la coordinación desde el Interior y desde el propio Presidente.

— Usted mismo decía que hacer oposición es distinto a hacer oficialismo, y además el Partido Republicano es la tienda del presidente. ¿Cómo evalúa estos primeros seis meses asumiendo esa responsabilidad?

— Al igual que el gobierno, ser el partido del Presidente de la República y tener la bancada más grande de la Cámara no es trivial. Además, algunas de las personas que tenían liderazgo dentro del partido hoy están en el gobierno y ya no están a disposición de la colectividad, y nuestro presidente de partido hoy está en el Senado y eso también supone instalarse en un cargo de autoridad distinto.

En ese sentido, nuestro rol cambió: de la oposición y la fiscalización, con la expectativa de ser gobierno, pasamos a serlo y a preguntarnos cómo apoyamos a nuestro gobierno. Pero este no es el gobierno republicano, es el gobierno del presidente Kast, que gobierna para todos los chilenos con un conjunto de partidos, entre los cuales está el republicano, que puede ser uno de los importantes, pero no es el que gobierna. 

— ¿Qué implica eso?

— Que nuestro número uno esté sentado en La Moneda es un tremendo orgullo, por fin lo logró, pero en el fondo no somos nosotros los que gobernamos. Eso implica reconocer que hay personas de otros partidos, con las que antes no me había relacionado, que hoy tienen cargos de autoridad, porque así funciona y me parece bien: es nuestra tradición republicana. Pero nos obliga a ajustarnos a esta nueva realidad.

— ¿Y respecto al rol del Partido Republicano? ¿Ha sido positivo?

— Creo que hemos hecho cosas bien y otras no. Siento que nuestro rol es apoyar al presidente Kast para que este gobierno sea exitoso, lo que va a implicar que muchas veces no sea nuestra propuesta la que se materialice, sino la de otros. Eso también es un aprendizaje. Creo que es saludable, porque es parte de ofrecerle gobernabilidad a Chile. Nuestra expectativa es que este Gobierno tenga una segunda y una tercera parte, y si lo hacemos bien, ¿por qué no una seguidilla de gobiernos que traigan crecimiento y éxito al país?

—¿Cómo se logra esa proyección?

— Creo que el presidente Kast está instaurando una forma austera, de mucho trabajo y de escuchar a todos. Solo hay que ver el gabinete amplio que armó; si me pregunta a mí, como republicano, yo habría puesto puro republicano. Pero el presidente de la República tiene una visión de Estado distinta a la mía, y puso ministros que yo jamás habría puesto. Eso responde al rol que él asume, y nosotros tenemos que aprender que él es el presidente, que eso es lo correcto, y que si queremos ofrecer gobernabilidad tenemos que aprender a trabajar con los otros partidos, con los independientes y también con la oposición, que también contribuye siendo oposición. Estamos en proceso de aprendizaje, y espero que seamos un aporte.

—¿Hay un interés por no perder la “esencia” republicana ahora estando en el Gobierno?

Nosotros seguimos siendo el Partido Republicano. Y este no es el gobierno republicano, y eso lo tenemos que asumir. Eso implica varias cosas: cómo mantenemos nuestra esencia republicana en un gobierno que es completamente nuestro, y cómo colaboramos con este gobierno, porque es nuestro deber y nuestro deseo, sin dejar de ser nosotros mismos en varios aspectos.

Le doy un ejemplo: la ley de Presupuestos. En los cuatro años anteriores nosotros la votábamos en contra, porque la encontrábamos una mala ley por varias razones, aunque al final se aprobaba igual. La votación en contra era una señal política: esta forma de gastar los recursos públicos nos parece mala. Ahora, ¿cómo se vota esta ley de Presupuestos, que ya no va a ser la ley republicana, sino la ley del gobierno, integrada por muchos de los que antes votaban a favor de las leyes que nosotros rechazábamos? Creo que esa va a ser una prueba para nosotros, y una disyuntiva interesante.

—¿En qué sentido?

— Tenemos que resolver si mantener nuestra esencia o apoyar a este gobierno para que sea exitoso, porque a veces nuestra esencia puede ir en contra del éxito del gobierno. Y es legítimo no estar de acuerdo con el Gobierno en algunos aspectos, porque este no es un gobierno republicano. En algunos puntos vamos a seguir votando a favor de ciertos procedimientos, o incluso, en la ley de Presupuestos, en contra de ciertas partidas que el Ejecutivo proponga y que a nosotros no nos parezcan bien. No es una decisión tomada, pero es algo que podemos vislumbrar en esta conversación.

Pienso —y esto ya es una reflexión absolutamente personal, que no hemos compartido ni zanjado como partido— que mi rol como parlamentario oficialista es apoyar que este gobierno salga adelante, y eso va a implicar, en algunos casos, votar cosas que yo no habría votado a favor antes. Pero siempre hay límites. Legítimamente tenemos la posibilidad de votar en contra, pero pienso que nuestro rol debe ser facilitar que este gobierno sea un gobierno exitoso.

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