Secciones

En Chile, la pregunta acerca de la religiosidad suele formularse en términos binarios: o Dios volvió o la fe se desplomó. Pero los datos y las voces expertas apuntan a otra cosa. Aquí no ha habido un regreso de la fe —porque para ello tendría que haber existido antes una desaparición o un descenso—, sino una transformación silenciosa, con causas múltiples y consecuencias sociales y políticas en disputa.

Es cierto que, en otros países, especialmente de Europa, se observan signos de un renacer de la fe, pero ese fenómeno no puede leerse de manera lineal ni mucho menos extrapolarse automáticamente al caso chileno. Para los estudiosos de la religión, Europa es, en muchos sentidos, el laboratorio más perfecto de la secularización: países donde la religión fue exculturada, dejó de formar parte de la vida cotidiana, del lenguaje común y de los marcos simbólicos compartidos. En muchas zonas de Francia, España, Alemania y el Reino Unido, generaciones enteras crecieron sin saber rezar, sin referencias religiosas al interior de las familias y con una ruptura casi total entre lo religioso y lo cultural. En ese contexto, el retorno religioso europeo aparece hoy como un gesto contracultural, identitario e incluso político: jóvenes que redescubren el cristianismo como una forma de anclaje, de comunidad o de rebelión frente al mundo que han percibido como vacío, superficial o demasiado individualista. Pero es un regreso que ocurre después de décadas de desaparición de lo religioso, y eso es precisamente lo que lo hace tan llamativo y visible.

Chile, en cambio, se sale de cualquier molde. Nunca ha llegado al punto de la exculturación y, por el contrario, no solo no ha exiliado lo religioso de la cultura, sino que ha construido una religiosidad propia, con ingredientes diversos y en permanente cambio. Es cierto que la pertenencia institucional —otra arista de la crisis de confianza— ha caído con fuerza, pero lo religioso en cuanto a vivencias cotidianas no ha salido jamás de nuestra cultura. Desde que la trajeron los jesuitas españoles hace más de quinientos años, la creencia cristiana se ha mantenido presente en nuestro calendario, en el lenguaje que usamos, en los rituales bautismales y funerarios, en la religiosidad popular, la oración privada y las grandes peregrinaciones a santuarios y fiestas religiosas. Por eso, más que un “regreso” de Dios, lo que se vive aquí es una metamorfosis. La fe no ha vuelto porque nunca se fue del todo, pero sí ha cambiado sus formas, espacios y relacionamiento con las instituciones.

Así lo explica Eduardo Valenzuela, director de la Encuesta Bicentenario del Centro de Políticas Públicas de la Universidad Católica, que desde 2006 estudia cómo cambian en el tiempo las creencias, valores, actitudes y prácticas de los chilenos, más allá de la coyuntura política. Valenzuela sostiene que, históricamente, en Chile no ha habido una crisis de creencia, sino más bien una de pertenencia: “No hay aquí un revival religioso al estilo europeo. Lo que se observa es un declive profundo y sostenido de la pertenencia institucional, especialmente respecto del catolicisimo. Este fenómeno está concentrado en la juventud, donde la desafiliación puede llegar al 50%. Sin embargo, no es un problema de creencia: muchos jóvenes siguen creyendo en Dios —incluso en el Dios de Jesucristo—, pero rechazan identificarse con iglesias específicas o participar de mediaciones sacramentales”, asegura. “Esto no es algo que se haya derivado solo de los abusos al interior de la iglesia católica, sino que tiene causas diversas y espaciadas en el tiempo. El impacto de los abusos sexuales fue decisivo para el desplome de la confianza, pero las tendencias de desafiliación son anteriores y responden a cambios culturales más amplios, como la globalización, la prosperidad económica, la masificación de la educación superior y la individualización”.

Si vamos a la historia, observamos que la unanimidad católica en Chile se mantuvo, con matices, hasta mediados del siglo XX. El catolicismo era entonces mucho más que una militancia religiosa mayoritaria; era un marco cultural compartido que organizaba el calendario anual, la educación, la moral pública y buena parte de la vida social y política. Ese predominio comenzó a quebrarse a partir de la segunda mitad del siglo XX, más específicamente entre los años 70, 80 y 90, cuando el auge del mundo evangélico en sectores populares urbanos —marcados por la precariedad y el desarraigo— ofreció sanación, pertenencia y una experiencia religiosa cercana y transformadora. Fue así como las iglesias evangélicas se instalaron en barrios y poblaciones, y abrieron templos pequeños y accesibles en los que todos podían hablar, cantar, dar testimonio y convertirse en líderes.

El catolicismo, entre tanto, atravesó una transformación compleja. Si bien durante la Dictadura cumplió un fundamental rol social y político, en los años de transición su protagonismo comenzó a diluirse. Perdió presencia en los barrios populares y modificó su énfasis desde lo social a lo moral y valórico, con un foco claro en temas de sexualidad, familia y normas de conducta. Ello coincidió con el avance del individualismo, la masificación de la educación superior y la diversificación cultural, y redundó en el distanciamiento de muchos sectores, especialmente de los más jóvenes. Un proceso que no supuso la desaparición de la religión católica, sino el inicio de una cultura religiosa menos apegada a la institucionalidad, más fragmentada y diversa, y en la que comenzaron a coexistir distintas tradiciones, sensibilidades y formas de espiritualidad: una nueva religiosidad más individual, menos comunitaria y más dinámica y cambiante.

Secularización institucional

Maureen Neckelmann, doctora en Sociología e investigadora del Centro de Estudios de la Religión de la Universidad Católica, destaca que la religiosidad en Chile se ha ido desplazando hacia formas menos institucionales: “Se han multiplicado los perfiles híbridos, en que las personas toman lo que les hace sentido de diversas creencias. En paralelo, persisten y resisten prácticas como la devoción a la Virgen del Carmen, las peregrinaciones a santuarios y creencias populares como el karma y el mal de ojo, que conviven con influencias orientales y otras formas de espiritualidad. Se trata, entonces, de búsquedas personales de sentido, y de una categoría espiritual que muchos jóvenes prefieren para marcar distancia de las instituciones, sin renunciar a un camino interior propio. Es un mosaico muy vivo de creencias”.

Esta lectura es coherente con lo que observa Felipe Orellana, doctor en Sociología e investigador del Instituto de Teología y Estudios Religiosos de la Universidad Alberto Hurtado. Según él, hoy se distingue claramente una tendencia a la expansión de un grupo cada vez más numeroso de personas que no se identifican con ninguna institución religiosa, pero que mantienen creencias personales. “Lo que vemos no es una secularización de la creencia, sino una secularización institucional. Es una espiritualidad flexible, que mezcla referencias cristianas con creencias heterodoxas, energías, reencarnación y nociones difusas de trascendencia. Entonces la distancia con las iglesias no implica un abandono de lo religioso, sino su desplazamiento hacia formas más personales, móviles y menos comunitarias”, señala. Y profundiza en lo que él denomina “individualismo religioso”: un fenómeno en el que cada persona arma su propia creencia y la practica solo, y que está muy asociada a las nuevas tecnologías. “Internet y las redes sociales permiten la vinculación con creencias muy diversas, pero la comunidad allí es débil y no tiene el efecto de cohesión y soporte social que tienen las comunidades religiosas tradicionales”.

Este proceso de secularización institucional, explica Maureen Neckelmann, también se expresa en el ámbito familiar. “La familia ya no traspasa la religión como antes; hoy prima la idea de que cada hijo sea la persona que quiera ser y haga una búsqueda personal de su sentido y sus creencias. Que conozca todo lo que hay y haga una elección libre. Así, lo que en verdad es contracultural hoy en Chile, es transmitir una identidad religiosa específica a las nuevas generaciones”.

Los números son elocuentes. Tanto la Encuesta Bicentenario UC como la Encuesta CEP muestran que ha crecido con fuerza el grupo de quienes marcan “ninguna religión” (cercano a un tercio de la población, y alrededor del 50% entre los jóvenes). Ese grupo es muy heterogéneo, pero son minoría (8–10% del total de los no religiosos) y la mayoría está compuesta por “nones”: personas que mantienen creencias diversas —a veces cristianas, a veces híbridas— sin identificarse con una iglesia. Es lo que la socióloga Françoise Champion ha llamado “religiones a la carta”, que son trayectorias espirituales individuales, en las que las personas seleccionan creencias, prácticas y símbolos según sus propias biografías, sin someterse a una autoridad institucional ni a una doctrina determinada.

Este fenómeno no afecta únicamente a la iglesia católica. El mundo evangélico tampoco vive un auge: su proporción se mantiene desde hace dos décadas estable en torno al 16–18%, y no parecen haber absorbido a los excatólicos. Entonces, lo que realmente crece es el grupo de los no afiliados, que no buscan activamente nuevas espiritualidades ni reemplazo religioso, sino que simplemente se desinstitucionalizan.

Para Aldo Mascareño, investigador senior del CEP y editor general de la revista Estudios Públicos, es fundamental distinguir entre la religiosidad de templo y la religiosidad de santuario. La primera —que es institucional y exige asistencia frecuente y cumplimiento de protocolos— es la que más se ha erosionado. La segunda, en cambio, es la religiosidad popular, que es más esporádica, familiar y festiva, y sigue muy viva y con fuerte presencia juvenil. “Las parroquias se han vaciado, pero Lo Vásquez y La Tirana siguen llenos. Esto tiene que ver con las incertidumbres de la vida contemporánea: el trabajo precario, las listas de espera, las malas pensiones. En sociedades así, la religión se reubica en el ámbito de la experiencia personal y familiar, más que en la pertenencia formal a iglesias. Es un espacio de seguridad que entrega horizonte y contención personal cuando las instituciones no dan garantías”, señala.

Así, al día de hoy, Chile combina una alta desafiliación con un pluralismo religioso asentado, lo que lo sitúa en el polo más secular de la región, junto con Uruguay y Argentina. Sin embargo, aunque la creencia en Dios ha bajado desde niveles cercanos al 90% en 2006 a alrededor del 70% en 2025, sigue siendo una sociedad mayoritariamente creyente. La secularización chilena, por lo tanto, no ha significado la desaparición de lo religioso, sino su desplazamiento hacia formas más privadas, menos organizadas y políticamente más ambiguas.

Sensibilidad religiosa más difusa

Luis Bahamondes es doctor en Ciencias de las Religiones e investigador del Centro de Estudios Judaicos de la Universidad de Chile, y lleva décadas estudiando el fenómeno religioso latinoamericano y su vínculo con los procesos políticos, económicos, sociales y culturales en la región. Según él, los “nones” no equivalen a ateos; se trata de un grupo amplio, que incluye a agnósticos, no afiliados, espirituales, desencantados y de identidades difusas. Y también subraya que, si bien en Chile ha habido un incremento de otras religiones, la separación entre Iglesia y Estado es más formal que real. “Es cierto que la gente está construyendo sistemas personales de creencias que mezclan muchas fuentes y que hay una religión vivida que ocurre fuera de los templos: en la calle, en los altares domésticos, en el taxi, en los tatuajes. Sin embargo, seguimos teniendo clases de religión católica en las escuelas públicas, feriados religiosos y una fuerte presencia de moral religiosa en muchos debates legislativos. Entonces la secularización chilena es paradójica. Chile ya no es el país ‘católico homogéneo’ que fue, pero sí sigue siendo un país altamente religioso en el que la creencia permanece, la institución pierde fuerza y la espiritualidad se diversifica”.

Este cambio tiene efectos directos en el plano político. Como han señalado diferentes estudiosos de la religión y el secularismo —José Casanova, Charles Taylor y Danièle Hervieu-Léger, entre otros—, al debilitarse las iglesias como mediadoras colectivas, la religión pierde capacidad de actuar como bloque disciplinado, pero no sale del todo del debate público. Lo que aparece, en cambio, es una sensibilidad religiosa más difusa, que sigue influyendo en discusiones valóricas, familiares y bioéticas, pero sin traducirse en lealtades partidarias o alineamientos ideológicos estables.

En este nuevo escenario, las creencias ya no ordenan la política desde arriba, sino que operan de manera fragmentada, caso a caso, muchas veces de forma contradictoria. El resultado es una esfera pública más plural, pero también más inestable: las convicciones religiosas ya no funcionan como marcos compartidos que estructuran acuerdos duraderos, sino como referencias individuales que entran y salen del debate según el tema en discusión. En la política, esto supone un desafío grande: para movilizar apoyos, ya no basta con apelar a identidades religiosas claras ni a autoridades eclesiales, pero tampoco es posible ignorar un trasfondo creyente que sigue siendo culturalmente significativo para amplios sectores de la población.

Según Aldo Mascareño, Chile está entrando en una fase postsecular, en la que lo religioso aparece en la esfera pública, pero ya no con la superioridad moral ni el respaldo del Estado, como ocurría antes. “La política chilena es bastante secular, pero los temas bioéticos y valóricos seguirán siendo puntos de fricción donde lo religioso siempre tendrá voz. Sin embargo, esa voz ya no tiene privilegios. Lo religioso sigue argumentando en el debate público, pero ahora sometiéndose a las mismas exigencias de justificación racional que cualquier otra postura. Un argumento religioso ya no vale porque ‘Dios lo manda’ y la Iglesia ya no habla con el Estado detrás, sino en medio de muchas voces diferentes, entre las que tiene que ser capaz de convencer por la vía de la razón”, explica.

Este nuevo contexto —que Mascareño define como postsecularización— no implica un regreso al pasado, sino un cambio en las reglas del debate público. Lo religioso no es expulsado, pero tampoco goza de autoridad automática. Así lo señala Rafael Miranda, doctor en Filosofía, Religión y Pensamiento Contemporáneo, y académico de la Universidad Católica del Maule, quien sostiene que el gran reto para quienes buscan llevar el pensamiento religioso al debate público es revitalizar la esencia de las creencias religiosas y demostrar que éstas contribuyen al crecimiento personal, el desarrollo pleno de los seres humanos y el beneficio de la comunidad. “Hoy existe una fuerte tendencia a considerar que los argumentos religiosos solo son válidos para quienes creen en ellos, con lo que se establece un límite a su pretensión de universalidad. Ello obliga a traducir esas convicciones a lenguajes compartidos que los legitimen en el espacio público”, dice.

Así, mientras en Europa el renacer religioso se explica en buena medida como una nostalgia por lo perdido o una búsqueda de identidad después de décadas de vacío cultural, en Chile el proceso es diferente: la creencia persiste, pero se desancla de las iglesias y se vuelve más personal, selectiva y menos obediente. Allá es retorno, aquí es reconfiguración. Allá, un regreso a lo que se había perdido, aquí una religiosidad que sobrevive, se adapta y se expresa de formas nuevas. En resumen, en Chile la religión nunca se fue; solo cambió de forma. Allá se intenta retomar un lenguaje simbólico que había desaparecido; aquí, reorganizar uno que nunca ha dejado de estar presente.

Y la noticia es que ese trasfondo creyente, aunque fragmentado y sin anclaje institucional, seguirá tensionando la política chilena: ya no como fuerza hegemónica, sino como un repertorio moral que reaparece, debate a debate, a ratos sin coherencia alguna y en una esfera pública cada vez más plural y exigente.


La religión en Chile: Ni regreso ni colapso

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Mientras en Europa el renacer religioso se explica en buena medida como una nostalgia por lo perdido o una búsqueda de identidad después de décadas de vacío cultural, en Chile el proceso es diferente: la creencia persiste, pero se desancla de las iglesias y se vuelve más personal, selectiva y menos obediente. Allá es retorno, aquí es reconfiguración.

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