Secciones
Sociedad

Arquitecturas y memorias de verano

La arquitectura náutica que marcó los veraneos del siglo XX no solo dio forma al paisaje costero chileno, sino también a una cultura del ocio y la sociabilidad cuya memoria hoy resiste entre demoliciones, transformaciones y abandono.

Todos tenemos recuerdos de ciertos veranos. En aquellos breves días de tiempo libre se repetían situaciones que anhelábamos o surgían experiencias nuevas. Nos olvidábamos de lo cotidiano y, por una temporada, nos reinventábamos la vida. Las personas, los lugares y las situaciones quedaban fijados en la memoria. La memoria guarda recuerdos y los escenifica, los sitúa en un lugar.

Muchos de los escenarios asociados a esos veranos ya no existen. Fueron demolidos, transformados o simplemente olvidados, y con ellos desaparecieron lugares fundamentales de la vida cotidiana y del tiempo libre en las ciudades chilenas. Sin embargo, permanecen en fotografías, postales y recuerdos, formando parte de una memoria colectiva ligada al mar, al paseo y a las formas modernas de sociabilidad que surgieron durante el siglo XX.

En Chile, numerosos paisajes de verano estuvieron acompañados por edificios modernistas de marcada estética náutica, asociados al ocio, a la vida al aire libre y a la experiencia del mar. Un caso emblemático es el Cap Ducal de Viña del Mar, proyectado por Roberto Dávila, que pese a las transformaciones conserva su potente expresión marítima y su emplazamiento sobre el borde costero. Tras su construcción, Le Corbusier escribió a su autor señalando el placer que le producía reconocer en él una “estética latina”, probablemente aludiendo a esa fuerte impronta naval que caracterizó a varias obras del período.

Cap Ducal, Viña del Mar. Archivo Claudio Galeno.

Este lenguaje, sin embargo, no surgió de manera aislada. Ya en las primeras décadas del siglo XX, el Boating Club de Iquique, construido por la colonia británica, adoptaba una arquitectura liviana y palafítica, con terrazas abiertas hacia el mar y elementos que evocaban directamente la vida náutica. El edificio fue posteriormente demolido, como ocurrió con muchas otras construcciones ligadas al ocio costero.

Durante la década de 1930, esta estética se consolidó en distintos puntos del país. En Viña del Mar, el Bar del Casino Municipal, proyectado por Aquiles Landoff junto a Manuel Valenzuela y Luis Browne, se concebía como un pequeño edificio de volúmenes curvos y barandas metálicas que evocaban la imagen de un barco. Funcionaba como una fuente de sida, un lugar de encuentro informal, atendiendo a los clientes en sus automóviles, en contraste con la monumentalidad del Casino. También desapareció con las transformaciones urbanas del sector.

Ese mismo imaginario se trasladó a contextos inesperados, como el Salón de Té del Parque El Salitre, inaugurado en 1936 y proyectado por Eduardo Valdés y Aquiles Landoff. Aunque no estaba junto al mar, el edificio asumía deliberadamente la imagen de un buque detenido en el paisaje, con terrazas, barandas y un mástil que reforzaban su carácter naval. Fue escenario de encuentros sociales y celebraciones, y aún sobrevive, recordando el vínculo entre arquitectura, ocio y naturaleza que marcó esa época.

Otros ejemplos han desaparecido por completo, como el antiguo Yachting Club de Algarrobo (foto principal), construido en madera y elevado sobre pilotes directamente sobre la playa. Sus terrazas abiertas y su salón panorámico lo convertían en un mirador privilegiado del océano y en un espacio central de sociabilidad veraniega. Las postales de época son hoy uno de los pocos registros de ese paisaje previo a la intensa urbanización del litoral.

En Antofagasta, el Casino del Balneario Municipal, proyectado en 1937 por Jorge Tarbuskovic, constituye uno de los casos más significativos que aún se mantienen en pie, aunque en estado frágil. Concebido como parte de un plan de modernización del balneario, albergaba servicios para bañistas y un restaurante mirador orientado al mar, convirtiéndose durante décadas en un punto central de la vida social de la ciudad. Hoy su deterioro evidencia la vulnerabilidad de este tipo de patrimonio, estrechamente ligado a prácticas sociales que también han cambiado.

Casino del Balneario Municipal, Antofagasta. Archivo Claudio Galeno.

En este contexto, la Municipalidad de Antofagasta ha impulsado en los últimos años la realización de un concurso arquitectónico para proyectar una intervención integral en el Balneario Municipal. Sería deseable que esta iniciativa abra efectivamente la posibilidad de recuperar y reinterpretar su imagen náutica original, entendida no como un gesto nostálgico, sino como una oportunidad para poner en valor uno de los pocos ejemplos de arquitectura moderna de inspiración marítima que aún se mantienen en pie a nivel nacional, reforzando su rol como hito urbano y como parte fundamental de la memoria colectiva ligada al mar y al tiempo libre.

Estas arquitecturas acompañaron la construcción de una cultura del tiempo libre y ayudaron a dar forma a los paisajes de verano que aún persisten en la memoria, como fragmentos de la historia urbana y social del país, y que su preservación —cuando aún es posible— constituye una forma de cuidar esas memorias compartidas.

El autor es director de la Escuela de Arquitectura de la Universidad Católica del Norte, e investigador principal del Núcleo Milenio Patrimonios NupatS

Notas relacionadas