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Captará 30 mil millones de datos: IA aprenderá rutina para detectar demencia en hogares chilenos

Investigadores de la Universidad Andrés Bello instalarán sensores pasivos en viviendas de la Región Metropolitana y de Valparaíso para monitorear, durante diez meses, los hábitos cotidianos de personas mayores.

Imagina que un algoritmo nota que usted tarda cinco minutos más que de costumbre en preparar el desayuno, que sus idas al baño nocturnas cambiaron de patrón o que se mueve menos por el living. Sin cámaras, sin micrófonos, sin que nadie lo observe. Eso es exactamente lo que busca hacer un equipo de científicos chilenos: construir un sistema capaz de registrar variaciones tan pequeñas en la vida cotidiana que ningún ser humano podría detectarlas, pero que podrían ser la primera señal de una demencia incipiente.

El proyecto, financiado por Fondecyt y liderado por la Dra. Carla Taramasco, directora del Instituto de Tecnología para la Innovación en Salud y Bienestar (ITiSB) de la Universidad Andrés Bello, instalará cerca de una docena de sensores en cada uno de los 60 hogares participantes. Durante diez meses tomarán entre dos y tres muestras por segundo: movimientos, presencia, actividad en distintas habitaciones. El volumen estimado de datos es de entre 20 mil y 30 mil millones de registros, uno de los repositorios de este tipo más grandes generados en América Latina.

El corazón tecnológico del proyecto es el llamado aprendizaje continuo: modelos de inteligencia artificial diseñados para actualizarse con nueva información sin borrar lo que ya aprendieron. En la mayoría de los sistemas, aprender algo nuevo significa olvidar lo anterior. En el monitoreo de personas mayores, eso sería un error grave: si el sistema olvida cómo era la rutina de alguien hace seis meses, pierde precisamente la capacidad de detectar cuánto ha cambiado.

“Queremos construir sistemas que comprendan la singularidad de cada persona mayor y alerten oportunamente cuando algo se aparta de su patrón habitual, sin interferir en su privacidad”, explica Taramasco. El resultado será una especie de “gemelo digital” de cada rutina, con el que el algoritmo comparará permanentemente lo que ocurre en el presente.

Los sensores son completamente pasivos: no graban, no escuchan, no identifican rostros. Solo detectan presencia y movimiento, como un termostato inteligente que en vez de medir temperatura, mide vida. Taramasco, quien recientemente expuso ante un panel de Naciones Unidas para promover el concepto de “hogar inteligente” aplicado al envejecimiento, es enfática en ese punto: “Esa masa de datos nos permite ver cambios muy sutiles en el tiempo, sin intervenir en la vida de las personas y resguardando completamente su privacidad.”

El contexto hace urgente este tipo de investigación. Según el Censo 2024, el 14% de los chilenos tiene 65 años o más y las personas de 60 o más ya representan cerca del 20% de la población. Para 2050, uno de cada tres chilenos superará los 60 años, un ritmo comparable al de países europeos. La encuesta CASEN 2022 revela que cerca del 22% de ese grupo presenta algún grado de dependencia funcional y, dentro de ese porcentaje, el 31,9% no tiene cuidador. “Nuestro propósito es entregar información temprana para que los riesgos se detecten antes de que escalen, especialmente en personas que viven solas y con redes más reducidas”, afirma la investigadora.

Uno de los aportes más relevantes del proyecto es que generará evidencia científica local. La mayor parte de la investigación global sobre demencia se basa en datos de países desarrollados, con estilos de vida y hábitos habitacionales muy distintos a los chilenos. “No podemos extrapolar comportamientos observados en Europa o Estados Unidos. Necesitamos entender cómo envejecemos aquí: nuestros horarios, nuestras rutinas, nuestros modos de habitar la casa”, plantea Taramasco.

Para capturar esa diversidad, el estudio contempla un grupo monitoreado y uno control, con hogares que representen diferencias culturales, climáticas y sociales del país. Los datos conformarán un repositorio longitudinal que permitirá no solo detectar demencia temprana, sino también diseñar modelos de riesgo personalizados y orientar políticas públicas. “Necesitamos evidencia propia, no extrapolada. Si queremos tecnologías útiles y aceptadas, deben construirse observando cómo envejecemos aquí. Ese es el camino para que Chile lidere una agenda de innovación y cuidado centrada en la autonomía”, concluye la directora del ITiSB.

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