La temporada respiratoria 2026 registra su mayor positividad hasta ahora –un 52% en pruebas diagnósticas– con influenza B adelantando su aparición respecto al patrón histórico y desplazando al virus respiratorio sincicial que normalmente domina el mes de junio, en lo que configura el escenario invernal más impredecible de los últimos años.
El dato proviene del último reporte semanal de la campaña de invierno del Ministerio de Salud, que sitúa a influenza A como el virus más detectado con cerca del 30% de los casos, seguida por rinovirus e influenza B. Susan Bueno y Alexis Kalergis, directora alterna y director del Instituto Milenio de Inmunología e Inmunoterapia (IMII) y académicos de la Pontificia Universidad Católica de Chile, analizaron el panorama y sus implicancias para los grupos de mayor riesgo.
“Este año ha ocurrido un adelantamiento del inicio de la influenza que impulsó a que las campañas de vacunación se adelantaran también; influenza B ha tenido un repunte especialmente antes de lo que normalmente era el virus respiratorio sincicial, como en junio, lo que llama bastante la atención a diferencia de otros años”, señala la Dra. Bueno.
Una temporada que rompió el calendario
La alteración del calendario viral es un fenómeno poco habitual, pero que no sorprende a los investigadores. La pandemia de COVID-19 ya había demostrado que la circulación de virus respiratorios puede reorganizarse de forma radical: durante casi dos años, el SARS-CoV-2 desplazó prácticamente a todos los demás patógenos respiratorios. Al retirarse esa presión, los virus volvieron, pero no necesariamente en el mismo orden ni con la misma intensidad.
Lo que ocurre este invierno se inscribe en esa lógica de imprevisibilidad. La aparición temprana de influenza B comprime el espacio entre los picos de distintos virus y reduce el margen de respuesta del sistema de salud. El rinovirus suma una variable adicional: circula prácticamente durante todo el año y puede generar coinfecciones con el VRS que agravan los cuadros clínicos de forma significativa.
Que sea influenza B y no A la que lidera la circulación en este tramo de la temporada tiene implicancias clínicas concretas. Históricamente, las cepas con mayor potencial pandémico han sido variantes de influenza A; la B circula con frecuencia pero rara vez alcanza la intensidad que registra este invierno. El dato importa para calibrar el nivel de alerta, pero no modifica la recomendación de fondo.
“Normalmente la influenza A es más grave que la influenza B, y técnicamente las cepas pandémicas son A, no B, así que es llamativo que esté dándose esa alta circulación de B; causa un cuadro equivalente desde el punto de vista respiratorio, pero en general es menos grave. La señal importante es que la influenza B está incluida en las vacunas”, explica Kalergis.
El regreso de las vacaciones de invierno añade otro factor de presión. Los periodos sin clases reducen históricamente la circulación viral al disminuir la concentración de personas en espacios cerrados, pero esa reducción es transitoria: al retomar la actividad escolar, los contagios vuelven a escalar. Los meses más fríos limitan la ventilación de los espacios y reducen las actividades al aire libre, dos condiciones que favorecen la transmisión de todos los virus respiratorios.
Los grupos que aún no alcanzan el umbral
Las cifras de cobertura vacunal del Ministerio de Salud revelan una brecha entre los grupos que más necesitan protección y los que efectivamente la han recibido. Los niños de seis meses a cinco años alcanzan el 60% de cobertura; los adultos mayores de 60 años, el 59%. Las embarazadas también están por debajo del umbral necesario para una protección colectiva efectiva, en una temporada que ya registra su nivel de positividad más alto.
En los adultos mayores, el sistema inmune debilitado por la edad no solo eleva el riesgo de contraer influenza: también abre la puerta a infecciones bacterianas secundarias. La neumonía es la complicación más frecuente y puede derivar en hospitalización prolongada o en un deterioro sostenido de la salud funcional que no se recupera por completo.
“Los grupos que todavía no alcanzan el porcentaje de cobertura necesario para una protección significativa –adultos mayores, mujeres embarazadas y niños– son precisamente los que están más expuestos, porque este virus puede causar enfermedades muy severas en esos grupos y predispone al adulto mayor a otras patologías como neumonías graves”, puntualiza el Dr. Alexis Kalergis.
La influenza comparte con el COVID-19 el mecanismo de transmisión y las medidas de prevención no farmacológica: lavado de manos, uso de mascarilla en espacios cerrados con alta afluencia y ventilación adecuada. Esas medidas siguen siendo herramientas complementarias a la vacunación durante el período de mayor circulación viral.
Parte de la brecha de adhesión tiene una explicación conductual: cuando un virus no genera casos visibles en el entorno inmediato, la percepción de riesgo cae, aunque el agente siga circulando. Ese mecanismo —bien documentado en salud pública—también opera con la influenza, especialmente en años en que la temporada no produce brotes escolares masivos ni noticias de hospitalizaciones.
“Hay que recordarle permanentemente a la ciudadanía que estos virus siguen con nosotros, y por lo tanto es fundamental estar al día con el esquema de vacunación, porque las vacunas nos protegen de enfermarnos; cuando el virus no se ve, aparece la percepción equivocada de que no está, y eso lleva a decisiones que terminan dejando expuestos a quienes más necesitan protección” , apunta el director del IMII.