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El investigador chileno más citado en el mundo

José Rodríguez, actual director del Centro de Transición Energética de la Universidad San Sebastián, y ex rector de la UTFSM, de la UNAB y de la USS, ha dedicado su vida a profundizar el conocimiento en torno al uso de la energía. Eternamente curioso, plantea que el sol se transformará en nuestra principal fuente de generación eléctrica, mientras que la electromovilidad se extenderá más rápido de lo que pensamos.

Sus investigaciones en torno a los inversores multinivel —equipos que transforman corriente continua en alterna, esenciales para la electromovilidad y las energías renovables— resultaron pioneras e influyentes en todo el mundo. Una de ellas, publicada en la revista del IEEE, es la más citada en toda la historia de esa publicación.

Hay algo de juvenil en la manera como se expresa el doctor José Rodríguez Pérez (72 años), y eso es algo que uno no espera de un Premio Nacional de Ciencias Aplicadas, ni menos del científico chileno más citado en el mundo durante la última década. En cada concepto que explica sobre “electrónica de potencia”, “transición energética”, “electromovilidad” y “formación de capital humano avanzado” se nota un entusiasmo desbordante que le da brillo a sus ojos, propio de alguien mucho más joven que una persona que, perfectamente, ya podría haber jubilado.

Su amor por los motores y la energía comenzó muy temprano mientras vivía en la localidad de Rahue, en las cercanías de Osorno. Siendo un niño, con una personalidad bastante rebelde, su abuela lo empujó a que se fuese a vivir solo a Valparaíso apenas a los 13 años para estudiar electrónica en la escuela José Miguel Carrera, un liceo perteneciente a la Universidad Técnica Federico Santa María.

“Me considero una persona muy afortunada. Partí de una situación bastante humilde, pero las cosas funcionaron y pude desarrollarme. En la Universidad Federico Santa María todavía me llaman el niño símbolo, porque cuando Federico Santa María hizo su donación, estableció que quería llevar al desvalido meritorio de su patria al más alto grado del saber humano. Y eso me pasó a mí: trabajando y estudiando llegué hasta donde hoy estoy”.

—No le creo que a los 13 años se fue solo desde Los Ríos…
“Completamente solo. Y ojo que no había internet ni teléfono, así que a lo más uno enviaba una carta que se demoraba al menos un mes en llegar a Osorno. Al principio la soledad fue muy dura. Recuerdo que a los pocos meses me bajó tanta nostalgia que un día, ya de noche, bajé del Cerro Placeres y llegué a la estación pensando en volver a casa. Pero no había tren a esa hora, así que me volví muy triste. Al otro fin de semana un compañero me invitó a su casa y se me pasó. Nunca más lo sentí así de fuerte”.

Tras titularse de la UTFSM hizo su doctorado en la Universidad de Erlangen, al sur de Alemania, donde se especializó en el control y transformación de la energía eléctrica (lo que se conoce como electrónica de potencia). Tras ello vendría una vida ligada a la investigación y la academia siendo rector de su alma mater entre los años 2005 y 2014, rector de la U. Andrés Bello entre 2015 y 2019 y rector de la USS entre 2022 y 2023, misma casa de estudios donde hoy dirige el Centro de Transición Energética, que en menos de dos años posicionó a esa universidad como la segunda del país en ingeniería eléctrica y electrónica según el Ranking Shanghái 2025.

Sus investigaciones en torno a los inversores multinivel —equipos que transforman corriente continua en alterna, esenciales para la electromovilidad y las energías renovables— resultaron pioneras e influyentes en todo el mundo. Una de ellas, publicada en la revista del IEEE, es la más citada en toda la historia de esa publicación.

—Este año superó las mil publicaciones en Scopus. ¿Qué motor lo impulsa a seguir produciendo conocimiento?
“Varias cosas. Primero, que sigo siendo curioso. El mundo no para de evolucionar y no paran de aparecer tecnologías nuevas. Gracias a internet cada vez tengo más contacto con personas de todo el mundo que me buscan para conversar y colaborar. Además, tengo el privilegio de que las instituciones donde he estado me han apoyado para investigar. Y todavía hay mucho que hacer: la inteligencia artificial, los autos eléctricos, las energías renovables. Nunca me habría imaginado, por ejemplo, que el fotovoltaico sería la principal fuente de energía del futuro. Todo eso me motiva. Y tengo la capacidad de maravillarme con cosas que para muchos son triviales. Me maravillo con pedir un Uber, con el metro. Esa capacidad no la pierdo”.

—Usted afirma que la energía solar será la principal fuente energética al 2050. ¿Qué tan preparado está Chile en infraestructura, regulación y capital humano para aprovechar ese potencial?
“Chile tiene dos características muy importantes y afortunadas. Primero: tiene la mayor radiación solar del mundo, concentrada en el desierto de Atacama. La razón es que en esa zona los cielos son muy despejados y hay un desierto con grandes espacios disponibles. Por eso el 70% de la capacidad de observación astronómica del mundo está en Chile. Con apenas el 3% de la superficie del desierto de Atacama, instalando paneles fotovoltaicos, se podría alimentar energéticamente a todo el país.
Segundo: en el sur, en la Patagonia, tenemos los mejores vientos del mundo; el mayor factor de planta eólica está en Punta Arenas. El problema es la transmisión: hay que instalar líneas para llevar la energía desde donde se genera hasta los centros de consumo, y eso requiere inversiones enormes que el Estado no puede financiar solo, por lo que hay que atraer capitales privados y ofrecerles estabilidad y rentabilidad. Pero los costos han bajado brutalmente: un panel fotovoltaico hoy vale el 3% de lo que costaba hace 30 años, y las baterías han bajado un 80%. La combinación de fotovoltaico más baterías ya produce energía más barata que el carbón o el petróleo. Y superamos los 100 megawatts de almacenamiento, así que el argumento de que solo funciona de día ya no es válido”.

—Además del almacenamiento y la transmisión, ¿qué otros cuellos de botella son los más urgentes de superar para la integración de renovables al sistema eléctrico?
“La gestión se pone más especializada: hay aspectos regulatorios y culturales que resolver. Por ejemplo, en muchos casos la gente prefiere cargar el auto eléctrico en casa porque es más barato, pero cuando pregunté en un edificio me dijeron que no se podía. Para instalar paneles fotovoltaicos en un edificio hay que convencer a toda la comunidad, y hay propietarios que tienen el departamento como segunda vivienda y no están interesados. Todo lo que implica tomar decisiones colectivas y cambios legales requiere trabajo. Hay mucho aspecto legal que debemos ir resolviendo”.

—La electromovilidad exige una revolución en infraestructura de carga. ¿Cuáles son las medidas más urgentes para resolver el déficit de electrolineras y cargadores domiciliarios?
“Hay varios frenos. Primero, la inercia mental: la gente está acostumbrada a su vida y desconfía de lo desconocido. Segundo, el precio: los autos eléctricos partieron muy caros. Miren el caso de Noruega, que es campeón mundial con un 95% de vehículos eléctricos: le dieron subsidios a la gente, exención de impuestos, estacionamientos privilegiados con carga gratuita. Nosotros ahora tenemos alrededor del 11% del parque automotriz eléctrico. Yo propondría, primero, eliminar el impuesto de lujo a los autos eléctricos, porque no tiene sentido que Chile gaste enormes recursos importando combustible cuando podríamos producir energía del sol o del viento. Segundo, algún subsidio focalizado para segmentos específicos. Tercero, aumentar los puntos de carga: hoy tenemos alrededor de 1.500 y la meta de la ministra Rincón es llegar a 6.500 al 2030, lo que me parece bien porque es una meta concreta y cercana, no tirada para el 2050. En cuanto al tema del tipo de cargador, eso se ha ido ordenando por una necesidad básica de compatibilidad. La autonomía de los autos también ha mejorado muchísimo: de los 60-120 km iniciales ya hay modelos que hacen 500 km de autonomía de carga”.

—Cuando ve que Santiago es la tercera ciudad del mundo con más buses eléctricos y que en Copiapó todos sus buses son eléctricos, ¿qué siente?
“Orgullo, y no soy nada fácil de impresionar. El dato duro es este: en buses eléctricos a batería, primero está China, segundo India, tercero Chile. China tiene más de 1.400 millones de habitantes y nosotros somos 20 millones, más chicos que muchas ciudades chinas, pero tenemos 4.700 buses eléctricos. Santiago es la tercera ciudad del mundo. Eso es un resultado concreto de buenas políticas públicas: los políticos tomaron buenas decisiones, los acuerdos permitieron que se hiciera, y empresas como Copec Voltex instalaron la infraestructura de carga para toda esa flota. Y, claro, los beneficios van más allá del combustible: el transporte es más silencioso, más confortable, con mejor calidad de vida urbana. Mi especialidad es la transformación de la energía, y yo siempre le digo a mis alumnos: súbanse al metro un domingo en la mañana, párense en el centro, pónganse la mano en el bolsillo y sientan cómo el tren acelera. Eso es la transformación de energía eléctrica en movimiento, perfectamente controlada. Después súbanse a una micro antigua y hagan lo mismo. La diferencia es la calidad del control de energía”.

—Usted menciona que el siglo XXI es la era de la electricidad. Bajo ese nuevo mapa, ¿puede Chile dejar de depender del petróleo y de la hidroelectricidad?
“La razón más poderosa no es ideológica sino económica: el país va a ahorrar plata. Miren cómo ha cambiado todo: yo soy de la generación que cocinaba con leña en el sur; después llegó el gas y fue un choque cultural de modernidad. Hoy, todos los edificios nuevos en Santiago tienen cocinas eléctricas, ni una a gas. La gente no se da cuenta, pero la electrificación ya avanzó. Para el transporte, el cambio es igual de profundo. En la minería, que es nuestra principal fuente de divisas, los camiones consumen el 7% de la energía final de Chile y el 10% del diésel. Hoy hay un boom internacional de investigación sobre camiones de minería con baterías eléctricas. Para el 2040 la energía solar fotovoltaica será la principal fuente de energía eléctrica del mundo”.

El valor de la investigación

A raíz de la situación fiscal y el plan de recortes en los gastos que ha impulsado el Gobierno, el Presidente José Antonio Kast señaló hace un tiempo que hay investigaciones financiadas con cientos de millones de pesos que terminan en un libro sin generar empleo ni conocimiento masivo, lo que generó una respuesta de la comunidad científica. Para el Dr. Rodríguez “esa afirmación no le ayudó a nadie. Pero, independientemente de la validez del comentario, creo que un país tiene que hacer el esfuerzo de investigar, porque el conocimiento beneficia al país en el largo plazo. Muchas investigaciones que individualmente parecieron alguna vez de poco impacto me dieron a mí una cantidad enorme de conocimiento que después me permitió hacer proyectos de ingeniería novedosos e importantes. Entiendo al Presidente cuando dice que hay que ahorrar, y la comunidad científica está abierta a conversar y dialogar sobre eso. Hay programas en los que efectivamente se podría optimizar el gasto. Pero no se puede generalizar”.

De acuerdo al destacado académico, “Chile es un país pequeño, en vías de desarrollo, y aun así hemos podido hacer investigación de buena calidad. Yo invitaría al Presidente a dialogar con los científicos, porque de repente se pueden encontrar con buenas sorpresas. En cuanto a si falta comunicar mejor el retorno de la investigación, sí, es probable que en el pasado no se hiciera bien. Pero en los últimos años estoy viendo que los investigadores aparecen más en televisión y en los medios, opinando sobre cuestiones contingentes y problemas del día a día, y eso me parece bien. Para quienes toman decisiones de política pública es fundamental contar con información objetiva: si vamos a hacer inversiones gigantescas para adaptarnos al cambio climático, hay que tomarlas con una buena base de conocimiento; si nos equivocamos, los costos serán enormes”.

—Chile lleva décadas destinando en torno al 0,37% del PIB a ciencia e investigación, muy por debajo del promedio OCDE. ¿Qué consecuencias concretas tiene ese rezago en la capacidad del país, sobre todo para liderar la transición energética?
“Objetivamente, es muy poco. Todos los presidentes parten prometiendo que lo van a aumentar y nadie lo ha hecho en años. Una persona educada con postgrado y experiencia en investigación sale después a hacer proyectos de mayor nivel y con mayor capacidad de innovación, y eso también es necesario en la transición energética. Lo que estoy viendo es que la masa de investigadores en Chile ha crecido significativamente gracias a los recursos disponibles, pero ahora muchos proyectos con buenas calificaciones y altas evaluaciones se están quedando afuera simplemente porque no hay más financiamiento. Ahí nos estamos perdiendo una oportunidad. Pero esa decisión le corresponde al Estado”.

—Se anunció también la suspensión de becas de postgrado en el extranjero para este año. ¿Qué señal envía eso al ecosistema científico?
“Puede que no me feliciten algunas personas por lo que voy a decir, pero tengo una opinión clara: ha sido bueno que el Estado haya enviado gente al extranjero, porque esas becas nacieron en un contexto en que en Chile no había suficientes programas de postgrado ni de magíster. Sin embargo, hoy Chile tiene programas doctorales de muy buena calidad y se puede colaborar con instituciones extranjeras. En ese sentido, si hay que ahorrar de manera inteligente, revisar esa parte tiene sentido. Lo que no se puede hacer es eliminar los programas doctorales locales, porque eso sería pegarse en el pie: son baratos comparados con las becas al extranjero y el nivel de conocimiento que generan es muy alto. Hay que fortalecer los programas en Chile, no debilitarlos”.

IA en la Ingeniería

Una de las cosas que ha predicho el Premio Nacional de Ciencias Aplicadas y Tecnológicas 2024 es que la intersección entre redes neuronales e ingeniería eléctrica dominará la investigación por aproximadamente dos décadas. En términos concretos esta combinación resolverá problemas reales. “En lo concreto, el proyecto que estoy postulando ahora mismo es el uso de redes neuronales para controlar motores eléctricos en autos eléctricos. La teoría que se usa hoy en todos los autos eléctricos se desarrolló hace 40 años en Alemania y funciona muy bien. Lo que buscamos es si podemos lograr el mismo trabajo, pero con alguna ventaja adicional. No es fácil porque lo que existe está muy bien hecho, pero creemos que representa un cambio de tecnología y de manera de pensar”.

—¿Cómo está cambiando la inteligencia artificial la forma de enseñar ingeniería y qué perfil de ingeniero necesita Chile para los próximos 20 años?
“La ingeniería va a depender menos de matemática y más de algoritmos. Los jóvenes de hoy nacieron con el celular: son más intuitivos, socializan, aprenden de otra manera. Nosotros teníamos que ir con la regla uno, la regla dos; ellos son más algorítmicos. Eso no es un error, es simplemente otra forma de aprender. Los profesores somos los que tenemos que adaptarnos, no al revés. Yo les digo a mis alumnos: el empleo no te lo va a quitar la inteligencia artificial; te lo va a quitar una persona que la sabe usar”.

—¿Qué le queda por hacer?
“En lo muy concreto, ayudar a lanzar la carrera de ingeniería eléctrica en esta universidad. La acaban de aprobar hace apenas dos semanas y comenzará el 2027. Dejar armado este centro de investigación y apoyar el desarrollo de la carrera de robótica también. Y después, seguir trabajando hasta que el cuerpo no aguante más. Esa es mi tarea. Quiero hacer charlas en colegios para motivar a los jóvenes a estudiar ingeniería eléctrica, porque hoy hay trabajo y va a haber mucho más. En Europa, con la electrificación del sector automotriz, Mercedes-Benz, BMW y Audi empezaron a contratar todos los ingenieros eléctricos disponibles y las demás empresas se quedaron sin ese perfil. El mundo va a necesitar cada vez más ingenieros eléctricos”.

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