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Sin amigos

Hay grupos de hombres que llevan veinte años viéndose y no saben quién tuvo una crisis de pánico. Quién duerme mal. Quién llora en el auto antes de entrar a casa. Quién le tiene miedo a envejecer. Quién siente que su matrimonio ya fue. Quién no ha tocado a otra persona en meses. O años. El pacto tácito parece ser: mientras conversemos sobre algo externo, todo bien.

A veces leo libros no muy buenos que están conectados con el Zeitgeist. Los leo para saber qué onda, qué piensan otros, o simplemente porque están de moda. A lo mejor lograron seducir a la prensa que los usó para poner el tema que proponen sobre la mesa o cerca del micrófono. Entonces, estos libros logran algo que por sí solos no podrían: generan conversación.

No todos los libros dan de qué hablar y eso está bien; y no todos los libros que dan de qué hablar están literariamente bien construidos. Algo así sucede con el que acabo de leer, pero acá estoy escribiendo acerca de él. Se trata de Who Needs Friends? (¿Quién necesita amigos?), del actor y ahora escritor Andrew McCarthy. El anzuelo es el subtítulo: una exploración no científica de la amistad masculina a lo ancho de Estados Unidos. Y la dedicatoria: “a mis amigos”. ¿Los tiene o los tuvo? Pero la pregunta que surge es otra: ¿son necesarios? ¿por qué se insiste en que es imposible acceder a nuevos?

Aquí McCarthy narra un viaje en auto por Estados Unidos, en el que intenta reencontrarse con amigos y, de paso, explorar de manera tierna y algo aburrida la razón por la que los hombres de cierta edad solo sostienen lazos de pega o “los que ha armado mi mujer”.

Es cierto, al parecer hay una epidemia: hombres casados terminan aislados, aburridos, y los que están solos, por la razón que sea, están en vías de convertirse en ermitaños, incapaces de salir de sus cuartos malolientes o de superar adicciones. Más hombres mueren hoy del corazón, pero no de corazones quebrados, sino desanimados, con falta de sangre, de conexión con el mundo. Hay una crisis de soledad y el diagnóstico se repite como un meme: falta de amigos.

Entonces, aparece McCarthy con su nueva publicación. Ha ido a todos los programas y podcasts. Se ha juntado con gente con que se pensaría que es amigo (Rob Lowe, con quien rodó Clase y St. Elmo’s Fire), y hasta apareció en la portada de la revista de libros de The New York Times. Hay famas que nunca terminan y McCarthy, quien la alcanzó tras aparecer en cintas-de-adolescentes que en algún momento él mismo despreció, acabó abrazando su pasado. En su otro libro Brat: An 80s Story (texto intensamente superior), la narrativa gira en torno a cómo superar (o aceptar) lo que terminaste siendo, aunque no querías serlo. McCarthy quiso ser tomado en serio y fue, en cambio, deseado. En Pretty in Pink es el galán que se queda con la chica al son de If You Leave de OMD. Él tan solo quería ganar plata para montar obras que nadie iba ver, pero las cosas no resultaron así, y Brat nos cuenta cómo fue. El relato funciona y, además, dio paso a buen documental, donde Demi Moore reconoce que ella sí quería la fama y no le importaba ser agrupada en el Brat Pack si eso le ayudaba a lograrla.

Pero el McCarthy de entonces no era ese tipo de persona. Él era el chico sensible. Al menos, así se vendía. El McCarthy de Who Needs Friends? es, por el contrario, aburrido, alguien con quien quizás daría lata juntarse. Su pasado fue mejor, su presente es rutina y su futuro, poco prometedor. Es un hombre encerrado en su mundo, incapaz de tener amistades, tal como lo diagnostica su hijo. El problema, pienso, es que cuesta ser su amigo. Pero lo peor es que cuesta querer su prosa. Esto no es un remix de En el camino. No hay melodía ni ritmo ni grandes reflexiones. Tampoco hay un Dean Moriarty, sino un auto arrendado y moteles sin onda. Esto no es Sam Shepard. Es una aterradora pasteurización de la clase media. No toma, no fuma, no intenta ser malo. Recorre su país no para ver cómo se cae a pedazos, sino para visitar amigos de los que debería despedirse, porque, tal como otros vínculos importantes en la vida, las amistades mutan. Cierta gente que solía frecuentar, que solía conocer, que solía querer. Cierta gente que me hacía reír y con la que teníamos cosas en común. La amistad es acaso más exigente que las relaciones amorosas y, por eso, es raro lo poco interesante del resultado de la narración. Tal vez es demasiado fiel a su premisa: para McCarthy los hombres pueden volver a conectar “después de veinte años”, como si nada, si hablan de fútbol o bandas musicales. Asume, sí, que hay pánico a la conexión real y a “mostrarse vulnerable”, pero esto simplemente lo retrata como “a guy thing”. Qué fascinante pudo ser la historia de una mujer recorriendo, no sé, América Latina, visitando examigas.

Leí el libro en un hotel en el sur, donde había una convención con muchos hombres de mochilas inmensas y teléfonos que no paraban de mirar. Veían el partido de Uruguay con Arabia. Hombres funcionales. Con pega. Con hijas e hijos incluso. Con Disney+ y asador Weber. Hombres con contactos, socios, colegas, compadres para el pádel. Pero amigos de verdad, pocos. O ninguno. O quizás les gustaría tener, pero les da miedo. Pueden hablar cuarenta minutos sobre la presión de los neumáticos, pero si les preguntan “¿estái bien?”, el aire cambia. Se ríen. Tiran una talla. Como si la intimidad fuera una estafa piramidal. Algo a lo que no se debe acceder. Todo menos vulnerabilidad. Hay grupos de hombres que llevan veinte años viéndose y no saben quién tuvo una crisis de pánico. Quién duerme mal. Quién llora en el auto antes de entrar a casa. Quién le tiene miedo a envejecer. Quién siente que su matrimonio ya fue.

Quién no ha tocado a otra persona en meses. O años. El pacto tácito parece ser: mientras conversemos sobre algo externo, todo bien. El asado como firewall emocional, el partido en la pantalla ancha nos va a permitir siempre/nunca mirarnos a los ojos y nunca conectar, nunca mostrarnos del todo.

Leí el libro en un hotel en el sur, donde había una convención con muchos hombres de mochilas inmensas y teléfonos que no paraban de mirar. Veían el partido de Uruguay con Arabia. Hombres funcionales. Con pega. Con hijas e hijos incluso. Con Disney+ y asador Weber. Hombres con contactos, socios, colegas, compadres para el pádel. Pero amigos de verdad, pocos. O ninguno.

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