Hace unos días tuve la oportunidad de participar en Exponor, en Antofagasta, conversando sobre una idea que me acompaña desde hace años: cómo hacemos para que Chile aproveche de verdad el enorme potencial que tiene.
La reflexión cobró aún más fuerza en una actividad de Open Aster, el programa de innovación abierta impulsado por BHP. Más de 600 soluciones postularon para responder a 21 desafíos de la operación de Escondida, y 66 de ellas fueron seleccionadas para avanzar a la siguiente etapa. Detrás de esos números hay algo que me parece profundamente esperanzador: cientos de emprendedores, empresas, equipos y personas convencidas de que los grandes desafíos pueden transformarse en oportunidades para innovar, colaborar y construir soluciones.
No es una preocupación nueva. Al contrario. Hace tiempo venimos observando señales de que el mundo está entrando en una etapa de transformaciones profundas y que esas transformaciones abren posibilidades inéditas para países como el nuestro.
La inteligencia artificial está transformando industrias completas. La transición energética está redefiniendo la economía global. El mundo demandará más minerales, más energía, más tecnología, más innovación y más soluciones para desafíos cada vez más complejos. La pregunta relevante no es si estos cambios ocurrirán. Ya están ocurriendo. La pregunta es qué papel queremos jugar nosotros.
Chile cuenta con activos que son difíciles de ignorar. Tenemos recursos estratégicos, capacidades científicas reconocidas internacionalmente, universidades, empresas, emprendedores y territorios que están desarrollando conocimiento y soluciones con impacto real. Pero tener capacidades no garantiza resultados. La historia muestra que los países que logran dar saltos en desarrollo son aquellos capaces de articular esas capacidades en torno a una visión compartida.
Mientras preparaba mi presentación para Exponor, volví a una historia que siempre me ha parecido fascinante. Silicon Valley no nació siendo Silicon Valley. Durante décadas fue simplemente una zona agrícola alrededor de una universidad. Lo que cambió su historia no fue una ventaja natural extraordinaria. Fue la capacidad de conectar conocimiento, empresas, emprendedores, inversión y una visión de largo plazo.
El desarrollo ocurre cuando las capacidades existentes logran encontrarse, coordinarse y proyectarse hacia el futuro. Y esa reflexión me parece especialmente pertinente para Chile. Hace unos días, el Consejo Nacional de Ciencia, Tecnología, Conocimiento e Innovación para el Desarrollo (CTCI) —un organismo autónomo del Estado creado para aportar una mirada de largo plazo al país— entregó una nueva Estrategia Nacional.
Más allá de sus propuestas específicas, el valor principal del documento está en la conversación que busca instalar sobre el futuro, cómo transformamos nuestras capacidades en oportunidades concretas y cómo hacemos que el conocimiento, la innovación y el emprendimiento dejen de ser iniciativas dispersas y pasen a formar parte de una visión compartida de desarrollo.
Las oportunidades históricas no se materializan por sí solas. Requieren coordinación, perseverancia y una cierta ambición colectiva. ¿Seremos capaces de construir una visión común que nos permita hacerlo? Esa es una responsabilidad que recae, en primer lugar, sobre quienes tienen hoy la tarea de conducir el país.
La Estrategia Nacional propone una dirección. Pero ninguna estrategia, por sólida que sea, reemplaza la voluntad política de llevarla adelante. Hoy necesitamos liderazgo para transformar capacidades en desarrollo, conocimiento en oportunidades y bienestar para las personas. Necesitamos, en definitiva, la convicción de que Chile puede ser protagonista de esta nueva etapa que vive el mundo. Las grandes transformaciones suelen comenzar en territorios concretos, pero terminan cambiando países completos. Lo que vi en Antofagasta me hace pensar que Chile tiene hoy una oportunidad de esa magnitud. ¿Tendremos la audacia de aprovecharla?