Un invierno con precipitaciones abundantes y un cambio brusco de temperatura al comenzar septiembre aceleraron el brote del pasto y la floración de árboles, arbustos y malezas, según advierte la Dra. Susan Bueno, directora alterna e investigadora principal del Instituto Milenio en Inmunología e Inmunoterapia (IMII) y profesora titular de la Pontificia Universidad Católica de Chile. El adelanto y la extensión de los períodos de floración amplían la ventana en que el polen circula en el aire y prolongan los cuadros alérgicos estacionales: la cantidad de días con síntomas depende de cuánto tiempo permanezcan disponibles esas partículas en suspensión.
Los pólenes son elementos producidos por las flores de especies vegetales que viajan en el aire durante la floración y que, en sí mismas, no representan un peligro para el organismo. En una persona sensibilizada, el sistema inmune reconoce estas sustancias inocuas de manera exagerada y desencadena una respuesta alérgica, habitualmente mediada por la liberación de mediadores inflamatorios como la histamina.
Esa respuesta alérgica genera inflamación de las mucosas de la nariz y de los ojos, generando estornudos, congestión nasal, picazón, rinorrea y molestias oculares.
La intensidad de la reacción no depende únicamente de la cantidad de polen. Cada persona llega a la primavera con una carga genética que la hace más o menos reactiva, y sobre esa base actúan condiciones del entorno capaces de amplificar la respuesta. “Hay factores ambientales, además de los que puede tener cada persona, como son los genes, que pueden activar o favorecer que el sistema inmune se active más fuertemente, como por ejemplo la contaminación, fumar o la exposición al humo, y todo esto puede dañar la mucosa respiratoria dejándola más expuesta”, explica la investigadora.
Estacionalidad alterada y ventana de exposición
El calendario dejó de ser una referencia estable en la materia: su desplazamiento responde a variables que operan sobre el conjunto de la estación primaveral. Entre ellas figuran los ciclos de lluvia, las variaciones de temperatura y los fenómenos de escala global que alteran el comportamiento de la vegetación.
“El cambio climático, las variaciones de las estaciones de un año a otro y también el efecto de El Niño y La Niña van cambiando la forma en cómo la naturaleza se va comportando y, por lo tanto, la exposición o la aparición de los alérgenos”, describe la especialista del IMII.
El período con síntomas coincide con el lapso en que el agente al que es sensible cada paciente permanece suspendido en el aire. Una floración adelantada o extendida se traduce entonces en semanas adicionales de tratamiento. Los cambios en temperatura y precipitaciones pueden favorecer a determinadas especies por sobre otras, modificando su abundancia, sus períodos de floración y, con ello, el tipo y la duración de los alérgenos presentes en el ambiente.
Reducir el contacto es la primera medida de manejo y no requiere fármacos. En quienes presentan rinitis, el lavado nasal frecuente arrastra las partículas depositadas en la mucosa antes de que la reacción se instale. La mascarilla, con resultados variables entre personas, disminuye la cantidad de polen que se inhala, con el mismo principio que se aplica frente a los virus respiratorios.
Otras recomendaciones buscan evitar que los alérgenos que se adhieren a la ropa, el pelo o la piel ingresen al hogar y prolonguen la exposición. “Hay personas que son alérgicas al polen de determinados árboles, como el plátano oriental, o al de otras especies vegetales que predominan en distintas épocas del año. Por eso, al volver de la calle, medidas simples como ducharse y cambiarse de ropa pueden ayudar a disminuir la exposición”, señala la Dra. Bueno.
Diagnóstico antes que medicación
La automedicación es la respuesta más habitual al primer estornudo de la temporada, y también el punto donde el manejo se desordena, advierte la especialista. Un mismo cuadro de congestión y picor puede responder al polen, a ácaros, al pelo o caspa de una mascota e incluso causas no alérgicas. Por eso, identificar correctamente el desencadenante permite orientar mejor las medidas de prevención y el tratamiento y, cuando corresponde, evaluar alternativas específicas como la inmunoterapia.
A esa ambigüedad se suma el calendario sanitario. La salida del invierno mantiene circulando virus respiratorios que producen secreción nasal, congestión y molestias oculares difíciles de distinguir de un cuadro alérgico durante los primeros días. “En esta época es frecuente confundir una infección respiratoria con un cuadro alérgico, porque pueden compartir síntomas como congestión y secreción nasal. Por eso es importante consultar, especialmente cuando aparecen síntomas por primera vez, para poder distinguir su origen y definir el manejo más adecuado”, explica la Dra. Bueno.
Los medicamentos utilizado comúnmente para tratar las alergias actúan principalmente sobre la respuesta inmune que genera los síntomas y la inflamación, pero no eliminan la sensibilización frene al alérgeno. Los antihistamínicos bloquean la acción de la histamina, que produce la inflamación, estornudos, picazón y secreción nasal, mientras que los corticoides nasales reducen la reacción alérgica en la mucosa respiratoria principalmente. La elección del tratamiento depende del tipo y la intensidad de los síntomas, por lo que es recomendable contar con un diagnóstico adecuado antes de iniciar su uso.
El tratamiento farmacológico tiene además una condición temporal: su eficacia varía según se inicie antes de que el polen aparezca en el ambiente o con la reacción ya en curso. “Es muy importante consultar al especialista y conocer el diagnóstico, especialmente cuando existe una historia previa de alergia, porque en algunos casos comenzar el tratamiento con anticipación permite controlar mejor los síntomas cuando aumenta la exposición”, precisa la investigadora.