El cambio climático podría recortar un cuatro por ciento del PIB global anual para 2050 y causar 250.000 muertes adicionales al año entre 2030 y 2050 por desnutrición, malaria, diarrea y estrés por calor. Esas son las cifras que la Organización Mundial de la Salud y el Panel Intergubernamental de Cambio Climático ponen sobre la mesa en el Día Mundial del Medio Ambiente, que se conmemora el 5 de junio.
El informe GEO-7, elaborado por 287 científicos de 82 países, agrega que adoptar medidas de transformación ambiental podría evitar nueve millones de muertes prematuras para 2050.
Chile está entre los países más expuestos a esos impactos y concentra cinco de los nueve límites planetarios en estado crítico. La zona central figura como uno de los puntos calientes del planeta, con procesos acelerados de desertificación, pérdida de glaciares y variabilidad hídrica que ya afectan la agricultura y los ecosistemas de alta biodiversidad de su zona mediterránea.
La Dra. Eugenia Gayó, investigadora del Instituto de Ecología y Biodiversidad (IEB) y del Centro de Ciencia del Clima y la Resiliencia, plantea que la respuesta no pasa solo por reducir emisiones. “Cuidar la biodiversidad no es un gesto simbólico, sino que es fortalecer la resiliencia de las sociedades y abrir una posibilidad real de futuro”, señala Gayó, delegada de Chile ante el IPCC.
El desierto avanza hacia el sur
La región de Coquimbo registra el nivel de desertificación más grave del país. El Dr. Álvaro Salazar, investigador del IEB y del Centro de Estudios Avanzados en Zonas Áridas (CEAZA), describe un proceso que combina factores climáticos con decisiones de manejo del territorio: la expansión del anticiclón del Pacífico se acelerará con el calentamiento global y afectará zonas que hoy todavía reciben lluvias, desplazándose desde la Región del Maule hacia el sur.
El despeje de vegetación por ganadería intensifica la aridez a través de un mecanismo de retroalimentación: menos vegetación produce una atmósfera más seca, lo que dificulta la recuperación de la cubierta vegetal. “Mientras más sacamos la vegetación, más seca es la atmósfera sobre esa vegetación y más difícil y exacerba el proceso de desertificación. Es un efecto sumado y acumulativo”, advierte el ecoclimatólogo.
Un proyecto del CEAZA y la Universidad de La Serena demostró que cerrar 100 hectáreas al ganado reactivó una quebrada completamente seca. Esa comunidad recibe hoy ingresos por turismo y dispone de agua en plena megasequía. Los modelos de Salazar refuerzan esa evidencia: al restaurar la vegetación de Chile central, el clima local transita de árido a semiárido. La vegetación funciona como una bomba de agua que aumenta la humedad atmosférica local.