La temporada de lluvias al norte del paralelo 35 (a la altura de Curicó, en la Región del Maule) se ha acortado hasta siete semanas por década en los sectores más afectados durante los últimos 20 a 30 años, principalmente porque las precipitaciones comienzan más tarde.
El cambio responde a que en otoño ocurren menos episodios de lluvia, de acuerdo a un análisis de registros diarios entre 1960 y 2021, efectuado por investigadores chilenos.
El estudio fue publicado en septiembre en el Journal of Southern Hemisphere Earth Systems Science y forma parte de la línea que lidera Diego Rivera, investigador principal del Anillo Nexo de la Universidad del Desarrollo. El trabajo cubre la franja entre los paralelos 32 y 40 (entre las regiones de Valparaíso y Los Rios), elegida por su peso económico y demográfico en el desarrollo país.
El grupo desarrolla desde hace varios años indicadores distintos a los habituales. En vez de sumar los milímetros caídos en un año o una estación, analiza la secuencia diaria entre días secos y días con lluvia, y cómo esa alternancia ha cambiado. “No es lo mismo que trescientos sesenta y cinco milímetros en el año caigan un milímetro al día a que caigan concentrados en un solo mes, y también hay una diferencia si ese mes es enero o es septiembre”, explica el Dr. Rivera.
Chile central atraviesa desde 2010 una megasequía cuya disminución de precipitaciones ha sido ampliamente estudiada, en general a partir de totales anuales o estacionales. Según los autores, la relación entre esa variabilidad y la forma en que la lluvia se reparte dentro del año sigue poco explorada. Fijar cuándo empieza y termina la temporada tampoco es simple, porque ambas fechas varían de un año a otro y también de un lugar a otro.
Una temporada que comienza más tarde
La producción agrícola de Chile central se concentra en primavera y verano, de modo que el agua disponible entre octubre y febrero depende en gran parte de lo que llovió en invierno. Esa precipitación se almacena en la nieve, las napas subterráneas y los embalses, y las siembras, el riego y la preparación de suelos se programan según la fecha esperada de inicio y la duración de la temporada húmeda. “Esas planificaciones dependen de cuándo uno espera que las lluvias comiencen, cuándo uno espera que paren y cuánta agua va a estar disponible”, precisa el Dr. Diego Rivera.
El análisis de tendencias muestra dos etapas. Entre 1960 y 1990, la temporada se alargó al norte del paralelo 35, hasta un mes por década. Desde 1991 la tendencia se invirtió, y los mayores acortamientos se concentran entre 2000 y 2021. Al sur del paralelo 38 (en las cercanías de Angol, en la Región de La Araucanía) también aparece una reducción, de hasta dos semanas por década. El resultado se repite en las tres combinaciones, lo que los autores consideran un indicio de solidez.
La reducción proviene casi por completo del retraso en el inicio. La fecha de término muestra una leve tendencia a adelantarse al norte del paralelo 35, en general sin significancia estadística. El retraso, a su vez, se explica sobre todo porque entre abril y junio ocurren menos episodios de lluvia que antes. La menor cantidad de agua por episodio tiene en esa zona un papel secundario.
Menos agua en cada lluvia
El punto de partida del grupo fue una percepción que el Dr. Rivera escucha con frecuencia entre personas mayores. Recuerdan inviernos en que pasaban tres semanas sin ver el sol, o temporadas en que la lluvia empezaba hacia abril y no se detenía hasta septiembre. Esa memoria describe la forma en que llovía más que la cantidad, y es la que el equipo buscó medir.
Las rachas secas y húmedas funcionan como una partitura. Una cuenta los días seguidos sin precipitación y la otra los días seguidos con lluvia, y juntas describen una alternancia de golpes y silencios que cambia de un año a otro. “En nuestro grupo le llamamos el ritmo de la lluvia. Esa cadencia es lo que nosotros creemos que los agricultores son capaces de percibir, y con eso planificar”, cuenta el académico de la Universidad del Desarrollo.
Al sur del paralelo 35, las fechas de inicio y término no cambiaron de forma significativa, pero la temporada perdió agua por otra vía. Entre los paralelos 34 (O’Higgins) y 39 (La Araucanía), la precipitación promedio de cada racha húmeda registra las caídas más marcadas, y la duración de esas rachas también disminuye. Entre los paralelos 36 (Ñuble) y 39 hubo un leve aumento en el número de eventos, sin significancia estadística, que no alcanzó a compensar el menor volumen de cada uno.
El análisis por trimestre ubica las mayores caídas en mayo, junio y julio, en especial en junio, que suele ser el mes más lluvioso de Chile central. Para los autores, estos cambios ocurren en el núcleo de la temporada más que en sus extremos, y explican buena parte del descenso de las precipitaciones durante el período húmedo y en los totales anuales.