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“¡Por qué no se callan, tropa de ordinarios!”: la polémica historia de Sabat que revivió con su repostulación

La historia fue revivida ayer por el dramaturgo a propósito de la que asegura es una “cura milagrosa del cáncer” que sufría Sabat.

Debido al anuncio del ex alcalde Pedro Sabat de tener la intención de volver a dirigir Ñuñoa -tras haber renunciado al cargo-, comienzan a reaparecer varios cuestionamientos que recibió el ex edil durante su larga gestión municipal, entre ellos una curiosa historia del reconocido guionista y dramaturgo Marcelo Leonart.

El texto fue publicado originalmente en The Clinic algunos años atrás y revivido ayer por Leonart a propósito de la que asegura es una “cura milagrosa del cáncer” que sufría Sabat, que lo tiene con todas las energías para enfrentar una nueva elección.

Leonart es autor de varios clásicos de la televisión (“Secretos en el jardín”, “Romané”), cine (“Grita”) y teatro (“Todas las fiestas del mañana”).

Revisa acá la historia:

“Teatro California repleto. Año ¿2006? Por un lado, los vecinos organizados y no tanto, tratando de evitar a toda costa lo que ya era inevitable: que Ñuñoa no terminara depredada por las empresas constructoras que encontraron ahí un nicho- y un cómplice- para hacer sus lucas. Por otro, la claqueta de Pedro Sabat Pietracaprina, un montón de viejas fachas y pinochetistas (organizadas quizás desde sus tiempos de CEMA Chile), aplaudiendo cada salida de un alcalde que se comportaba como dueño de fundo, haciendo callar a sus contrarios y leyendo con sorna y provocación las opiniones llegadas al sitio web de la municipalidad. “Gracias, señor Sabat, por la plusvalía que les está dando a mi propiedad”. “Se pasó, alcalde, Ñuñoa está dando un paso a la modernidad”. “La raja, Pedrito, todo pasando”.

Cuando llegó el momento de las preguntas del público, debieron pasar unos veinte minutos antes de que el lameculos encargado le pasara el micrófono a un detractor. Su pregunta fue clara y directa. “Señor Sabat”, dijo. “¿Es verdad que usted tiene una inmobiliaria?” (Fue sólo eso. Una pregunta clara y hasta neutra. La pregunta no fue: ¿Se ha enriquecido ilícitamente durante su gestión?, ¿Es verdad que se traficaba droga desde su automotora? ¿Es verdad que la red de sus amistades llega más temprano que tarde al “Perilla”? ¿Es verdad que es tan bueno para los negocios que con su sueldo de alcalde más unos pololitos tiene propiedades para tirar al techo? ¿Es verdad que contrata en la municipalidad a sus socios comerciales? ¿es verdad que las licitaciones de la muni se las gana el hijo de su amigo aunque no tenga ni patente municipal?).

Fue sólo eso. Nada más esa pregunta. Y esa vez, en el teatro California, no lo vimos “emocionado hasta las lágrimas”, como tituló La Segunda. No se hizo el ofendido. Simplemente ante el sorpresivo expresivo “¡Uuuuuuh!” que surgió de la audiencia ante la posible respuesta que debería dar, el edil sacó su mejor cara. “¡¿Por qué no se callan tropa de ordinarios?!”, exclamó desde la testera. Y continuó: “¿Alguna pregunta?” ¡Y no respondió! Incrédulos, un grupo desde atrás gritamos: “¡Contesta, poh! ¡Te hicieron una pregunta!” Y el energúmeno- eso parecía- espetó: “¡¿Qué se han creído tropa de rascas?! ¡Vengan a decírmelo a la cara!”

Aquí viene la parte ingenua de la historia. Con mi humilde humanidad (soy bajito con el favor de Dios) parto rumbo al escenario mientras un claque de viejas me gritan “¡chico comunista!” para decirle al edil lo que hay que decirle. Al verme avanzar Sabat enrojece. La yugular viva. Todos los antidepresivos o lo que sea que tome se le van a la mierda. Pierde la compostura y me grita, delante de todos: “¡¡Dime algo, huevón! ¡Dime algo y te meto preso!” Y no alcanzo a decirle nada, porque antes de poder pronunciar una palabra, se me acercan ¿cuatro, cinco? tipos de terno y lentes oscuros, pelo negro y cortito (¿les suena?) y me agarran del cogote (no podía respirar) y me empiezan a pegar rodillazos en los riñones (pancorazos que le llaman, para callado, para que se sientan pero no se note), mientras las viejas rechuchas de su madre celebran (las huevonas se reían) y un par de ciudadanos me salvaban de los gurkas que seguro eran pagados por mi patente municipal y no por el “Perilla”.

Cuando finalmente me soltaron, uno de los “guardias” (yo les llamaría “agentes jubilados” o simplemente “agentes”) me espetó esta perla (textual): “¡Y después alegan por los derechos humanos!”

A la salida- esto es de no creerlo- uno de los miserable me siguió hasta la puerta del teatro. Y ahí, frente a un paco de turno, el “agente” me pegó con toda la fuerza que pudo ¡una patada en la raja! Fuerte, precisa. Y totalmente impune porque el cabo o lo que fuera, dijo que no había visto nada. ¿Ustedes creen que si yo le hubiera pegado un patada en la raja al Gurka o al paco o a Sabat no me hubieran metido preso? Para qué hablar de un jarrazo como el de María Música a la ministra de Educación.

Esa noche, me fui a mi casa pensando en eso. Y pensando que me seguían. Me di un par de vueltas a la manzana antes de entrar a mi casa. Me dio julepe. “Rica tu democracia”, pensé, sobándome los riñones y el culo. Por lo menos no me fui de pancorazo en las bolas como el Luizo Vega, ¿se acuerdan? Porque eso es lo que hace Sabat cuando alguien le insinúa que es un…¡corrupto!”.

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