Hace unos días, mientras revisaba unos archivos viejos, me crucé con una foto de mis primeros años en Chile, a mediados de los 90. Estábamos en una sala de edición, rodeados de pantallas y cables, rollos de fotos, cámaras y seguramente rodeados de olor a café de máquina que parecía ser el combustible universal de los medios.
En ese entonces, la gran “amenaza” tecnológica era la digitalización de la imagen.
Recuerdo largas charlas apasionadas sobre si el arte de una fotografía se perdería su arte al pasar de lo análogo a los digital. Hoy, esa charla parece prehistórica. El debate actual no es sobre el soporte, sino sobre quién -o qué- aprieta el botón y, más importante aún, quién decide por qué ese botón debe ser apretado y que hacemos luego.
Llevo un tiempo sumergido en el ecosistema de la Inteligencia Artificial. No desde el miedo, sino desde la curiosidad de quien ha visto pasar varias olas tecnológicas y entendió que la clave no es nadar contra ellas, sino aprender a surfearlas.
Sin embargo, hay algo que el algoritmo todavía no logra decodificar, y es precisamente aquello que nos hace humanos en el entorno laboral: la sutil frontera entre la información y el criterio.
El factor humano frente al algoritmo
Se habla mucho de que la IA viene por nuestros puestos de trabajo. Pero si analizamos con lupa el material que circula hoy sobre el futuro del trabajo, la verdadera frontera no está en la capacidad de procesar datos -ahí ya perdimos la batalla- sino en terrenos donde la humanidad sigue siendo la dueña de casa, la inteligencia emocional, los oficios manuales de alta precisión y la capacidad de reaccionar ante lo inesperado.
La IA es excelente para predecir el pasado, pero es torpe para inventar el futuro, porque la verdadera innovación suele nacer de una anomalía, de un error creativo, de un “no sé por qué, pero esto me late que va por acá”.
La trampa del “copy-paste” corporativo
Sin embargo, en esta transición estamos cometiendo un pecado de juventud que me preocupa. Me pasa a menudo en el ecosistema profesional que veo a jóvenes con cargos relevantes en empresas de primera línea sugerir ideas que son, literalmente, un calco de lo que les entregó el modelo de lenguaje de turno.
Llegan a la mesa justificando que “leyeron un par de papers” que avalan tal o cual teoría marketera o principalmente digital, y que por eso mismo hay que aplicarlo exactamente como lo dictó la IA, sin análisis y en tiempo real.
Es ahí donde el peligro se vuelve real, en la inmediatez. El problema no es la herramienta, sino la renuncia a la reflexión. En esos momentos, el criterio desaparece y la inexperiencia se transforma en un capricho por validar la teorías de IA a toda costa, usándola como un escudo para no tener que defender una idea nacida del análisis personal.
Se confunde el acceso a la información con la sabiduría para aplicarla; olvidan que un “paper” no conoce la cultura de una empresa, ni el humor de un cliente, ni la sensibilidad de un mercado tan particular como el nuestro.
Hacia un marketing de propósitos, no de procesos
Desde mi visión de un marketing progresista, entiendo que la tecnología debe ser una herramienta de liberación, no de reemplazo del pensamiento crítico.
En la comunicación de hoy, la transparencia y la ética no son opcionales; son el valor diferencial. Y la ética es un ejercicio puramente humano que requiere cuestionar lo que la máquina nos da “mascado”.
No podemos permitir que la eficiencia algorítmica sepulte la intuición que nos permite conectar de verdad con las personas.
El desafío de la creatividad local
Mirando hacia adentro, a lo que pasa en la creatividad chilena, tenemos un talento brutal, pero corremos el riesgo de volvernos perezosos por exceso de confianza en la tecnología.
La IA va a democratizar tanto la ejecución técnica que lo único que nos salvará de la irrelevancia es la audacia. La industria local tiene el desafío de dejar de usar la IA solo para “optimizar” o para validar inseguridades profesionales, y empezar a usarla para profundizar en nuestra propia identidad.
Al final del día, la pregunta no es qué puede hacer la IA por nosotros, sino qué estamos haciendo nosotros que sea tan genuinamente humano que ninguna actualización de software pueda imitarlo.
Nuestra trinchera no es la eficiencia, es ese criterio que solo se pule con los años, la observación de la calle y los errores asumidos. Y ahí, por suerte, todavía tenemos la última palabra.