Escribir esta columna no deja de comportar riesgos. Algunos uno los asume feliz; otros te obligan a pensar dos veces lo que vas a escribir. No hay duda que Javier Olivares ha sido uno de los personajes de la semana. Pero tampoco hay duda que consagrarle una columna entera a este diputado sin ideas, sin proyecto político o intelectual de ningún tipo, que solo ha conseguido los titulares disfrazándose de Pinochet, es hacerle un regalo que no merece. Un regalo que no me importaría hacerle si no fuese también regalarle veneno a una democracia, que merece todo el respeto que ningún tirano puede exigir.
La estrategia de Olivares, locutor de televisión y radio de logros discretos, es de una simpleza pavorosa. Provocar hasta exasperar y conseguir que esa exasperación se convierta en violencia. Una violencia que el tonto de turno , en este caso la exdiputada Carmen Hertz, justifica logrando el insolente pase de victimario a víctima, todo abundantemente filmado y fotografiado. Una operación de marketing básico que involucra esta vez el dolor de tantos que no podemos sacar de la capa del dictador más que una oscuridad sin fondo, un telón macabro que marcó el escenario de nuestra tragedia.
Lo terrible no es que esta especie de novio de torta, que ya no sabe si piensa en inglés o castellano, crea que salir en los medios de cualquier modo es su único trabajo. El problema es que muchos, demasiados en ambas cámaras, piensan igual. Empezando por la que posa al lado de Olivares en su infame disfraz: Pamela Jiles, ex militante comunista, ex frentista del Manuel Rodríguez, hoy militante del PDG, la misma bancada del diputado que se disfraza de Pinochet. Una pirueta biográfica que no le impide desafiar a Iván Valenzuela a mostrar una sola declaración en que diga ser de izquierda, entre las que llenarían varios anaqueles confirmando su otrora caracareado izquierdismo. El elenco del Caleuche sigue con el diputado más o menos convencido de que la tierra es plana, apasionado con su propia ignorancia exageradamente informada. En la lista de la infamia no se puede pasar por alto a la pareja parlamentaria experta en oficios, investigaciones dudosas y declaraciones rimbombantes contra todo el mundo, salvo, claro, contra el alcalde investigado que tienen en la familia.
Pero lo peor del Congreso no son sus más famosas y delirantes estrellas fugaces —ex modelos, ex actores, ex víctimas, ex árbitros, ex ex—, sino esos diputados o senadores ligeramente anónimos que pirquinean beneficios para sus regiones, que ignoran lo que votan y votan lo que ignoran, que juegan a ser caciques aunque no tengan indios que arriar, que jamás piensan mucho en nada y en que nadie piensa tampoco. Parafraseando a Serrat: lo peor de cada casa. Un elenco que recuerda Los doce del patíbulo, esa película en que les encargaban a los más peligrosos e insubordinados de los soldados emprender una misión imposible. La misión imposible, en el caso de este Congreso, que no es otra que legislar con alguna lógica, con algún sentido de urgencia, con algún asomo de sentido común
¿Es este el peor Congreso desde el comienzo de la democracia? Sí y no. El anterior no dejaba de ser execrable, aunque, como en este, tuviera entre medio algunos diputados y senadores que sabían lo que estaban haciendo. Peor aún fue el anterior al anterior, el que le tocó en suerte gestionar el estallido social y la pandemia. En apariencia un Dream Team en que figuraban los mejores de la generación de las protestas del 2011, que resultaron seducidos como el peor por los cantos de sirena de Pamela Jiles, o los torneos de oratoria de personajes tan tristes como el diputado Naranjo. Los retiros, una de las peores políticas jamás soñadas, un engendro de extrema derecha enarbolado como una bandera de lucha por la extrema izquierda, no habrían podido gestionarse en otro Congreso que en ese que llegó a pensar en derrocar al presidente por oficio.
Tampoco era en nada notable el Congreso anterior a este, pero teníamos la ilusión de que era a la postre inocuo. No lo era. Era parte de una decadencia ostensible a simple vista del poder legislativo en que no poco tuvo que ver el cambio de sistema electoral, sumado a una decadencia aún más visible en la formación intelectual y moral de nuestra elite. Generaciones con más estudios en más universidades del primer mundo a los que les cuesta el verbo y el predicado en la misma oración, las causas y los efectos en el mismo razonamiento, el pasado y el presente en la misma historia, o como, en el caso del presidente, la metáfora y la hipérbole. Ese espejo de la falta de formación esencial, de eso que se llamaba antes “cultura general”, es parte del problema. La otra parte radica sin duda en la economía simbólica de las redes sociales, su forma de tratar las ideas, la polarización que es su negocio.
La pregunta de si es posible una democracia liberal en una opinión pública dominada por las redes no puede dejar de volver una y otra vez a nuestra mente al ver la galería de monstruos más o menos perfectos que nos representan en ambas cámaras. Qué hacer o no hacer excede por mucho el tema de esta columna. O quizás sea el tema de esta columna. Tratar a Olivares como un político que importa no es justo ni con él ni con la política. Tratarlo como un simple figurín de cartón piedra tampoco es justo, ni con él ni con la política. El hecho de que sea diputado de la República, de un partido que puede hacer la diferencia en muchas leyes, es un error que todos debemos asumir. Yo asumo mi parte perdiendo una bella mañana de este delicado otoño, escribiendo sobre él.