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El Messias no camina de fucsia

Mientras los Cooling Breaks congelan el juego para vender publicidad y el fucsia corporativo del calzado deportivo invade las canchas por dictado del mercado, Lionel Messi flota sobre el césped de blanco absoluto: la sutil rebelión del Rey frente al diseño del fútbol estandarizado.

El fútbol, ese viejo ritual que alguna vez perteneció a la calle, a la tierra y al barro, hoy se define en un laboratorio de marketing a miles de kilómetros de la cancha. Si alguien todavía duda de que este Mundial se juega más en las planillas de las multinacionales que en el césped, solo hace falta mirar hacia abajo. Clavar la vista en el piso. Ahí donde antes habitaba el negro riguroso y el cuero austero, hoy estalla un color que lo invade todo con una uniformidad asustadora, el magenta. O el fucsia intenso, diría que un tono “Little Pony”, para ser más directos. Un tono estridente, casi violento para los puristas, que se ha transformado en el calzado obligatorio de la cita futbolera.

¿Cómo llegamos a esto? ¿En qué momento el deporte más popular del mundo y machirulo se tiñó de este flúor omnipresente? La respuesta corta es que las marcas ya ni siquiera disimulan su falta de diferenciación competitiva si el beneficio visual es colectivo.

El fenómeno responde a una sincronía corporativa asombrosa. Nike, Adidas, Puma, New Balance… todas las firmas se alinearon bajo el mismo Pantone.

La primera explicación es técnica y puramente comercial. El fucsia no está ahí por un mero capricho azaroso. Está ahí por dos razones. La primera es porque es el color que genera el más alto contraste con el verde del césped en las transmisiones de alta definición y en las pantallas de los smartphones. En la era del scroll infinito y el algoritmo visual, una marca ya no busca que mires el zapato; necesita que el calzado te salte a los ojos en una milésima de segundo, ya sea que estés viendo el partido en una televisión de sesenta pulgadas, en un clip de TikTok o en vivo desde la tribuna.

El magenta satura la pantalla, rompe la matrix del partido y se convierte en un faro publicitario en movimiento. Es diseño pensado para el consumo óptico inmediato.

La segunda razón es que existe una derivada temporal e industrial que pocos se detienen a analizar y que añade una capa muy realista a esta sobredosis de color. En el mundo del diseño de indumentaria y calzado, en este caso de alto rendimiento, los zapatos que vemos hoy en las canchas se comienzan a proyectar hasta con dos años de anticipación. Y si revisamos el archivo, descubrimos que el fucsia eléctrico y el magenta profundo fueron justamente la gran predicción de tendencias de agencias globales como WGSN y el propio estándar de Pantone hacia el año 2024. Las corporaciones absorben esas directrices de macrotendencias con un desfase natural. Así, lo que nació en los escritorios de los cazadores de tendencias hace un par de años como el color del futuro, termina decantando hoy, de forma casi simétrica, en las líneas de producción de todas las marcas deportivas para este evento masivo. La coincidencia no es divina; es el retraso lógico y planificado de la cadena de producción global.

Pero mientras el noventa por ciento de los jugadores corre tinturado bajo esa lógica de manual de marca y tendencias recicladas, hay un hombre que camina a contracorriente de la corriente misma.

Lionel Messi saltó a la cancha con zapatos blancos. Limpios. Clásicos. Una edición especial de Adidas que prescinde del ruido cromático. Esta declaración de principios visual termina siendo, paradójicamente, el mayor golpe de marketing de todos. En un mar de estridencia magenta, la verdadera disrupción es la sobriedad.

El blanco de Messi no necesita gritar para llamar la atención; brilla precisamente por su ausencia de pirotecnia. Mientras los demás aceptan el uniforme del negocio y se camuflan en la masa colectiva del flúor, el diez se viste con la elegancia del que no necesita demostrar nada. Sabe perfectamente que su juego no requiere de un color estridente que lo valide ante el lente de la cámara. El contraste lo hace su talento, no el tono de su calzado.

El fucsia satura la pantalla y rompe la Matrix del partido. Pero en un mar de estridencia corporativa, la verdadera disrupción termina siendo la sobriedad absoluta de un clásico.

Esta dictadura del calzado flúor y homogeneizado es solo el síntoma de una enfermedad mucho más profunda que ha terminado por desvirtuar el espíritu del juego.

Este Mundial ha alcanzado niveles de mercantilización que rozan lo obsceno, modificando los ritmos biológicos y deportivos en pos del rendimiento financiero. Ya no se trata solo de la publicidad estática o del logo en el pecho; las marcas y las cadenas televisivas finalmente lograron lo que tanto buscaron por décadas: cambiar las mismísimas reglas del juego para adaptarlas a la pauta comercial.

La última frontera que derribaron fue el sagrado tiempo corrido de 45 minutos. La introducción institucionalizada de los llamados Cooling Breaks o pausas de hidratación -justificados bajo el noble pretexto técnico de resguardar la salud de los atletas ante el clima- se ha revelado como la capitulación más evidente ante el negocio de las transmisiones.

Lo que en el papel se defiende como un minuto necesario para el bienestar físico, en la práctica se ha estirado y transformado en una ventana comercial perfecta. Detener el flujo natural de un partido, romper el ritmo táctico de un equipo que presiona y congelar la emoción del espectador para encajar minutos de pauta publicitaria en vivo es el triunfo definitivo del espectáculo por sobre el deporte. El aire televisivo vale millones y el juego ya no manda; manda el bloque comercial. Nos venden la épica de la camiseta y el sufrimiento deportivo, pero lo que realmente están transmitiendo es un pauta comercial convenientemente fragmentada.

Al final del día, uno se queda con esa postal extraña y un tanto cínica de la modernidad. Veintidós atletas corriendo detrás de una pelota bajo el diseño de un set de televisión hipertecnologizado, calzando todos el mismo fucsia industrial que una agencia de tendencias dictaminó hace dos años para que la marca resalte en el feed del celular, y deteniéndose obligatoriamente cuando el segundero del Cooling Break lo ordena para cumplir con los auspiciadores de la transmisión.

Menos mal que, de tanto en tanto, la pelota le llega a un tipo con zapatos blancos que nos recuerda, aunque sea por el destello de una jugada, de qué se trataba verdaderamente este juego antes de que lo convirtieran en una gigantografía global.

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