Nunca hemos dejado de enseñar

A no confundirse: siempre ha habido y habrá clases, aunque éstas tengan que impartirse en contextos tan distintos como desafiantes. Ojalá que, con la llegada de este nuevo año escolar, tanto nuestros relatos como los niveles de empatía hayan cambiado.

Por Roberto Bravo Director Red de Escuelas Cap Maule › Actualizado: 08:59 hrs
Las clases presenciales estuvieron suspendidas gran parte del 2020, a partir del 16 de marzo, dando paso a la educación a distancia (Agencia UNO/Archivo)
Las clases presenciales estuvieron suspendidas gran parte del 2020, a partir del 16 de marzo, dando paso a la educación a distancia (Agencia UNO/Archivo)
Compartir

“Enseñar siempre: en el patio y en la calle como en la sala de clase. Enseñar con actitud, el gesto y la palabra”, escribía Gabriela Mistral, poniendo como siempre al centro, el rol del educador y el quehacer pedagógico. Una tarea que se ha vuelto titánica en tiempos de pandemia y trabajo remoto.

“Hay que merecer el empleo cada día. No bastan los aciertos ni la actividad ocasional”, decía nuestra poeta nacional. Que frase más cierta. Si miramos en perspectiva lo que significó para las escuelas la irrupción de la pandemia, podemos ver como miles de centros educativos – sin ninguna preparación para algo de esta envergadura – tuvieron que arreglárselas para salir adelante de algún modo. Comunidades escolares enteras se reinventaron y aprendieron nuevos sistemas. Procesos o plataformas que jamás hubiesen pensado conocer.

Fueron meses intensos, marcados también por enormes cuestionamientos hacia la labor docente. “Están felices en sus casas (los profesores) conectándose dos horas al día”, se leía en un Twitter el año pasado. “Yo pago por un servicio que no me lo están entregando…”, decía alguien en Facebook. Nada muy distinto a este año, cuando una autoridad planteaba que los profesores eran flojos por no querer retornar a las escuelas presencialmente, o como se leyó en alguna red social “como no hay clases, no quiero pagar”.

Podríamos decir que estas declaraciones provienen de personas que desconocen los procesos concernientes al acto de enseñar, y todo lo que éste conlleva. Sí, podríamos terminar ahí, y sería justo quizás. Pero el acto de formar personas merece decir algo más (aunque baste con lo anterior), porque educar es -definitivamente- algo muchísimo más complejo.

Al igual que un atleta, un profesor no sólo “trabaja” cuando está en la sala de clases (presencial o remota). Porque si así fuese, diríamos entonces que el corredor sólo trabaja cuando corre. Concebir de esta manera el acto de enseñar es, sin lugar a dudas, desconocer completamente la cantidad de horas de planificación que conlleva preparar una clase de 45 minutos, por ejemplo. O el tiempo que se necesita para entrevistar y transcribir las reuniones con padres y estudiantes. Y ni hablar de las horas que se requieren para el trabajo interdisciplinario, las reuniones técnicas y la supervisión de patios (o salas virtuales), el día de hoy.

Tal vez, uno de los errores comunicacionales del año pasado fue plantear con cierta insistencia que se tenía que volver a clases. Pero algo no se dijo. Faltó decir a qué tipo de clases se referían. Porque clases siempre hubo. Lo que se suspendió fueron las clases presenciales, pero nunca se dejó de enseñar. Este 2021 no podemos caer en lo mismo. Porque ahora, cuando muchas comunas de nuestro país retroceden a cuarentena, cientos de escuelas y colegios deberán volver a sus sistemas remotos de enseñanza y aprendizaje. Es de esperar entonces que, a diferencia del año pasado, todos tengamos claro que se suspenden sólo las clases presenciales, y no el acto de enseñar. Porque nuestros profesores y profesoras seguirán (a pesar de las dificultades y obstáculos) impartiendo clases de calidad como siempre, es decir, con profesionalismo, rigor y entrega.

A no confundirse entonces: siempre ha habido y habrá clases, aunque éstas tengan que impartirse en contextos tan distintos como desafiantes. Ojalá que, con la llegada de este nuevo año escolar, tanto nuestros relatos como los niveles de empatía hayan cambiado, porque tal como planteaba la profesora Mistral: “En el progreso o el desprestigio de un colegio todos tenemos parte”.