La niebla lúpica tiene nombre científico. Las personas con lupus que describen olvidos frecuentes, pérdida de orientación espacial o dificultad para organizar tareas cotidianas están experimentando una disfunción cognitiva que tests neuropsicológicos confirman en alrededor del 20% de los adultos con la enfermedad.
Durante años, ese síntoma fue subestimado clínicamente. Un equipo del Centro Ciencia & Vida de la Fundación Ciencia & Vida y la Universidad San Sebastián lleva más de quince años construyendo la explicación molecular de lo que ocurre en el cerebro.
La investigación, liderada por el Dr. Alfonso González de la Rosa, identificó que los anticuerpos anti-proteínas P, presentes en alrededor del 15% de los casos de lupus activo y más frecuentes en las etapas iniciales de la enfermedad, se unen a una proteína de superficie neuronal llamada NSPA. Esa unión reduce receptores fundamentales para la transmisión de señales nerviosas, altera la estructura de las sinapsis y produce consecuencias medibles en la memoria espacial de modelos animales. El daño no se limita a replicar lo que ocurre cuando la proteína NSPA está ausente: los anticuerpos van más lejos, disminuyendo también los receptores AMPA y alterando proteínas clave en la arquitectura de la sinapsis.
Un hallazgo adicional ayuda a explicar por qué el daño es tan persistente. La microglía, el sistema inmune del cerebro que identifica y elimina conexiones dañadas en un proceso llamado poda sináptica, mostró una reacción intensa en el hipocampo bajo las condiciones experimentales del estudio. Esa activación exacerbada podría estar agravando la pérdida de sinapsis en presencia de los anticuerpos, sumando al daño directo un proceso de limpieza que opera en exceso.
La disfunción cognitiva asociada al lupus no afecta la inteligencia ni el lenguaje. La Dra. Loreto Massardo, reumatóloga y académica de la Facultad de Medicina de la USS, que lidera la dimensión clínica del proyecto, lo describe con precisión: alguien joven va al supermercado, hace sus compras de siempre y de pronto se pregunta dónde está. Se recupera. Ese aviso espacial es donde se nota primero. La disfunción no es permanente, puede ser oscilante y en muchos casos se recupera con el tratamiento de la enfermedad de base. No se asocia a demencia ni a Alzheimer.
El problema es que el sistema médico rara vez está preparado para detectarla. En Chile hay alrededor de 200 reumatólogos, una cifra que explica por qué las personas con lupus suelen haber consultado a múltiples médicos antes de llegar al diagnóstico correcto. Massardo trabaja también en comprender esa trayectoria: por qué el diagnóstico se demora, qué barreras enfrenta el paciente, una pregunta que es común a los sistemas de salud de toda América Latina.
La cifra más llamativa que describe la escala del problema en Chile es otra: el lupus afecta a unas 20 mil personas según estimaciones de organizaciones de pacientes, con una prevalencia cercana a 80 o 90 casos por cada 100 mil habitantes, y afecta principalmente a mujeres jóvenes en una proporción de nueve o diez mujeres por cada hombre diagnosticado.
Una complicación adicional complica el cuadro clínico. La fibromialgia, que en la población general afecta al 4%, coexiste con el lupus en el 40% de quienes tienen la enfermedad. La proporción es diez veces mayor. Ambas comparten síntomas que dificultan distinguir qué corresponde a cada una: fatiga intensa, dolor crónico y compromiso cognitivo. Un estudio preliminar en 60 personas reclutadas en policlínico encontró que quienes también presentaban fibromialgia tenían con mayor frecuencia anticuerpos anti-P, lo que sugiere que esas moléculas podrían estar contribuyendo a los síntomas compartidos.