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Día del Libro “digital”

El libro digital no compite con el impreso, son dos experiencias diferentes. Pasó cuando surgió la radio, la televisión e internet, el discurso de si lo digital puede “matar” al papel, como discusión está ya superada: tiene públicos diferentes y pueden complementarse perfectamente.

El sector editorial, como toda la industria cultural, también se ha visto enfrentada a la crisis económica producto de la pandemia. El cierre de librerías y cancelación de ferias es un golpe duro que obligó a la búsqueda de nuevas formas de distribución acorde a la sociedad digitalizada en la que vivimos y que el virus acrecentó. La consolidación de distintas plataformas online, del delivery y del ebook son una realidad, ahora, ¿es una tendencia que llegó para quedarse?

Es difícil definir aún la profundidad del cambio porque estamos atravesando algo que ha afectado a todos y cada uno de los sistemas. Las medidas de prevención del COVID-19 —las cuarentenas y distanciamiento social— modifican medularmente la manera tradicional de acceder a los libros, su circulación y difusión. Algo que podría ser muy negativo para los libros impresos, significa al mismo tiempo una oportunidad para los formatos digitales.

Es así como la digitalización pasó a tener mayor relevancia, aunque incipiente aún si nos comparamos con otros países. Durante el 2020 se registraron 3.227 publicaciones en otros soportes, según la Cámara Chilena del Libro. Esta cifra representa el 38,63% del total de registros de libros producidos en el país y un alza del 166,9% comparado con 2019. Formatos que son todo un desafío de creatividad e innovación, entre los que se encuentran los libros diseñados para plataforma digital, con sus propias características, con otra lógica y otros códigos: QR, interacción, realidad aumentada, hipervínculos, audio y videos, entre otros.

Pero no sólo en el producto final, sino también en todo lo que lo rodea: eventos diseñados para verse online, derechos de propiedad adaptados para el uso virtual y lecturas en vivo por redes sociales, entre otras novedades. Debemos abrirnos a las posibilidades tecnológicas para favorecer la lectura a nivel general y para ello creo que es urgente contar con programas de fomento a la lectura potentes, acordes a los nuevos tiempos, que incluyan el desarrollo de capacidades lectoras que ponga en valor la importancia que tienen los libros en nuestra cultura. No es sustancial leer por leer, sino lo que aprendemos de esa experiencia y cómo la incorporamos después.

Aunque para muchos el libro digital es algo más bien desconocido, para otros la virtualidad ya estaba siendo parte de un modo de operar. Es el caso de la Biblioteca Pública Digital —iniciativa inédita en Latinoamérica que forma parte del Servicio Nacional de Patrimonio Cultural desde octubre de 2013— y algunas editoriales universitarias que llevan un tiempo poniendo a disposición, más allá del público académico, sus colecciones de forma gratuita y abierta considerando su papel en la difusión del conocimiento.

Así, libertad de circulación no se contrapone con editoriales con políticas comerciales, sino que fortalece el ecosistema, promoviendo la bibliodiversidad. Como producto distinto, el libro digital no compite con el impreso, son dos experiencias diferentes. Pasó cuando surgió la radio, la televisión e internet, el discurso de si lo digital puede “matar” al papel, como discusión está ya superada: tiene públicos diferentes y pueden complementarse perfectamente.

Necesitamos fortalecer el ecosistema editorial y los diversos formatos que existen. Como señala el Centro Regional para el Fomento del Libro en América Latina y el Caribe (Cerlalc-Unesco) hoy más que nunca resulta necesaria la acción colectiva y la búsqueda de soluciones coordinadas, pensando en un conjunto de medidas y acciones que pueden ser implementadas por las autoridades, por las asociaciones gremiales o por los propios actores de manera individual.

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