Sobre la obligatoriedad del voto: ¿Por qué no un sistema mixto?

En específico, se trata de imponer el voto obligatorio solo para la primera vez y dejarlo voluntario para las elecciones subsecuentes. Esto traería una serie de beneficios y podría resolver gran parte de los problemas tanto del voto obligatorio como del voluntario.

Por Rodrigo Medel Cientista político, Universidad Alberto Hurtado
Estudios en el Reino Unido han mostrado la eficacia que puede tener adoptar un modelo de voto que tenga aspectos de obligatoriedad y aspectos de voluntariedad. AGENCIA UNO/ARCHIVO
Estudios en el Reino Unido han mostrado la eficacia que puede tener adoptar un modelo de voto que tenga aspectos de obligatoriedad y aspectos de voluntariedad. AGENCIA UNO/ARCHIVO
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El ideal de igualdad política está en la base de todo gobierno democrático. Para acercarse a este ideal, el voto resulta ser la mejor forma de participación política; se trata del único mecanismo de participación que cada ciudadano puede ejercer en la misma cantidad y con el mismo nivel de influencia. Pero este ideal de igualdad política rara vez se cumple en la práctica. En Chile, es evidente que el voto voluntario profundizó el problema de la abstención electoral y, como era de esperar, esta abstención no está igualmente distribuida en su población. Desde su instauración, el voto voluntario ha aumentado la brecha de participación entre jóvenes y viejos, entre comunas rurales y urbanas y, lo más alarmante de todo, entre comunas ricas y comunas pobres.

¿Es la solución para el problema de desigualdad política volver al voto obligatorio? Pese a lo que se suele suponer, la posibilidad de que las preferencias políticas de la ciudadanía queden equitativamente expresadas en las urnas tiene limitaciones tanto en sistemas con voto obligatorio como en sistemas con voto voluntario. En efecto, la discusión sobre la obligatoriedad del voto es uno de los debates más antiguos y aún no resueltos de la ciencia política.

¿En qué se gana con el voto obligatorio? Lo más evidente, es que el voto obligatorio aumenta la participación electoral. Ello no sólo soluciona problemas propios del abstencionismo en general, sino que disminuye la desigualdad de participación entre distintos grupos de la población; sobre todo, la desigualdad entre viejos y jóvenes y entre ricos y pobres.

Una mayor participación de la población en general también debiese orientar a la clase política a representar de mejor manera los intereses de los sectores más populares. Se ha demostrado que el voto obligatorio genera incentivos para que los partidos adopten vínculos más programáticos en desmedro de los vínculos clientelares. Y es que si las personas ya tienen un incentivo externo para votar (sobre todo donde las sanciones son fuertes y se hacen cumplir), los partidos verán poca utilidad en movilizar al electorado y centrarán sus esfuerzos en la persuasión. Sin embargo, hay otras investigaciones que permiten matizar el vínculo entre calidad de la representación y el voto obligatorio. Diversos estudios han argumentado que en América Latina el voto obligatorio, lejos de generar vínculos programáticos, ha reproducido vínculos clientelares.

Ahora bien, ¿en qué se gana con el voto voluntario? El problema normativo fundamental del voto obligatorio es que no se respeta la libertad de cada ciudadano de decidir si quiere o no manifestarse en la política institucional. Lo anterior tiene consecuencias prácticas, en tanto se puede manifestar en un aumento del “voto de rechazo”. Investigaciones recientes han demostrado que en países donde la votación es obligatoria, hay un aumento de votos en blanco y nulos como resultado del comportamiento de los políticamente descontentos que se ven obligados a acudir a las urnas.

Otro problema asociado a lo anterior surge del supuesto de que los votantes seleccionan al partido y al candidato más cercano a sus propias preferencias políticas. Existe evidencia de que el voto obligatorio reduce el “voto de proximidad”. Es decir, al haber una parte sustancial de votantes desinteresados y menos informados en las urnas, estos votantes emiten votos menos consistentes con sus propias preferencias políticas. Tanto el aumento de nulos y blancos como la pérdida del voto de proximidad,  hacen cuestionable la solución que el voto obligatorio supone para la representación equitativa de los intereses políticos.

¿Cómo entonces solucionar los problemas que ha traído el voto voluntario sin tener que asumir los problemas que traerá volver al voto obligatorio? Una solución interesante es asumir un modelo de voto mixto. Estudios recientes en el Reino Unido han mostrado la eficacia que puede tener adoptar un modelo de voto que tenga aspectos de obligatoriedad y aspectos de voluntariedad. En específico, se trata de imponer el voto obligatorio solo para la primera vez y dejarlo voluntario para las elecciones subsecuentes. Esto traería una serie de beneficios y podría resolver gran parte de los problemas tanto del voto obligatorio como del voluntario.

Investigadores chilenos han demostrado que el voto no es solamente una posición política, sino también puede transformarse en un hábito; es decir, quienes votan en una elección tienden a involucrarse más en política y votar en las elecciones siguientes. Por su parte, obligar a que más jóvenes voten, justamente los que tienen la participación política más baja, permitiría disminuir una de las desigualdades fundamentales que más se acrecentó con el voto voluntario. De paso, los políticos pondrían más atención en un público que está particularmente desaventajado en términos laborales en la sociedad chilena.

Un sistema mixto permitiría también salvaguardar los problemas derivados del “voto de proximidad” y del “voto de rechazo”, ya que el aumento de la participación electoral ocurriría de manera paulatina, en la medida que los jóvenes generen hábitos de participación en las urnas. Por último, que los ciudadanos que alcanzan mayoría de edad participen de manera obligada, permitiría que aumente el conocimiento sobre el sistema electoral y que en las generaciones siguientes el sistema esté orientado hacia incentivos para que los ciudadanos sigan votando, más no en castigos para quienes no lo hagan. La posibilidad de un sistema mixto evidentemente se ve lejana en el horizonte cercano. Sin embargo, nunca está demás debatir estas ideas en momentos en que estamos reescribiendo nuestra estructura institucional