El último error del Gobierno

Nadie dudaba ni por un solo instante lo que iba pasar de nuevo el 18-O, ni aquellos que aprueban lo que ocurrió, ni aquellos que no. Y la inmensa mayoría teníamos la lógica esperanza de que el Gobierno realmente hubiese estado preparado esta vez – así lo anunciaban ciertos medios – para si no sofocar, por lo menos minimizar la fiesta de la turba. Pero no fue así.

Por Tomás Szasz
Manifestante junto a una barricada en los alrededores de la Plaza de Maipú, en el marco de la conmemoración del segundo aniversario del estallido social. AGENCIA UNO/ARCHIVO
Manifestante junto a una barricada en los alrededores de la Plaza de Maipú, en el marco de la conmemoración del segundo aniversario del estallido social. AGENCIA UNO/ARCHIVO
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No se trata del último error que cometerá, sino del que cometió de lo que va en su mandato. Y si digo Gobierno, me refiero al Presidente Piñera, pues demostró en los casi ocho años de sus mandatos que él cumple estrictamente el sentido de la palabra: manda. No escucha; o si escucha, no oye; o si oye, no le da importancia a lo que su gabinete le dice. O, lo que es peor, quizás se rodeó de gente en La Moneda que ya no le dice nada, que solo espera para que termine el cuarto año.

Pero, quizás lo peor de todo es que escucha la calle, ni a partidos oficialistas u opositores, ni a la prensa tanto local como internacional, ni a nadie. Ni parece leer la prensa o ver/escuchar los medios. O si lo hace, actúa peor que el sordo voluntario a quien le entra la palabra por una oreja y le sale por la otra: a él y su entorno les rebota, sin entrar. Por lo menos es imposible llegar a otra conclusión viendo la actitud – o la falta de ella – frente a lo que sucede en el país, que Piñera con o sin la ayuda de su equipo, desgobierna.

Nadie dudaba ni por un solo instante lo que iba pasar de nuevo el 18-O, ni aquellos que aprueban lo que ocurrió, ni aquellos que no. Todo Chile, sin excepción alguna, sabía exactamente que los -pocos por suerte- de siempre iban a incendiar, destrozar, atacar comisarías, quemar autos y buses y, en general, ejecutar los actos que ya son rutina en nuestras ciudades de punta a punta. La inmensa mayoría teníamos la lógica esperanza de que el Gobierno realmente hubiese estado preparado esta vez – así lo anunciaban ciertos medios – para si no sofocar, por lo menos minimizar la fiesta de la turba. Pero no fue así.

Mientras los organizadores – porque no seamos ingenuos: esto no es espontáneo – otra vez demostraron su excelente preparación, la autoridad cometió su acostumbrado error de limitarse a exhibir con chorros de agua su desacuerdo con el vandalismo. Los actores, indudablemente bajo efectos de drogas, ejecutaron su guateque tal como fue planeado, mientras pobres carabineros, sin armas ni gases lacrimógenos, ni siquiera bastones, – y, principalmente, desautorizados – solo pudieron refugiarse detrás de escudos contra piedras, cohetes y molotov. Era patético. Era el show de degradación de la única policía del mundo al que no le está permitido enfrentar una agresión no solo a las fuerzas – va: debilidades – de orden, sino a todo el país.

El tremendo e inexplicable error de Piñera – porque él está el mando de las autoridades – reside en la incomprensión de su propia situación. Evidentemente, no le queda ni tiempo, ni posibilidad alguna con un legislativo negativo, para revertir o siquiera frenar el deterioro de la institucionalidad. Sin embargo, no entiende que ya no tiene nada que perder. Ni siquiera está garantizado que terminará su mandato: la oposición quiere ver en la silla por los meses que faltan a una de las suyas, a la Presidenta del Senado por accidente Ximena Rincón.

Cualquiera en lugar de Piñera hubiese tenido desde la noche del 17-O en las calles de todo el país a las fuerzas armadas, cuya presencia hubiese minimizado, reducido a insignificante cualquier acción que, a falta de ese control sacudió de nuevo a Chile. Y nadie, ningún opositor, detractor, presidenciable, crítico local o extranjero hubiese tenido la aprobación de la ciudadanía, harta hasta los huesos de todo esto; al contrario: la presencia de militares durante 48 horas era sensata. Y si lo censuraban, ¿qué importancia tenía ante una simple y lógica actitud que aseguraba la tranquilidad y evitaba los inmensos gastos públicos para reparar destrozos?

Pero prevaleció su ya histórica cobardía. Su falta de autoridad le costó al país, ya cercano a la quiebra, nuevos gastos evitables. Y, peor aún, permitió afirmar que la violencia sí puede dominar a la normalidad; que la insurrección vándala organizada por la extrema izquierda puede dar vuelta al desarrollo; que mediante el uso del furor ciego se puede tiranizar un país y transformarlo en una dictadura, quizás sin retorno por muchas generaciones. Ya lo dije antes: hay ejemplos. Y estamos por seguirlos.