En esas coincidencias que nos hacen pensar por su oportunidad, al mismo tiempo que se desarrollaba la segunda jornada y final de la Cumbre por la Democracia convocada por Estados Unidos, en Oslo se entregó el Premio Nobel de la Paz a los periodistas María Ressa, filipina, y Dmitry Muratov, ruso.
El paralelismo de ambos eventos nos recuerda que la democracia le debe mucho al periodismo y que la libertad de prensa es esencial para fiscalizar al poder y evitar su concentración y abusos. Por algo el lema del diario The Washington Post, medio fundamental en la caída del presidente Richard Nixon por el escándalo del espionaje de Watergate, es “democracy dies in darkness” (la democracia muere en la oscuridad).
El último periodista en ser galardonado con el Premio Nobel de la Paz fue el alemán Carl von Ossietzky en 1935, quien denunció al régimen nazi por su supresión de las libertades y su belicismo reivindicativo. Por ello fue enviado a un campo de concentración en 1933, muriendo enfermo en 1938, sin poder recibir el premio al estar privado de libertad. Además, Hitler tomó este reconocimiento como una ofensa personal y prohibió a los ciudadanos alemanes aceptar esta distinción en caso de ser reconocidos en el futuro (prohibición que afortunadamente murió con él).
Contar con un periodismo independiente y de calidad es fundamental, pudiendo convertirse en la última línea de denuncia y resistencia frente a los regímenes que pretenden controlar absolutamente el poder, cuando muchas veces la institucionalidad ha sido subvertida y anulada.
María Ressa y Dmitry Muratov han sufrido en carne propia la censura y persecución, incluyendo la amenaza a su vida e integridad. En el caso de Ressa, el gobierno de Duterte se ha querellado en su contra por diversos supuestos delitos que podrían significar una condena de más de 100 años de cárcel. Para poder viajar a Oslo tuvo que solicitar una autorización judicial, debiendo luego regresar a enfrentar la continuación de su proceso. Muratov, por su parte, ha visto morir asesinados a 6 colaboradores de su periódico Novaya Gazeta.
En otra conexión con el momento histórico que viven las democracias en el mundo, el comité que asignó el premio a los periodistas, destaca el rol del periodismo, especialmente frente al impacto perturbador de las redes sociales para alimentar la propagación de la desinformación, y crear un terreno fértil para los líderes divisivos y autoritarios.
En sus palabras de agradecimiento, María Ressa, cuya cruzada ha sido documentar cómo se utilizan las redes sociales para difundir noticias falsas, acosar a los opositores y manipular el discurso público en Filipinas bajo el gobierno de Rodrigo Duterte, señaló: “Sin hechos, no puedes tener la verdad. Sin la verdad, no se puede tener confianza. Sin confianza, no tenemos una realidad compartida, ni democracia, y resulta imposible abordar los problemas esenciales de nuestro mundo: el clima, el coronavirus, la batalla por la verdad”.
Agregó también: “Nuestra mayor necesidad hoy es transformar ese odio y esa violencia, el lodo tóxico que recorre nuestro ecosistema informativo, desencadenando lo peor de nosotros”.
Ante la arremetida de numerosos gobiernos y de fuerzas antidemocráticas contra la prensa independiente, el llamado de estos periodistas es a la solidaridad de los medios y de sus colegas con apoyo concreto para poder seguir desempeñando sus labores.
Un barómetro del embate del autoritarismo y el debilitamiento democrático es la cantidad de periodistas asesinados y presos. Según Reporteros Sin Fronteras, el año 2020 fueron eliminados 54 profesionales, mientras que en lo que va corrido del 2021 los muertos son 39.
En América Latina, México encabeza lamentablemente el ranking de asesinatos. A los muertos hay que sumar los encarcelados mundialmente, que en 2020 fueron 274, encabezados por China.
Mucho se ha hablado de la prensa como el “cuarto poder”, categoría que se le empezó a reconocer en el siglo XIX y que se consagró en el siglo XX, especialmente por su rol en las democracias occidentales.
Pero esa condición de poder debiera fundarse en la permanente búsqueda de transparencia para el sistema y de dejar en evidencia sus abusos personales y sistémicos, y no en el acaparamiento de influencia para incidir partisanamente en el ámbito político. Esto último ha ocurrido, por ejemplo, cuando políticos y empresarios controlan medios a los que usan para sus propias agendas, renegando de la verdad. Esto se ve favorecido cuando hay concentración de medios en grandes conglomerados. También cuando los periodistas anteponen su visión ideológica y se convierten en activistas políticos.
La independencia periodística es un estado muy difícil de mantener, pero indispensable para generar confianza y credibilidad, sin las cuales no se puede construir una comunidad. Bien lo saben quienes ejercen esta importante labor, la que está supeditada a presiones de avisaje, rating, adjudicación y renovación de licencias, ideología, religión y muchos otros factores.
Por eso y volcándonos a nuestro Chile de estos días, es perturbador que el Colegio de Periodistas, entidad que debiera velar en primer lugar por la independencia de sus afiliados y por la libertad de prensa, haya optado por apoyar explícitamente una candidatura presidencial. Se entiende que las personas tengan sus simpatías, pero ellas no se pueden trasladar a su organización.
Uno legítimamente y como ciudadano se pregunta si ese gremio el día de mañana alzará la voz en caso de que la opción que apoyaron atentara contra la libertad de prensa o cualquier libertad democrática. Está claro que al menos han hipotecado parte de su libertad para criticar, investigar e informar, dañando la credibilidad y confianza pública que precisamente debieran proteger a toda costa.
A esos dirigentes que tomaron esta posición, no está demás recordarles que una línea roja que los medios más relevantes del mundo (The Guardian, Le Monde, The New York Times, El País y otros) siempre respetan, es nunca casarse con la autoridad de turno ni con el Estado.
El riesgo del acomodamiento, que se sabe siempre como comienza, pero no como termina, queda reflejado en la siguiente frase del emperador Napoleón Bonaparte (cuyo nombre puede reemplazar indistintamente por cualquier autócrata y aspirante a esa condición): “La libertad de prensa debe estar en manos del gobierno, la prensa debe ser un poderoso auxiliar para hacer llegar a todos los rincones del Imperio las sanas doctrinas y los buenos principios. Abandonarla a sí misma es dormirse junto al peligro”.
La democracia necesita de buenos periodistas y de medios con un alto nivel ético. La premiación de María Ressa y de Dmitry Muratov es un justo reconocimiento a esa contribución y de su vigencia, también un aliciente para los que siguen luchando por privilegiar los hechos y la verdad.