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Rompiendo mis propias barreras

Con la llegada de mi amado y muy anhelado Maxi, reconozco que –como toda mamá- he llorado… Pero muchas más veces he vibrado y mi corazón ha latido más fuerte con solo ver su sonrisa y el deslumbrar de sus ojos.

Hace tres años que mis días son motivados por unos ojos que brillan y alumbran mi ser, hace tres años que sueño y me desvivo por su bienestar. Hace tres años me convertí en mamá.

Con gratitud infinita y la profunda alegría que me invade tener a mi hijo, también sentí los miedos y dudas propias de la maternidad ¿Estaría preparada para enfrentar el desafío que significa ser mamá? ¿Sería capaz de criar bien y responder cuando me hijo me necesite?

Esas preguntas -que toda madre se hace- en mi caso se entrecruzaron con limitantes físicas y emocionales, que me son propias.

Mi nombre es Angélica Saavedra Quilodrán, tengo 35 años, soy mamá de Maximiliano y pareja de Aquiles. Nací con una malformación congénita (deficiencia femoral focal proximal bilateral), la que afectó el desarrollo de mi pierna derecha y mi movilidad, impidiéndome caminar. Solo lograba arrastrarme para conseguir un poco de autonomía.

Después de deambular con mi familia de doctor en doctor, en búsqueda de un horizonte, en 1988 ingresé a Teletón lo que fue una luz para mis padres y para mí. Aunque al año y ocho meses de vida hubo que amputar mi pierna derecha, aprendí a utilizar una prótesis de pierna completa y a enfrentar una vida llena de desafíos, en la que tuve que caer y levantarme muchas veces.

El valor de la perseverancia que allí aprendí fueron mi mayor motor. Estudié, me convertí en profesional, conocí el amor de pareja y me percibí como una mujer rehabilitada que -en mayor o menor medida- estaba superando la vida.

Fue cuando quise enfrentar el mayor y más hermoso de mis desafíos. Con Aquiles tomé la decisión de ser mamá, y reconozco que mi mente se llenó de miedos y ansiedad. Pero fue ahí donde nuevamente lo que me entregó mi familia, y lo que aprendí en Teletón, me dieron el empuje para comprender y convencerme de que no hay límites.

Con la llegada de mi amado y muy anhelado Maxi, reconozco que –como toda mamá- he llorado… Pero muchas más veces he vibrado y mi corazón ha latido más fuerte con solo ver su sonrisa y el deslumbrar de sus ojos.

Al ser mamá yo renací, y lo hice enriquecida. Los miedos, que cambian a lo largo de la vida, los seguiré sintiendo, pero sé enfrentarlos gracias a quienes estuvieron y han estado en mi vida. Agradezco también a quienes construyen una sociedad más inclusiva para que personas como yo se atrevan a caer y levantarse por un mejor futuro, vivido en plenitud.

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Foto del Columnista Camila Mohr Camila Mohr