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Mucho gasto, poco progreso

No es mucho pedir que el gobierno que gaste los recursos de forma eficiente, después de todo, esos recursos vienen de nuestros bolsillos.

Muchos analistas aseguran que el gasto público de Chile es altamente eficiente comparado al de otros países, incluyendo varios desarrollados. Pero, aunque hay algo de cierto en esas afirmaciones, debemos considerar que se basan, principalmente, en mediciones poco rigurosas como encuestas de percepciones, que no miden realmente el nivel de malgasto o filtraciones.

Las investigaciones de António Afonso —economista que ha destinado gran parte de su carrera al estudio de la eficiencia del gasto público— han concluido en múltiples ocasiones que, mientras más grande el Estado, menos eficiente es el gasto. En el caso de Chile, el tamaño del Estado —medido como la recaudación tributaria en proporción al PIB— se mantuvo más o menos constante desde la década de los 90 hasta 2020. Pero, en los últimos 2 años, esa cifra aumentó 32% debido al aumento de la recaudación mediante impuestos a la renta.

En 2016, el informe Public Spending Efficiency in the OECD indicaba que, Chile era un país relativamente eficiente porque su desempeño en salud y educación era aceptable mientras que su gasto público en aquellas materias era bajo comparado con otros países. Es decir, para Chile, las potenciales ganancias de eficiencia eran pequeñas. De hecho, según el mismo informe, las ineficiencias eran más bajas para Chile que para el promedio OECD respecto a la salud y educación.

En concreto, el informe de la OECD —que usó datos de 2012— indicaba que Chile podía aumentar el desempeño de su salud y educación en 2% y 9% respectivamente gastando lo mismo que ya venía gastando, pero mejor. Años después, pudimos ver que Chile no estuvo ni cerca de mejorar su eficiencia acorde a los estándares de la OECD. En 2018, el desempeño de la salud solo había aumentado 1,3% (del 2% potencial) mientras que su gasto per cápita en salud aumentó 65%. A su vez, el desempeño de la educación pública aumentó 6,4% (del 9% potencial) mientras que su gasto por estudiante aumentó 13%. Desde donde se le mire, el gasto público del país se hizo más ineficiente.

Cabe mencionar que el gasto tiene retornos de desempeño decrecientes. Es decir, llegará un punto en que no importa cuánto un país aumente su gasto público, pues los aumentos del desempeño serán ínfimos o nulos. Chile, sin embargo, está muy lejos de llegar a ese punto porque aún le queda mucho para alcanzar a los países desarrollados en términos de calidad de la salud y educación.

No es mucho pedir que el gobierno que gaste los recursos de forma eficiente, después de todo, esos recursos vienen de nuestros bolsillos. Si invirtiéramos, por ejemplo, en un local de sushi que un amigo acaba de abrir, lógicamente le exigiríamos que gaste la plata que le pasamos en la mejor estrategia de negocios posible (la que genere más ganancias a largo plazo). Sería una pésima inversión si, en su lugar, nuestro amigo se gasta la plata en contratar más susheros de los que son necesarios o en mesas de lujo, dejando de lado la calidad del sushi. Lo mismo pasa con el Estado: ya que todos le pasamos plata a nuestros políticos para que la inviertan en bienes y servicios públicos, lo mínimo es exigirles que la gasten bien y no en más burocracia.

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