Los griegos tenían una palabra para nombrar aquello que el reloj no alcanza a medir. Kairós no era simplemente el tiempo, sino el instante oportuno: la ocasión que se abre por un momento y luego desaparece. La imagen clásica lo representó como un Dios, veloz, difícil de alcanzar, con un mechón en la frente y rapado por detrás. Y es que la oportunidad, advertían los griegos, solo puede ser tomada cuando viene de frente; una vez que pasa, ya se ha perdido. El ministro Quiroz, su impronta y proyecto parecen escritos para emular el juego de palabras: Quiroz / Kairós.
Quiroz tiene algo de esos personajes que no se preocupan de caer bien porque sospechan que hacerlo es una pérdida de tiempo. Esto no es, desde luego, sinónimo necesario de virtud. Pero en momentos en los que el país parece haber confundido prudencia con inmovilidad y diálogo con postergación, la aspereza del ministro adquiere un raro magnetismo. No toca guitarra, pero entiende la escena como pocos: sube al escenario de Hacienda como quien sabe que el público no fue a escuchar una balada. Evoca, digámoslo, algo así como al rock star fiscal. Es desgreñado no en la ropa, sino en las formas; a estas alturas evidentemente incómodo no por accidente, sino por método; pesado dirían algunos, pero con una convicción casi estética. La verdad es que hasta para incomodar se requiere talento, y en un ecosistema político como el actual, donde abundan los rufianes sin gracia, el estilo del ministro no pasa inadvertido.
Lo interesante del fenómeno es que su dureza no se parece a otras que circulan en el medio con pretensiones de virtud. Lo que abunda, por desgracia, es la rigidez que se disfraza de carácter, la pobreza transversal de matices que se vende como claridad, la falta de imaginación que se presenta como sobriedad, la improvisación negligente que se viste de transparencia, y las tozudeces ramplonas que reclaman para sí el nombre de convicción. El ministro Quiroz, cuando despliega su mejor versión, parece estar jugando otra partida: no la del sermón, sino la de la apuesta; no la del catecismo político, sino la del jugador que sabe que está sentado en una mesa difícil, pero decide subir la apuesta igual.
Por cierto, nada de lo expresado vuelve de suyo correctas sus medidas o razonables sus costos. Tampoco transforma la impopularidad en mérito. Y es en estas dimensiones donde el ministro enfrenta quizás su mayor desafío. Así como hay políticos que creen que basta golpear la mesa para inspirar autoridad, hay economistas que confunden frialdad con lucidez. Aquí el kairós, precisamente, es un llamado de alerta. Una invitación a recordar que la ocasión no autoriza el atropello, sino que exige algo más delicado: reconocer el momento, medir la fuerza, calcular el riesgo y actuar antes que la oportunidad quede en el pasado.
La particular sincronía entre el momento de Chile y la figura del ministro Quiroz hace que resulte tan interesante incluso para quienes no se cuentan entre sus seguidores ni sienten afinidad por el ethos del gobierno del que forma parte. En él hay una tensión más sugerente que la adhesión sustantiva o el simple rechazo. Su atractivo radica en que parece, como pocos, entender que Chile no está solo ante un problema administrativo, sino ante un umbral. Un instante estrecho, incómodo y quizá irrepetible para intentar mover una economía cansada, un Estado que gasta mal y una política acostumbrada a explicar por qué no se puede.
La pregunta, entonces, no es si Quiroz tiene carácter. Lo tiene. Tampoco, como suele afirmarse, si entiende que hay momentos en que la economía requiere algo más que administración, porque evidentemente parece entenderlo a su modo y en su estilo. La pregunta en realidad es si el ministro sabrá distinguir el kairós de la embestida. Si recordará diferenciar entre convicción real y fascinación por el proyecto propio, ese que brilla en un contexto que es más bien opaco.