“No hay plata”. Lo dijo y lo sigue diciendo de todas las formas posibles el ministro de Hacienda Jorge Quiroz. Lo repiten los otros ministros y los parlamentarios del sector político que nos gobierna: no pida, no insista. “A veces con menos se puede hacer más”, como nos explicó Quiroz justo en el momento en que ordenaba recortes drásticos en el presupuesto de los hospitales públicos.
Todo debe recortarse, los programas sociales descontinuarse o revisarse severamente. No se nos llama a ahorrar, sino a reducirnos, a disminuirnos, a esperar un crecimiento potencial que no tiene fecha de inicio. Se nos quiere enseñar a vivir de otra manera. ¿Austeros? ¿Ahorrativos? Solo en parte. No se nos pide apretar el cinturón. Se nos pide cambiar la estructura de nuestros cuerpos. Ser otro país que no viva en esa permanente jauja de gastos irracionales de los funcionarios públicos (una jauja que nadie recuerda haber vivido, por lo demás. Y menos en estos últimos años).
No importa que el cobre esté en precios históricos. No importa que, en casi todos los parámetros económicos, Chile sea el mejor o el segundo mejor país de la región. La guerra de Irán y el precio del petróleo, sumados a un déficit fiscal evidente y preocupante, bastan para que desde Hacienda se nos recuerde eso que nunca hemos olvidado del todo: que somos un país pobre.
Somos, hemos sido al menos en la mayor parte de nuestra historia, un país escaso. Diego de Almagro volvió de Chile al Perú porque no encontró oro que justificara la expedición. Los españoles del Cuzco los llamaron a él y a sus huestes “los rotos de Chile” porque retornaron polvorientos y hambrientos. La mortalidad infantil, el analfabetismo, la desnutrición nos han acompañado desde hace siglos, incluso en los periodos de bonanza en que las materias primas que les confiscamos a Perú y Bolivia permitieron palacios y parques.
Somos un país cuyas cuentas no se pueden pagar porque casi siempre se gasta lo que se ahorra en volver a construir la casa devastada por un terremoto, un incendio, una lluvia o una sequía demasiado larga. Por la emergencia, que es justamente el corazón ideológico de este gobierno. Su justificación moral: la reconstrucción. Pero esta vez sin un terremoto. Una reconstrucción sin demolición que nos recuerda que la casa, aunque en pie, está mal construida. Que deberíamos desear destruirla para volver a hacerla desde cero.
Una reconstrucción que es una refundación; eso mismo que propuso y rechazamos del gobierno anterior.
“No hay plata” es también “no hay pega”, “hoy no se fía, mañana tampoco”, o “si no te gusta, te vas”, típico de los programas PEM y POJH con que la dictadura quiso mejorar, aunque fuera marginalmente, las cifras del desempleo galopante que dejó la crisis del 82. Es a esta crisis a la que vuelven nuestros cuerpos, a la parte más instintiva de nuestros instintos. Los que nacimos en los setentas, pero también nuestros hijos y nietos nacidos en la pedagogía del hambre.
A ese imaginario, aún presente de tantas maneras en nuestros sueños y pesadillas, nos obliga a volver la política de ajuste brutal del gobierno de José Antonio Kast (o de Jorge Quiroz, para ser más precisos). Un mundo que creíamos clausurado: cuarenta años de crecimiento, con algunas crisis periódicas más o menos breves, nos habían hecho pensar que aquello había desaparecido, sin entender que la pobreza era, quizás, uno de los ejes fundamentales del país.
La crisis del 82 no fue un accidente. Fue el último eslabón de una cadena larga. Primero el derrumbe del salitre con la crisis del 29. Después medio siglo de un Estado que se replegó, se industrializó a la fuerza y nunca cuadró sus cuentas: inflación crónica, campo estancado, un país que importaba su comida. Luego los años de inestabilidad de fines de los sesenta y comienzos de los setenta. Largo espacio de tiempo con momentos de auge, de desarrollo, de prosperidad, al que casi siempre lo acompañaron la alta inflación y las chabolas de campesinos desplazados, que llegaban a morir de hambre donde la ciudad no podía verlos.
Llegué a Chile a mediados del 84. Lo peor de la crisis, en apariencia, había terminado. La quiebra de la CRAV, el dólar fijo a 39 pesos que Sergio de Castro defendió hasta que lo botaron del Ministerio de Hacienda en abril del 82, la intervención de los grandes bancos, el desplome del grupo Vial. Los ejecutivos de bancos y los biministros ya no estaban presos. Pero los domingos la gente vendía las plantas de sus casas. Los ingenieros hacían de gasfíter. En la Iglesia las listas de “trabajo para un hermano” eran interminables. Tampoco parecían terminar las colas delante del vapor de las ollas comunes en las poblaciones que rodeaban Santiago, tan próximas que era difícil adivinar qué parte de la ciudad no era una población callampa.
Estábamos en dictadura y para mi padre eso era lo que importaba. Pero yo sentía que era imposible comprender la dictadura sin la crisis económica mundial que la audacia de sus economistas había agravado hasta el paroxismo. Tres años después, cuando la macroeconomía empezó a dar buenas cifras, uno de los spots más comentados de la franja del No fue el de una mujer que pide solo una bolsita de té. Resulta incómodo decirlo, o recordarlo, pero el éxito de la opción No tuvo mucho más que ver con los coletazos de esa crisis económica integral que con el ansia de libertad y democracia de los chilenos. Unos años después quizás habría ganado el Sí.
Las protestas empezaron recién cuando el hambre se volvió una realidad apremiante. Y no dejó las mesas de la clase media hasta bien entrados los 90. La mejor versión, la más gentil de este trauma, es la que nos presentó la serie Los 80. El padre sacrificado que calla, que aguanta, que soporta cualquier cosa para no perder la pega. La rebeldía de los hijos en la casa y el padre que golpea la mesa diciendo que “en esta casa no hay fachos ni comunachos, hay personas…”. Pero también son ecos de esa época los perros que ladran en “Muevan las industrias” de Los Prisioneros, una canción que siguió siendo un himno muchos años después de que Chile descubriera que su desarrollo nada tenía que ver con el de la industria nacional. Himno del estallido, entre otras cosas: prueba visible de que treinta años de prosperidad evidente, que todos los parámetros confirman, no penetraron nunca del todo en la cabeza ni en el corazón de los que fueron expulsados a los extrarradios de la ciudad, lejos de cualquier centro, tratados con el más absoluto desprecio. Ese desprecio que, en 1985, llevó a Hernán Büchi a intentar reemplazar la leche en polvo de los recién nacidos por arroz, hasta que los médicos, con Mönckeberg a la cabeza, lo obligaron a recular.
Habría que releer Los marginados de Miguel Budnik, ese libro de crónicas de 1986 que les puso rostro y voz a los que el modelo dejó afuera, para entender la perfecta invisibilidad de los que ya no servían. Esos que volvimos a ver en televisión recién cuando el Papa Juan Pablo II recorrió La Bandera y la multitud se puso a correr en la explanada de tierra, cubriendo el papamóvil con una densa nube de polvo. Soweto sin la excusa de la raza, recuerdo que pensé al verlo. Las bolsas de té de a una, el aceite por taza, la carne una vez al mes.
El hambre es una pedagogía como cualquier otra. Pero no enseña siempre la sobriedad, la contención o la disciplina. Su efecto más visible es más bien la desesperanza. La desesperanza, título de la novela con que José Donoso reflejó el estado del país con que se reencontró a comienzos de los años 80. El terremoto del 85 volvió a cohesionar un país que estaba a punto de astillarse entero. La economía mejoró lentamente, muy lentamente. Después vinieron los jaguares, la crisis del 98 que volvió a corregir nuestros ímpetus, la estabilidad de Lagos, la crisis del 2008 que logramos atenuar con cierto éxito y luego el estallido y el COVID, que en muchos sentidos resucitaron la memoria emotiva de la crisis del 82.
La suma de estallido más pandemia tuvo esa paradójica virtud: recordarnos los ochenta. Recordarnos hasta qué punto esa hambre estaba inscrita en nuestros genes, no solo desde el 82 sino desde el 29, la colonia, la conquista, e incluso nuestra historia precolombina de parte perdida del imperio inca, de tierra rebelde que nada acumula ni guarda, que vive siempre al día.
La crisis del 82 es inseparable de una cierta retórica del castigo a la que el ministro Quiroz vuelve de manera solo a veces consciente.
Pero ¿hemos olvidado el valor de la escasez? La situación hoy está lejos de ser desesperada. En muchos sentidos la economía y la sociedad de Chile nada tienen que ver con la sempiterna crisis, con la herencia que nos marcó por siglos. Pero la economía, como la política, está hecha de señales. Y hay que tener siempre cuidado con la señal de la pobreza tejida al corazón de esta Capitanía General que durante siglos solo produjo guerra y sebo. El país que, porque no tenía nada, lo quería todo, como dicen que decía Carlos Dittborn. Una franja de espera y hambre que aprende rápido a no esperar nada de nadie y a dejar que nos comamos entre nosotros.
Sé poco o nada de economía, pero sé que no es sensato en ningún sentido apostar al pesimismo de los chilenos. Este es un país que no necesita que nadie le enseñe a desconfiar. Creer es lo que siempre ha faltado aquí. Y creer es una condición esencial para crecer.
“Somos un país cuyas cuentas no se pueden pagar porque casi siempre se gasta lo que se ahorra en volver a construir la casa devastada por un terremoto, un incendio, una lluvia o una sequía demasiado larga. Por la emergencia, que es justamente el corazón ideológico de este gobierno. Su justificación moral: la reconstrucción. Pero esta vez sin un terremoto. Una reconstrucción que nos recuerda que la casa, aunque en pie, está mal construida. Que deberíamos volver a hacerla desde cero”.
“La suma de estallido más pandemia tuvo esa paradójica virtud: recordarnos los ochenta. Recordarnos hasta qué punto esa hambre estaba inscrita en nuestros genes, no solo desde el 82 sino desde el 29, la colonia, la conquista, e incluso nuestra historia precolombina como parte perdida del imperio inca, de tierra rebelde que nada acumula ni guarda, que vive siempre al día. La crisis del 82 es inseparable de una cierta retórica del castigo a la que el ministro Quiroz hoy vuelve de manera solo a veces consciente”.