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Microreformas políticas: cambios paso a paso, cambios posibles

Es hora de pensar diferente. Frente al bloqueo mutuo y la parálisis, necesitamos un cambio pragmático y gradual, que comience con reformas políticas micro diseñadas para mejorar la efectividad de la gestión pública y aumentar la legitimidad de nuestros representantes.

El sistema político chileno se hunde. La verdad es que intentar reformas completas para evitarlo no va a funcionar aun cuando haya amplio acuerdo de su urgencia. El diagnóstico relativamente compartido es claro: tenemos un sistema político formado por partidos débiles, desvinculados de la población y que no logran representar sus intereses. Entre las consecuencias se encuentran la fragmentación y la polarización política, un bloqueo legislativo creciente, un desprestigio feroz de los partidos políticos, la emergencia de díscolos y personalismos que son incapaces de sostener acuerdos, una caída alarmante en la confianza en el sistema y, en suma, una mayor inestabilidad política.

En la última década, Chile ha visto numerosos intentos de implementar reformas profundas. Las promovidas durante el segundo mandato de Michelle Bachelet no fructificaron, y las surgidas tras el estallido social de 2019 también fracasaron. Un momento clave fue durante el segundo proceso constituyente, cuando la Comisión de Expertos, integrada por representantes desde el Partido Comunista hasta el Partido Republicano, acordó por unanimidad un texto que proponía reformas significativas al sistema político ¿Y qué pasó? A pesar de que tiene la potencialidad de ser un punto de partida, dicho proyecto parece no contar hoy en día con suficientes entusiastas.

Opino que estamos mirando mal el problema. Seguimos empeñados en idear grandes reformas que resuelvan el puzzle. Acumulamos foros y análisis debatiendo sobre sistemas de gobierno óptimos, discutimos sobre cómo fortalecer a los partidos políticos, buscamos cuadrar las piezas que permita al engranaje del sistema político funcionar mejor. Etc.

Pero todo ese esfuerzo va a fracasar inexorablemente. Y la razón es tan simple como a la vista de todos.

Las propuestas se estrellan constantemente contra un muro: como toda gran idea reformadora tendrá detractores, los actores políticos que se sientan perjudicados por su avance, usarán las críticas que ésta haya recibido para torpedearlas. Y como no hay actor político con suficiente fuerza para imponerse, lo que observaremos una y otra vez es un empate paralizador entre bloques que han perdido toda capacidad de construir amplios consensos. Un bloqueo sistemático. O si prefieren, un fracaso democrático.

Este estancamiento tiene un costo sistémico que repercute en la ciudadanía: “No nos escuchan, no nos representan, no nos son útiles”, es el mantra que resuena cada vez más fuerte en una población que camina al borde de la paciencia. Es decir, un plato servido para los “emprendedores políticos” que denostando a la política logren sintonizar con la irritación ciudadana, convenciéndola, para luego terminar acaparando poder a punta de críticas a “los mismos de siempre”, “la cocina”, “la casta”, “la élite”.

Es hora de pensar diferente. Frente al bloqueo mutuo y la parálisis, necesitamos un cambio pragmático y gradual, que comience con reformas políticas micro diseñadas para mejorar la efectividad de la gestión pública y aumentar la legitimidad de nuestros representantes. Microreformas. Olvidarnos de la pretensión de tener un “mejor” sistema. Conformarnos con uno que al menos “algo” logra hacer. Nada grandilocuente, pero con fechas que la ciudadanía pueda fiscalizar. Crear resultados, no ideales. Algo, digámoslo, bien “a la chilena”, pero que como todo maestro chasquilla lo sabe: al final funciona.

Solo entonces, sacándonos de encima esa pretensión tan natural de quererlo todo, podremos iniciar un ciclo virtuoso de mejoras continuas y significativas en la vida política y social del país, evitando que nuestra democracia se hunda definitivamente.

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